Amigos payaneses:
Rodrigo Valencia Quijano ha escrito el siguiente artículo
especialmente para El Liberal, sobre el ocaso del arte del dibujo.
Nuestros agradecimientos a Rodrigo por su envío.
Cordialmente,
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“EL DIBUJO”, O EL OCASO DEL ARTE
Por Rodrigo Valencia Q
Especial para El Liberal
Me refiero a la exposición realizada por los profesores del Departamento de Artes Plásticas de la Universidad del Cauca, en homenaje a la obra de su colega Ever Astudillo, durante la pasada semana santa, aquí en Popayán. “El dibujo”, indudablemente: rastros en el piso, huellas sobre el muro, garabatos en el suelo, líneas de plumilla, estampas simplistas de la anécdota, alegorías de la historia religiosa, procesos nuevos sobre tela... todo lo posible por impulsar la novedad de los criterios frente a un oficio muy antiguo, el dibujo.
Allí, el criterio se tensa desde fuerzas que desvaloran el oficio; la “intelectualidad” se encumbra, en contra del proceso propiamente artesanal a que todo arte obliga. Es que el trabajo del pintor ya no cuenta; los rigores de la “inteligencia” pervierten el orden, masacran el buen gusto, minimizan las labores minuciosas que cultivaba antes el artista.
La cultura del momento tiraniza con imposiciones de “vanguardia”; es la desmitificación de una tradición entera, de todo lo que huele a escuela de otros tiempos; es la carga que golpea desmoralizando con el ruido cuestionable de las novedades, una nueva “revelación” que subvierte lo creído intocable; el arte es motivo para derrumbar anacronismos, para “curar” las falsas nociones del status quo.
Esta muestra nos recuerda que estamos en crisis, que lo bello ya no existe, que el caos reina sobre el orden, que las ráfagas de los últimos tiempos no convencen, que la pobreza, la basura y la burla desmitificadora ya no provocan sino risa, o acaso el dolor de la indigencia. La pose intelectual, el “iluminismo” del artista actual, son la nota que se pretende pero brilla por su ausencia. La crisis se nota en el simplismo de las propuestas, en el facilismo del momento, en el desparpajo que no oculta mediocridades de fondo y de formación en los trabajos.
Salvo las obras del profesor Adolfo Torres, que hacen gala de un dibujo recio, el resto no es sino imitación insustancial de una cultura deleznable. Lo efímero, el intento de trasnoche, el momento encomiando su total falta de realidad y calidad, la improvisación vana, mal pensada, haciendo alardes de vanguardia. Una contaminación cultural subyuga las conciencias, encubre incapacidades de todo tipo y, lo más penoso, pervierte, arrastra con intempestivo asombro a los discípulos del día.
Todo está permitido, todo es válido durante el pésimo protagonismo de los signos de los tiempos. Se ha entendido mal la “transvaloración de todos los valores”. Sin conocer las profundidades nietzscheanas, los artistas del momento ridiculizan las normas que se consideraban sagradas hace tiempo, pero en su intento sólo hacen el ridículo. ¿Se pretende instaurar un orden nuevo? ¿Se quieren corregir los lenguajes agotados por el uso? ¿Se logra fundar la paradoja que cuestiona, el criticismo que renueva, que descubre nuevas vías, las metáforas que reaccionan contra la validez de los valores?
Los maestros de artes plásticas han puesto en evidencia la estética del feísmo, el capricho obsesivo que duele por su nihilismo, el basurismo que golpea con su gran precariedad. Pero las calidades de una obra de arte no se obvian con discursos, manifestaciones de un poder que sólo asombra a los incautos. En la pugna que se ha hecho por lograr el pensamiento, se ha sembrado el basurismo; en la tregua que se ha hecho a la tradición, se ha cosechado el malentendido: el concepto, base de todas las transformaciones culturales verdaderas de la humanidad, ha logrado, ahora, derribar los pequeños restos que salvaban a un mundo del desastre. Ya Heidegger anotaba lo proclive que es el mundo a caer en medio de las habladurías.
La charlatanería ha crecido hasta el cielo, ha logrado carta de legitimidad en este orden de la realidad y, por eso, ya no debemos asombrarnos de las farsas y las máscaras que se apoderaron de los acontecimientos. Pero, quizás por eso mismo, sin saberlo, todos nos hemos hecho culpables al propiciar el proceso destructivo que, sobre todo, en los últimos tiempos, atenta contra toda cordura civilizada del espíritu y la cultura.