RODRIGO LLOREDA CAICEDO
De: Mario Pachajoa Burbano
Payaneses ilustres:
El expresidente Alfonso López Michelsen hace un
vívido comentario sobre
Rodrigo LLoreda Caicedo.
Cordialmente,
***
Rodrigo Lloreda Caicedo
(1924-13 enero 2000)
Texto de: Alfonso López Michelsen
Un presidenciable que se fue
Dentro del conjunto de la América Latina, Colombia ha sido un
país singular en cuanto a sus gobernantes. En más de 150 años
de historia, la muerte sorprendió excepcionalmente a un
gobernante en ejercicio y ningún presidente ha perdido la vida a
manos de sus opositores. En Venezuela, en el Ecuador, en el
Perú, en Bolivia, en Chile, en los propios Estados Unidos, el
período presidencial se ha visto interrumpido súbitamente por
un magnicidio, en contraste con la tradición colombiana. La
normalidad parece ser la regla, porque tampoco ha fallecido de
muerte natural un primer magistrado entre su elección y su
posesión.
En cambio, han sido muchos los caudillos, con opción a la
Presidencia, que murieron prematuramente, ya sea por una
enfermedad, como en el caso de Alzate, o por muerte violenta,
como en los casos de Gaitán y Galán, que tuvieron buenas
probabilidades de alcanzar el solio de Bolívar en el siglo XX.
Recuerdo, en las aulas universitarias, la pregunta que nos
formulábamos acerca de cuál había sido la gran pérdida, la
gran frustración nacional, en el siglo XIX, por no haber
coronado su carrera política y morir prematuramente tras haber
sido un verdadero valor político, y se señalaba a don Tomás
Cuenca, un varón dotado de todos los atributos para haber
realizado un excelente gobierno. Es algo que me ha venido a la
memoria con la muerte de Rodrigo Lloreda a los 57 años, en una
época en que las expectativas de vida son considerablemente
mayores.
La carrera de Rodrigo Lloreda fue estelar desde sus comienzos.
Apenas salido de la universidad, en la que se había distinguido
como un excelente alumno, ya era gobernador del departamento del
Valle del Cauca, que se cuenta entre los tres primeros del país.
Otros políticos han alcanzado dignidades comparables al dejar
las aulas universitarias, pero el balance no siempre es favorable
ni quedan huellas de su gestión. Desde aquel momento en adelante
Rodrigo Lloreda brilló con luz propia, en las corporaciones
públicas, incluyendo la Constituyente de 1991, y en cargos como
la Cancillería y el Ministerio de Defensa, en los que se
desempeñó con incontestable lucidez.
Fácil sería atribuirle su carrera al prestigio de su familia, a
sus apellidos, al respaldo del periódico El País, al no haber
tenido dificultades económicas, pero la verdad es que la
honestidad, la seriedad, la consagración a su trabajo, no
importa cual fuera, mal pueden atribuirse a factor distinto que a
su propia voluntad.
Confieso que yo mismo participé unos pocos años del concepto
generalizado según el cual Rodrigo había nacido con la cuchara
de plata en la boca, pero con el transcurso del tiempo y en forma
creciente llegué al convencimiento de que su preparación para
la vida pública difícilmente tenía par. Ya fuera en los
seminarios y en los foros académicos, o en las reuniones de
carácter político, como la Comisión de Relaciones Exteriores,
la claridad de sus conceptos y el bagaje intelectual con el que
los acompañaba eran sorprendentes. Citaba de memoria tratados,
leyes y opiniones de diversos tratadistas con una fluidez como si
estuviera leyendo páginas escritas de tiempo atrás. Temas como
el de la descentralización política y administrativa adquirían
en su palabra y en su pluma una solidez impactante, al punto de
que, si era el primero en tomar la palabra, eclipsaba de antemano
a sus sucesores y, si era el último, cerraba el debate en forma
concluyente. No es, pues, extraño que su estampa traiga a mi
memoria a ese don Tomás Cuenca del siglo XIX, a quien apenas
conozco de nombre, pero que me imaginaba tan superior a su
entorno como llegó a convertirse en paradigma Rodrigo Lloreda.
Dije por radio, al ser entrevistado acerca de su fallecimiento,
que su muerte a los 57 años hacía aún más inexplicable el que
no hubiera llegado a la Presidencia de la República cuando
contaba con el respaldo de uno de los electorados más
influyentes en el panorama nacional como es el Valle del Cauca y
cuando no era un factor de división en el seno de su partido,
pero paradójicamente su candidatura fue vista con desgano, por
decir lo menos, por las dos corrientes tradicionales del
conservatismo, con lo cual contribuyeron grandemente a
debilitarla sin ningún beneficio para la colectividad azul.
Un episodio histórico, que se cita en la mayor parte de las
necrologías publicadas recientemente a propósito de su muerte,
fue su retiro del Ministerio de Defensa en condiciones
misteriosas, porque nadie sabe a ciencia cierta qué sucedió
antes y después de su retiro, y por qué no le fue dado expresar
su desacuerdo con el alto comisionado para la paz en tiempo
oportuno. Sólo con el tiempo unos pocos protagonistas podrán
ilustrarnos sobre el origen de su conflicto con el presidente,
cuál era el respaldo con el cual contaba entre las Fuerzas
Armadas para formular determinadas exigencias y cómo tal
respaldo se disolvió, en cuestión de horas, superando la que
parecía ser la crisis más honda de la administración Pastrana.
No deja de ser doloroso, a la luz de los acontecimientos
posteriores por el agravamiento de su salud, que, después de
haberse comprometido en la más titánica de las labores del
gobierno, tuviera que retirarse sin haber cosechado los frutos de
cuanto había sembrado en materia de reformas en el interior de
nuestras Fuerzas Armadas. Desafiando la precariedad de su estado
físico, se engolfó en un trabajo posiblemente muchas veces
superior a sus fuerzas y, de la noche a la mañana, se vio
comprometido en la situación que él más que nadie hubiera
querido conjurar: ser un factor de división o de controversia en
el seno de un gobierno al cual él había aspirado a secundar en
la mejor forma.
Discretamente, como había vivido, nos dejó, con una nota de
patriotismo encomiable. Escogió para la celebración de su
sepelio en la ciudad capital la misa en el Cantón Norte en
memoria de los soldados caídos en defensa de las instituciones.
No me cabe duda que Rodrigo Lloreda sentía que se contaba entre
quienes ofrendaron su vida al servicio de la república.