Amigos:
O tempora! O mores! era la exclamación de Marco Tulio Cicerón (106-43 A.C.) en Las Catilinarias. Y así parece ser lo que quiere indicar Horacio Dorado Gómez en su articulo recordatorio de tiempos pasados que hoy reproducimos. Para algunos de nosotros cincuenta años es ayer y comprendemos el mensaje de Horacio a través de su articulo.
Cordialmente,
***
Así cuenta mi abuelo
Por: Horacio Dorado Gómez
El Liberal.
En los tiempos idos, hace cincuenta años, cuando Popayán era una pequeña cuadrícula de manzanas bien delineadas y sus alrededores grandes potreros y lagunas. Cuando los barrios La Esmeralda y Pandiguando eran extensiones de tierra llamadas llano largo y el guayabal. Al sur grandes humedales.
Hacia el norte, entre lo que hoy es Barrio
Modelo y el Cuerpo de Bomberos, lagunas y juncales; las edificaciones
no llegaban sino hasta el Barrio Bolívar, con su gran atracción: el
Ferrocarril del Pacífico. El centro de la ciudad era construcción
colonial, las demás viviendas elaboradas en bahareque, barro atado a
la caña brava con rejos y techos pajizos o zinc. Hoy tenemos
avenidas más anchas y edificios más bonitos, pero mentalidades más
estrechas.
Estudié en escuela y colegio públicos que eran de muy buena calidad.
Los privados eran pocos, se contaban en los dedos de una mano y
sobraban dedos. En la escuela pública se permanecía ocupado, se
estudiaba en jornada diaria, de 7 de la mañana a 11 a. m, y en la
tarde de 1 a 4 p.m. Me impactaron para toda la vida materias como
ética, y urbanidad. Aprendí la escritura en pizarra y los rudimentos
de matemáticas en el ábaco.
Me enseñaron a cultivar la tierra, en un terreno aledaño a la escuela
Rafael Pombo, donde cada alumno necesariamente debía sembrar
hortalizas que al cosecharlas con gran satisfacción llegaban a la
cocina de la casa de cada alumno. Degustábamos mañana y tarde de
refrigerio escolar gratuito: chocolate o café con leche, pan, y
queso importado. A juicio del Director, nos trasquilaban en la
escuela por de V centavos. Había además, tienda escolar que por
valor de V centavos, llenábamos una chuspa repleta de dulces, nada light,
sin preservativos: melcochas, gelatinas, panelitas y merengos.
Los profesores tenían apostolado por la educación. Sabían de todo. Uno
solo dictaba varias materias. No sé si bien o mal remunerados, pero
nunca perdían un día de clase durante diez meses seguidos.
Impecablemente vestidos y modales dignos de ejemplo. La tecnología
es valiosa, pero adormece la intuición a los niños, no hay
creatividad. Los niños de hoy tienen a la mano la electrónica,
Internet; pero los marca la violencia: alumnos que matan a los padres
y profesores. Es una época de hombres solos, alejados de la naturaleza
–que es Dios-
Hace cincuenta años, los padres de familia eran ‘esclavos’ de sus hijos, vivían pendientes de ellos, frecuentaban la escuela para preguntar por el rendimiento. Al final del año era deber asistir, padre y madre como jurados calificadores, para evaluar a los alumnos con el inspector de la Secretaría de Educación en todas las materias, además a evaluar trabajos manuales, pintura, declamación y canto (música colombiana). Había imposición de medallas por puntualidad, colaboración y compañerismo. Un cinco aclamado, causaba revuelo entre estudiantado y familiares. Se culminaba el año con un sainete representado por niños que declamaban y presentaban una obra teatral.
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