Dejamos nuestros atributos en el Mictlán y ahora nos vestidos de negro a la usanza cristiana como resultado de una simbiosis cultural acaecida desde el siglo XVI con la fiesta de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos; portamos una guirnalda de la flor que los españoles llamaron clavel de indias, conocida como cempasuchil, ¿flor de muerto? No!!!!! Su nombre no deriva de allí y por éllo estas dos doncellas y dos donceles nos acompañan conformando nuestro séquito, recordando a los cuatro ayudantes de algunas deidades prehispánicas; en total llevan 20 flores amarillas. Cempohualli, una cuenta de veinte en la numeración náhuatl. Para adornar el arco de entrada, vemos 4 quintos, 4 grupitos de 5 flores, refiriéndose a los cuatro rumbos del Universo, a sus 4 elementos, tierra, agua, aire y fuego, y así los tenemos aquí pisándola, una tierra cubierta de adoquines con hermosos diseños sobre los que pasaremos.
Por favor, al hacerlo sobre este maravilloso trabajo, LEVANTEMOS LOS PIES!!!!!!!! NO ARRASTREMOS LA TRISTEZA Y EL DOLOR DE DAÑAR ESTA BELLEZA, CAMINEMOS CON LOS PIES EN ALTO!!!!! ¡¡¡Como si voláramos, como si fuéramos aves de preciosos colores, hermosas mariposas o sublimes insectos.
Al agua, representada en nuestra sangre, al aire lo respiramos para estar vivos y el fuego nos está iluminando el camino a una de las 4 mansiones donde señoreamos mi esposa y yo. Las velas que portan nuestros acompañantes son rojas, siguiendo una tradición de los inicios del siglo XIX en Córdoba, Veracruz, que representan el amor universal y con ellas la Muerte nos llegará a todos sin dolor.
Como en ningún otro lugar, en México la muerte es linda, es alegría, es festejo por lo menos en estos días que nos recuerdan a nuestros seres queridos que se nos fueron; festejémoslos con el alma en la mano, con el corazón henchido por los recuerdos.
Recordemos, entonces, lo que se ha ido y debe conservarse de ese México que se fue y sigue siendo nuestro, POR Y PARA SIEMPRE!!!!!!!!!!!!
En nuestro mundo nada es dolor, solo alegría y felicidad. Tenemos cuatro mansiones a las que se llega no por el modo de vida llevada, sino por el tipo de muerte!!!! En cualquiera de ellas serán amorosamente bienvenidos por mí y mi amada esposa, Mictlancíhuatl, ¡¡¡Qué guapa es!!!!!
¡¡Qué delicia!!! Qué placer el vislumbrar a nuestros seres queridos en estos maravillosos lugares donde son eternamente felices.
Mientras caminamos por este mundo, representado aquí con el arte del arq. Humberto Islas y la investigación de la pedagoga Berenice Cano, les describiré nuestras mansiones y de Ustedes solo buscamos la imaginación para recrear en sus mentes estos sitios maravillosos.
Veamos entonces ese árbol, era el Chichihuacuaco de cuyas ramas colgaban mamas, chichis, para alimentar a los niños que morían antes de nacer, seres que repoblarían la tierra cuando se destruyera la raza que la habitaba; en la filosofía nahua estos niños estaban materialmente vivos y de igual forma material se alimentaban, no para volver sólo en espíritu, sino en materia. En Papantla, Veracruz, a las almas de estos niños se les llama Laqsq’at’án.
Dentro del calendario prehispánico de los grupos Nahuas del altiplano central, que irradiaron a la zona de Veracruz, había por lo menos seis fiestas dedicadas a los muertos; del 12 al 31 de julio se recordaba a los muertos chicos, y a los veinte días siguientes se celebraba la fiesta de los muertos grandes, que se caracterizaba con la magnificencia de las ofrendas como ésta que estamos recorriendo.Hemos llegado al Mictlán, simulando el viaje material del difunto de nuestros antepasados, que comenzaba a los cuatro años después de ser enterrado, terminando en Xochitónal que representaba tanto al último día del año como a la lagartija y a la tierra, explicando así que el cadáver el último día de su existencia se convertía en polvo.
Esta es nuestra Mega-Ofrenda de Muertos, mas culminemos en el Altar de Muertos puntualizando en detalles de la zona que nos ocupa, Veracruz; a este altar, desplantado dentro de un concepto creado por el arq. Humberto Islas, se le llama pachau. En sí, es un tipo de escenografía donde participan nuestros muertos que llegan a beber, comer, descansar y convivir con sus deudos. En la tradición totonaca, está compuesto por café y aguardiente que se ofrenda desde el 18 de octubre, día de San Lucas.
Desde
las 12 del día del 31 de octubre a las mismas horas del 1 de
noviembre llegan las ánimas de los niños; ese día se arregla el
altar, una larga mesa cubierta con un mantel bordado en punta de
cruz, sobre el que se coloca papel de China “picado”, para formar
figuras diferentes, telas de seda y satín donde descansan también
figuras de barro, incensario o ropa limpia para recibir a las
ánimas, tamales de dulce, pan de huevo en formas pequeñas y las
canastas con dulces de la región, como dulce de camote, de
calabaza, jamoncillos, las calaveritas de azúcar y alrededor de él
se colocan juguetes. A las mismas horas del 1 al 2 de noviembre
llegan las ánimas de los adultos; se cree que viene en forma de
insectos a comer de la ofrenda, porque su olor les despierta el
apetito y por tal motivo no se les debe espantar. Se coloca sobre
la mesa del altar fotos de los difuntos, ya sea de la casa o de
familiares muy cercanos; de igual manera, sus pertenencias más
usuales y cosas de las que gustaban: sombreros, puros o cigarros,
barajas y una botella o copa de aguardiente, además de comida,
como chocolate, café, pan, tamales, todo ello adornado con papel
picado y flores como el cempansuchitl, en náhuatl “veinte flor”,
día que correspondía al signo de muerte.
y
garra