Amigos:
Rodrigo
Valencia Quijano nos desvela el interior
de un artista
cuando inicia la creación y la realización de su obra.
Cordialmente,
***
El último cuadro
Por Rodrigo Valencia Q.
Especial para El Liberal.
Un cuadro
se pinta en silencio, se construye desde adentro, como un
presentimiento, desde el órgano intuitivo-inteligible del ser, desde
el marco casi intangible del alma. Él ocurre cuando los pintores oímos
sus razones, cuando advertimos el capricho de crear, eludiendo un
tanto la inercia del sentido común y su rígida obviedad que aparta de
la poesía. Obcecados hasta el fin, el cuadro nos sumerge en el riesgo
de hacer presente lo que antes no existía; y toda vez que resulta
cierta y justa una pintura, le entregamos nuestra credibilidad, la
miramos como el alter ego que venía insinuándose en las ranuras del
deseo.
Yo, por mi parte, recurro a las evocaciones. Procedo con la modelo
delineada por la imaginación y que el recuerdo de la probabilidad nos
procura, cuando no existe la negativa a soñar; reinvento la realidad,
los mundos del pintor; intento, en fin, acercarme al difícil favor de
la poesía visual.
¿Pero, acaso se concluye la forma en un instante? A veces sí, la
imaginación tiene ese poder, esa fuerza sutil que desplaza al tiempo,
al espacio físico, en la lucha por configurar su propia vida.
En el ínterin, una abreviada visión desnubla astralmente las hipótesis
posibles; toman cuerpo, iluminan el ojo interior, equilibran el deseo
de ser. Del no ser al ser, se abrevia la distancia por la luz de su
propia poesía; viene, se abre paso, aquieta el deseo, es tránsfuga
entre la imaginación hecha realidad.
El dibujo comienza, las formas se resbalan desde esa conformación
interna. Aparece esa mujer, ha corrido el velo que tapaba el
lienzo antes del inicio; me mira, se apoya en mi capciosa agilidad
para lograr su aparición. ¿De dónde esa modelo que antes no existía y
que ahora me obsesiona con todo su poder? ¿Por qué está allí, quién le
dio permiso de ser mi confidente en la imaginación?. La pose es
natural, ha ocupado un lugar, un espacio, una perspectiva que no es
necesariamente real.
Su cuerpo tampoco lo es; es la configuración según el ritmo que fluye
desde la intuición; se sobrepone a un diálogo sin tiempo, el color le
da su propio vórtice de vida. Yo trato de entender qué es lo que me
atrapa en ella; pero, entiéndase, ella no está presente, sino en el
pensamiento que desenrolla la memoria; y no hay ningún extrañamiento
erótico, ningún rasgo que debilite mi actitud espiritual; al
contrario, la acrecienta, la concentra en la capacidad de adquirir
goces más allá del cuerpo, visos que iluminan hiperfísicamente, rasgos
que atentan contra el fingimiento del deseo.
Pero allí está, en el cuadro; su imagen modelada entre los pliegues de
mujer imaginaria, la mano exhibiendo una flor, la música lejana en la
ventana, la sonrisa escondiendo algún pudor, el coro atmosférico con
la brumosa textura de la tarde. Yo me retiro, observo la pintura, la
analizo, violo sus potencias secretas, sus dudas, sus mentiras y
pequeñas molestias que debo poco a poco superar. “Bueno, déjame ya”,
me dice al final esa imagen, descubierta por pinceles que comienzan
rasgando desde la nada; pero el último vistazo nunca acaba; siempre
habrá un nuevo abrazo de ese amor que reencuentra, en la efigie
lograda, el triunfo del rostro insinuante del llegar a ser.
Después, en la siguiente sesión, la contemplación reinicia su ciclo de
hipótesis, sentimientos y sensibilidades posibles. La vida, el sueño,
la alucinación, el deseo, la levedad del tiempo, reencuentran, renacen
al albor del retorno primigenio; algún dios se despierta de nuevo
entre los ojos, algún duende desfaza el limbo y propone sus retos al
proceso creativo; alguna luz vendrá a inventar historias en el lienzo.