MONICA EMMA LUCIA CHAMORRO MEJIA
Lunes 9 de febrero, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos payaneses:
Mónica Emma Lucía Chamorro Mejía, nació en
Popayán en 1974 y quien ahora reside en Italia, fue la ganadora
del Primer Concurso de Narraciones Breves, "El
nido", proyecto que inició la I reunión de Payaneses
en USA realizado en la ciudad de Pittsburgh en 1999. En esa
ocasión, gracias a las gestiones de Guillermo Borrero Aragón y
Edgar Bustamante Delgado, se logró una buena suma para el premio
en metálico del ganador de este concurso. [<http://www.geocities.com/pachajoa2000/monica.htm>]
[<http://www.geocities.com/pachajoa2000/breves.htm>]
Hoy tenemos el agrado de transcribir el cuento "El final
de la trama" escrito por Emma. Nuestros agradecimientos
para ella por permitirnos tomar conocimiento de este interesante
relato.
Cordial saludo,
***
EL FINAL DE LA TRAMA (Cuento)
Por: Mónica Emma Lucía Chamorro Mejía.
Verrá la morte e avrai i tuoi occhi.
Cesare Pavese
Entonces lo vi. Galopaba hacia mí con el sable levantado.
Apareció entre la niebla inclinado sobre el cuello de un gran
caballo que estrechaba fuertemente entre las piernas y que se
desplomó muy cerca, con el pecho destrozado por un obús de la
artillería ligera de Napoleón, en la carga final de Waterloo.
Yo lo esperé de pié en medio del lodo y del desastre del
Imperio, con el uniforme roto, pero con el águila dorada aún
intacta en el pecho, cubierto de barro y sangre, pero aún vivo.
Estaba rodeado de sombras que gemían con voces conocidas,me
cercaba la oscuridad que empezaba a extenderse en la tarde y la
lluvia que golpeaba mi rostro.
La bestia lo arrastró violentamente en su caída, por un
instante se debatió con las piernas enredadas en los estribos.
Yo ya no tenía pólvora, ni cartuchos, y sin embargo lo habría
matado fácilmente con mi acero curvado, (mi orgullo desde hace
quince años, cuando se lo arrebaté a un mameluco en Aboukir)
pocos pasos y apenas unos golpes me hubiesen bastado, pero al
acercarme, vi sus ojos. Eran muy oscuros, muy jóvenes, brillaban
con la certeza del fuego de la gloria de combatir y vencer a los
campeones de Austerlitz y de Jena, y sobre todo me recordaron
otros ojos que refulgían con similar fuego, también oscuros,
así mismo jóvenes.
Mi memoria enloquecida por las infinitas horas de la batalla, por
los interminables movimientos, por las desesperadas cargas
suicidas de los últimos oficiales, se perdió en un larguísimo
viaje. Vagó por otros campos sembrados de otros muertos, de
millones de muertos tendidos en las nieves, en los desiertos y en
los llanos verdes; marchó en muchas campañas, desfiló entre
muchedumbres ruidosas, atravesó el mar dominado por Albión y
cruzó los Alpes, allí recordó.
Esos ojos en los que se leía la certeza de mi muerte, eran los
míos, era mi mirada de hace veinte años la que allí aparecía.
En ella ardía la misma ebriedad de un oscuro soldado que casi
desnudo y desarmado se había arrojado sobre el enemigo en los
campos del Adige y que había saboreado el bautizo de fuego en
Rívoli y en Arcole. También reconocí su furia apresurada y la
precipitación con que sacó sus pistolas y sin apuntar disparó,
causándome una herida en la pierna izquierda.
El dolor me hizo reaccionar cuando caía sobre mí dispuesto a
matar o a morir, en el intento de llevar como trofeo el águila
soberbia de un granadero de la Vieja Guardia, arrancada de un
pecho abierto por su mano. Pude esquivar el golpe y de un revés
le despojé del alto casco. Sobre sus hombros se derramó su
cabellera negra y en su frente estrecha se dibujó una fina
línea, donde le alcanzó el filo de mi arma. No se movió
siquiera, no se volvió un paso, ni volteó el rostro hacía el
lugar donde cayó el casco estrellándose sobre las corazas
sonoras. Me devolvió el golpe hendiéndome la carne de la
mejilla, desprendiéndome de un tajo la mitad del bigote.
Entonces retrocedí y caí sobre esa inmensa costra de cadáveres
de hombres y animales que quería cubrirlo todo. Solo yo parecía
continuar con vida en medio de la vacilante penumbra, él y yo,
en el furor del atardecer final.
Se lanzó sobre mí apuntándome a la garganta y apenas conseguí
moverme, mientras él, con la potencia de su embestida, se
precipitaba sobre una pieza rota de hierro perdiendo el sable e
hiriéndose en el brazo. Al rasgarse la tela del uniforme quedó
al descubierto su pecho flaco, todavía desnudo de los trabajos
que cubrían el mío, agitado por un deseo de gloria semejante al
que me había arrastrado del Valle del Po, hasta Moscú.
Se llevó una mano a la herida y permaneció un momento confuso e
indefenso. Yo apenas podía escuchar el silencio súbito de los
cañones en medio de los alaridos y el golpe de la lluvia en las
insignias enlodadas. El, entre tanto se levantó y con un gesto
decidido me sujetó con el brazo sano la mano derecha en que
llevaba el sable. Era tal vez su primera batalla, las hebillas de
sus botas brillaban como nuevas, quizá solo un cadete reclutado
de prisa por los Aliados. Mas sus manos finas tenían osadía, me
aferraban resueltas, él era joven y yo era ya un viejo, con
dolor en las profundas cicatrices. Sentí como me doblaba el
brazo obligándome a soltar el arma.
En el mismo día y en el mismo mes en que saboreamos la mayor
gloria conquistada jamás por un ejército en Austerlitz, el
mundo que al lado del Emperador construimos se desplomaba; los
cañones de París no volverían a arrojar salvas en nuestro
honor, las inmensas alturas se habían convertido en esa fétida
llanura. Se acallaba la voz del halcón que nos había prometido
la inmortalidad y nos la había dado, ya no quedaban más que
piltrafas de sus escuadrones gloriosos, declinaba la esperanza de
todos los que como yo, sin Bonaparte, ya no seríamos nadie. Me
esperaba si vivía la derrota de la miseria, el mendigar por las
ciudades pidiendo una moneda a cambio de enseñar mis heridas; el
morir en cambio resultaba más sencillo. Habíamos jurado
combatir hasta el último hombre y yo acaso lo era, juramos
jamás retirarnos y yo no huiría.
Me golpeaba con dureza, girábamos abrazados sobre el fango
tropezando con los miembros destrozados, bailando entre las
cabezas rotas. El ímpetu de su juventud quería imponerse, su
aliento entrecortado respondía a mi angustioso estertor. Pero,
mi cuello ahogado aún resistía a sus manos, mi pecho lograba
asfixiarlo, rodeándolo con mis dos brazos pude doblarle las
piernas y tumbarlo sobre el lodo. Mi antigua fuerza se levantaba
y lo sacudía como a una hoja más en mitad de esa tormenta Todo
en mi resultó de pronto, indestructible.
Caí sobre él, cara a cara, sus ojos singulares tan profundos
que podrían ser dos espejos, comprendieron por fin la verdad de
esa noche. Crucé una pierna sobre su cuerpo y extraje de la
parte alta de mi polaina un puñal. De su garganta cortada saltó
un chorro que empapó lo que quedaba de su casaca.
Tuve buen cuidado de registrarle los bolsillos y de retirar de la
pechera un reloj de plata, una bolsa de tabaco y una pipa de
cerezo, antes de que la sangre los mojara. Encontré dentro de un
estuche de cuero un pequeño par de espejuelos de algún valor.
Era sin duda, también muy joven, para los lentes y el tabaco.