CORONEL CARLOS AYERBE ARBOLEDA
Lunes 23 de febrero, 2004
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos payaneses:
Al cumplirse 36 años del fallecimiento del Coronel
Carlos Ayerbe, queremos rendir homenaje a la memoria de
este payanés ejemplar compartiendo con ustedes esta página
escrita por su compañero de armas, General Marco Antonio
Villamizar.
Cordial saludo,
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Coronel Carlos Ayerbe Arboleda
Por: General Marco Antonio Villamizar
En una de esas tibias mañanas, propias de los diciembres
payaneses, un jóven de semblante altivo, seño adusto y de
palabras contraídas al número indispensable para expresar
concretamente sus ideas, partía de la ciudad rumbo a la capital
con ánimo de hacerse oficial del ejército en el viejo edificio
de San Diego.
Seca y simplemente se llamó Carlos Ayerbe y con él traía un
valioso acerbo de brillantes páginas de historia, escritas por
los suyos dentro y fuera de los linderos patrios.
Sin embargo, éste brillante acerbo era modesto frente a los
abundantes atributos de que disponía para hacer del aspirante a
cadete un jefe excepcional. Desde la iniciación de su carrera
mostraba en germen cualidades que fueron la esencia de su
personalidad: afirmación, severidad, honestidad casi fanática
en el ejercicio de su profesión; culto al deber y sujeción
incondicional a sus mandatos; justicia rígida en la apreciación
de las condiciones ajenas; carácter en el significado técnico
del vocablo; franco, leal y gallardo, mas allá de los linderos
indispensables; clara inteligencia en la medida de lo exigido
dentro de los límites de su profesión y de su estatura
jerárquica.
Esencialmente afirmativo ejercía sus funciones sin
contratiempos, sin dudas incómodas. La acción de su comando
marchaba en forma armónica y contínua. Como jefe sabía cómo
actuar y hacer actuar a sus subordinados. Dueño de un claro
concepto de la responsabilidad, sabía asumirla sin alardes, sin
compromisos secundarios.
Amaba su profesión y la ejercía eficiente y orgullosamente. La
medida de la eficacia, en su concepto, la daba el éxito y sobre
esa base se discutían con él los resultados. Dueño de una
autoridad personal de excepción, le sobraba la autoridad
estatutaria. Por lo mismo puede afirmarse que mandaba con
caracteres propios. Había nacido jefe y se condujo así en todos
los actos de su vida. Pese a que en el recorrido de su lujosa
carrera no pasó del plano comando de tropas, la medida de sus
capacidades daba campo para empresas mayores, personal y
profesionalmente considerado. Es lamentable que las disposiciones
orgánicas hubieran contraído la aplicación de sus amplias
capacidades militares, cuando elevado a planos superiores hubiera
satisfecho las más duras exigencias.
Pasado un dia al retiro, continuó viviendo en función de
disciplina y de sujeción a sus deberes, de exceso de exigencias
consido mismo, en medida tal, que es un ejemplo cuyos resultados
fueron, el franco éxito en su hogar y la conservación de su
autoridad personal sin vanos alardes, a través de actividades de
muy diverso orden. Sobraría aquí el recuento de sus actividades
profesionales y el excelente resultado de los mismos. Baste decir
que fue un modelo de oficial, de colombiano, de ciudadano, en la
medida que la patria exige para hacer del pais el modelo que
soñaron los libertadores.
Su muerte en los aires es simbólica e indicadora de que los
valores positivos no pierden vigencia y desafían la eternidad y
el tiempo y serán siempre un faro luminoso en el horizonte de la
historia. La vida profesional del Coronel Carlos Ayerbe es una de
aquellas que sirven de modelo a cualquier campo y bien vale ser
estudiada a fondo, porque en ella se ven las condiciones que
deben cumplir los jóvenes cadetes para llegar a la cima de la
jerarquía.
Su muerte enluta la bandera, priva al ejercito de una de sus
figuras cimeras, entristece a sus amigos y llena de dolor a los
suyos. Pero por encima de estos pesares naturales, nos hace
recordar orgullosos a cuantos hemos vestido el uniforme de
soldados, que aún son nuestras instituciones armadas el espejo
reflejante de las virtudes del alma nacional.
Vaya para los deudos nuestra sentida condolencia, y para el
compañero desaparecido la promesa solemne de tomar como ejemplo
su voluntad constante de servir a la Patria a lo largo de su
vida, dentro y fuera del cuartel.
General Marco Antonio Villamizar, Bogotá, Octubre 10 de 1968