Amigos:
Una de las piezas que más admiración ha recibido en el extranjero y en el
Museo Arquidiocesano de Arte Religioso de Popayán es la Virgen Alada,
Siglo XVIII. Cuando fue exhibida en Paris, Francia,
Christine Buci-Glucksmann escribió el siguiente articulo.
Cordialmente,
***
La alada barroca de Popayán
Por Christine Buci-Glucksmann>
Fragmentos.
Biblioteca Luís Ángel Arango
A
la manera de los grandes ángeles del barroco italiano o español, "La Virgen
alada" de Bernardo de Legarda, imagen de aparición y de elevación, como esas
grandes águilas de los Andes que se encuentran sobre todo en Popayán, se
despliega en la frontera de dos mundos. Por una parte, se eleva con sus alas de
oro y su corona estrellada, como arrebatada por su "signo" divino y su
rayo de oro zigzagueante. Pero por otra, mira lo que ocurre abajo, donde aplasta
con sus pies y con sus dos filos de luna, las fuerzas oscuras del demonio, del
dragón apocalíptico convertido en serpiente del pecado cristiano. Porque ella
alza vuelo desde un zócalo bastante extraño, realizado por los artesanos de
Popayán, aunque Bernardo de Legarda fuera escultor en Quito. Vemos primero un
hexágono que contiene un cuadrante solar al modo de Durero. Después, un inmenso
globo terráqueo de plata, cortado por el ecuador, como el que sostiene Cristo
Pantocrátor en los mapas medievales. Y finalmente esa flor misteriosa, suerte de
lirio-cáliz, que se observa en numerosos incensarios de Popayán. La tierra como
un horizonte mensurable, la esfera como un ojo-mundo que refracta y refleja toda
la luz inmanente y sacralizante de los acontecimientos, y esta flor mariana,
altamente simbólica, con el aspecto de los lirios angélicos de las
Anunciaciones: todos elementos alegóricos de la irrupción apocalíptica de la
Virgen, salida de la noche y apareciendo entre las estrellas. Sobre su globo
terráqueo ella se alza allí, toda "vestida de sol", en madera policroma
color de oro con ricos calados, desplegadas sus alas de salvación, la de un
futuro nacimiento y la de una Asunción.
De todas las esculturas, pinturas y objetos religiosos expuestos en París,
vestidos y envueltos en su escenografía llena de curvaturas, la Virgen alada es
el símbolo, el síntoma y tal vez incluso la metáfora de todo el barroco de
Popayán. En Popayán, tan marcado en el siglo XVI por la cultura andaluza y por
la prodigiosa riqueza del oro -robado a las tumbas por los conquistadores
españoles y después extraído de las aguas por los esclavos negros y los indios-
la "Virgen alada" alcanza todo su vuelo barroco. Ella misma es el punto
de encuentro de dos trazos estilísticos esenciales del barroco: el arte del
movimiento y del pliegue infinito, y el arte de lo efímero, de un instante
detenido, armado con afectos y devociones, que procura convencer a los
"indígenas" y sugerir la meditación. Un signo por lo demás tan ambiguo como
el arte barroco. Pues si todo barroco implica un dispositivo donde "Ser es
Ver", hasta perderse en el éxtasis del enceguecimiento o de las tinieblas,
aquí la visión religiosa no desemboca sin embargo en esa torsión loca que
anhelaba Gracián: tener un ojo para "ver el ver", practicar una mirada
anamórfica, una "Locura del ver".
Ciertamente, ahí están todos esos movimientos de la materia y de las texturas:
pliegues, despliegues y repliegues de las maderas policromas envolviendo a la
Virgen lo mismo que a los Arcángeles y a los Santos con su manto de luz y de
reflejos. Pero esta extraordinaria riqueza decorativa manifiesta una contención,
un replegarse, más cercano a Borromini que a Bernini. Los gestos indican justo
la acción, y sobre todo ese rostro mariano tan fino, tan terso, los ojos
ligeramente inclinados y bajos, un rostro casi infantil, que me hace pensar en
esas vírgenes infantes, la "Macarena" y las otras de los "Pasos"
de Sevilla durante la Semana Santa, que se encuentran también en la de Popayán.
Esos rostros y esas manos cuentan toda una historia. Son de hecho máscaras de
cobre idénticas (virgen o ángel) pintadas y retrabajadas a la "vessie de bouc",
para restituir esas encarnaturas tan frágiles, esos blancos apenas rosados de la
piel, como preservados de los ultrajes del tiempo. "La Virgen alada" es
inmaculada y es toda juventud, señalada en su inmovilidad, absorta y casi
meditativa. Tanto que entre los repliegues de la materia y los pliegues del
alma, entre su elevación hacia sensaciones celestes y esa suerte de llamado
hacia lo bajo, creado por el zócalo y el aplastamiento de la serpiente, ella
constituye un inmenso trazo de unión entre los dos mundos del barroco. Entre el
cielo y la tierra, entre la gracia y la fuerza, ella efectúa esa "caída hacia
lo alto" de la que hablaba Octavio Paz. Una caída que evita todo exceso
pasional, toda convulsión estremecida o excesiva, y que caracteriza a mi parecer
todo el arte de Popayán.
En Popayán la arquitectura permanece a menudo lisa y blanca, con ese famoso
blanco impuesto por la Inquisición para combatir el ocre árabe. Situada en un
valle en el corazón de los Andes, esta ciudad, reconstruida después del último
temblor de tierra, me recuerda en su luminosidad el manierismo geométrico
blanqueado de Andalucía, en Cádiz o en Huelva. Como la alada, se alza en la luz
de su propia magia. La alada barroca de Popayán