BELISARIO BETANCUR EN POPAYAN: 1983
Domingo 31 de julio, 2005
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos payaneses:
Rubén D Galvis desde Hollywood Hills, Florida,
USA, ha tenido la deferencia de enviarnos la
edición original de El Tiempo del 3 de abril de 1983,
una de las tiradas extraordinarias del
periódico sobre detallada información y fotos del terremoto de
Popayán de ese año. Uno de los
relatos más impresionantes es el que se reproduce en el dia de
hoy. ¡Muchas gracias Rubén!.
Cordial saludo,
***
"Don Belisario, déme
p'al ataúd de mi hijo"
Por Germán Santamaría
El Tiempo, domingo 3 de abril, 1983
El Presidente Belisario Betancur le entregó todo lo que llevaba
en el bolsillo, $2.200, a la señora María del Socorro Cuají,
para que le comprara un ataúd a su hijo Oscar Andrés de dos
años, que se hallaba insepulto, botado y ya descomponiéndose en
el anfiteatro de la ciudad.
Pero aunque el Presidente quedó con el bolsillo al revés cuando
sacó los once billetes de doscientos pesos que llevaba en la
cartera, la suma no alcanzó a la mujer, pues el ataúd más
barato valía cuatro mil quinientos pesos, y no era para niño
sino para personas grande, pues los féretros pequeños estaban
agotados en la ciudad.
El encuentro entre la mujer y el Presidente se produjo frente a
la Casa Museo Guillermo Valencia cuando el Jefe del Estado
efectuaba un recorrido por todo el sector destruído de la
ciudad, y fue algo conmovedor, pues la mujer se avalanzó sobre
el Primer Mandatario y le dijo, "Don Belisario, don
Belisario desde ayer lo estoy buscando para que me regale para el
ataúd de mi hijo .."
La mujer lloraba y era tal real y profundo su dolor, que el
Presidente se estremeció, su rojiza piel palideció, abrazó
fuertemente a la mujer, dos lágrimas corrieron por sus ojos que
yacen en la cumbre del Poder y por un instante fue un nudo
vibrante de carne y una masa palpitante entre el Presidente y la
humilde mujer.
El Presidente se agachó para que la multitud que lo rodeaba no
viera sus lágrimas, se metió la mano al bolsillo, sacó como
con fuerza y hasta con rabia lo que llevaba allí, miró por un
instante el pequeño manojo de billetes y se los alargó a la
mujer.
El Jefe de Estado estaba como tímido y apenado por llevar tan
poquita plata en el bolsillo y le dijo a la mujer con palabras
muy suaves, cortadas también por el dolor: "Vaya al cuartel
de policía que allí ordenaré para que le den lo que le haga
falta para su ataúd".
Entonces se produjo un breve pero insondable silencio entre el
Presidente y la mujer y la multitud que se agolpaba allí en
aquella calle colonial averiada, desgarrada, con jirones de
escombros que colgaban desde los ventanales y ventanas.