LOS RESTOS DEL PATRIARCA
Sábado 18 de julio, 2009
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos:
Rubén Andrés Varona nos envía este relato que escribió hace tres años "Los restos
del
Patriarca", el que entre más de 300 participantes de España y América
Latina, -de 15 a
35 años- fue seleccionado en el 2007, finalista del XVII Concurso de Relatos
El Fungible,
España.
Nuestros agradecimientos y felicitaciones para Rubén Andrés.
Cordialmente,
***
Los Restos del Patriarca
Por: Rubén Varona
En dos meses cumplo noventa años, aunque se dice que nosotras las mujeres
después de los cincuenta ya no cumplimos más. Yo, a pesar de nacer en el seno de
una familia humilde, siempre luché por mis sueños, tanto que, después de cursar
unos semestres de Derecho por allá en los treintas, valiéndome de un convenio
entre la Universidad de Salamanca y nuestra Alma Mater, viajé a España a
terminar mis estudios. Hasta entonces en el país no se había graduado ninguna
mujer y era casi imposible que a una joven de mi condición social, se le
permitiese ser la primera.
Los estudios en España duraron tres años, tiempo en el que me preparé a
conciencia para volver y convertirme en alguien de importancia. Al regresar pasé
varios meses en busca de trabajo; aunque la oferta de personal calificado era
escasa nadie quiso contratarme. En cuanto me anunciaba para ofrecer mis
servicios, los posibles clientes ni siquiera se tomaban el atrevimiento de
ojear, a vuelo de pájaro, mi curriculum vitae. Eran tan caprichosos, que
preferían ver tras las rejas a sus seres queridos antes de aceptar que yo
pudiese ayudarlos. Por eso hice lo que hice; no era justo que mientras unos
cuantos esclavistas se ufanaban de su nobleza, el resto de las personas se
murieran de hambre. Tenía que hacer algo al respecto: óyeme bien, si no puedes
contra el enemigo, sencillo, únete a él. El enemigo era nada menos que de
mentalidad, de tipo cultural.
Entonces decidí abrirme camino entre la gente y ganarme el respeto de todos.
¿Pero cómo debía hacerlo? Para alcanzar mis propósitos tuve que idearme tres
estrategias. Una de ellas, si no me falla la memoria, porque a esta edad lo
traiciona a uno hasta eso, consistía en buscar un buen partido para casarme: un
hombre rico, de buena familia, inteligente y simpático. Deseché esa posibilidad,
porque siéndole a usted sincera, jamás gocé de atributos físicos que me hicieran
sobresalir entre las demás niñas. La segunda estrategia se resumía en ganar la
confianza de una dama de alta alcurnia y de buen corazón, que como las brujas,
que las hay… Ella podría apadrinarme, igualito a como sucede ahora, puro tráfico
de influencias, espejismos y nada más. Y la tercera y última estrategia, por la
cual me decidí, consistía en hacer creer que cuando viví en España conocí a
notables personalidades que tenían mi propio apellido, con quienes después de
compartir anécdotas llegamos a la conclusión de que todos descendíamos del mismo
tronco genealógico. Mi parentela vivía en supuestos castillos donde dije que me
hospedé y conocí tratados e investigaciones sobre mi apellido y sobre cómo mis
antepasados llegaron al continente americano. Sólo queda reírme de mi osadía:
¡ah problema serio este de las apariencias!
Para que tuviese credibilidad la historia elaboré un ficticio árbol genealógico,
con abuelos, bisabuelos, tatarabuelos... todos con prestigio y abolengo.
Elaborarlo y trasmitirlo fue relativamente sencillo, pues cuando estudié en
Salamanca leí suficiente historia y literatura castellana, las cuales me dieron
naturalidad en el discurso.
Para evitar contradicciones les informé a mis familiares lo que debían decir
sobre ellos. En un principio criticaron mis pretensiones: el que juega con
candela se quema, decían creyendo anticiparse a los hechos. Pero cambiaron de
parecer cuando gracias a mis mentiras comenzaron a reservarles un lugar en la
catedral los domingos, a invitarlos a las reuniones sociales y, de vez en
cuando, a salir en la prensa. Con decirle que hasta mi hermana Teresa, que Dios
la tenga en su gloria, se sintió dichosa cuando le conté que después de haber
desechado la idea de ejercer mi profesión, me habían ofrecido un puesto en los
juzgados.
Con el transcurrir de los días las mentiras fueron creciendo; pasaban semanas
enteras en que como al príncipe Segismundo de Polonia, la vida se me iba
entrelazando con los sueños y ni por equivocación se encontraban verdades en mis
charlas. Hasta que lo inevitable ocurrió, cuando yo misma me até la soga al
cuello.
Como es bien sabido por usted, que es hijo de estas tierras, aquí las familias
más representativas tienen sus anécdotas, que como las leyes, se presumen
conocidas por todos. Por tanto, no podía pasar por alto esta tradición. Dije que
Don Diego de Gaviria y Belalcazar, mi supuesto antepasado, después de una vida
bohemia de errante aventurero llegó a la ciudad en 1702, proveniente de España.
Fue tal la atracción por estas tierras, en otro tiempo conquistadas por su
bisabuelo, que entendió que en ellas debía estar su tumba. Y, cómo al mentir,
los más mínimos detalles son los encargados de dar el picante y la fuerza
necesaria a las historias, reforcé la mía diciendo que en la provincia de
Córdoba, en uno de los castillos de la familia, leí una carta enviada por mi
antepasado en la que describía en dónde y cómo sería su deceso. Tiempo después
reunió sus más preciados tesoros y se suicidó en uno de los túneles que
atraviesan el sector histórico de la ciudad.
Al narrar la historia los guaqueros organizaron una expedición para desenterrar
las riquezas de mi antepasado. A él lo apodaron: El Patriarca, pensando que su
fortuna sería la salvación económica de la región. Durante las tres semanas que
duró la búsqueda por esos socavones húmedos, yo fui la mujer más popular de la
ciudad. Mejor dicho, ni la mismísima Dionisia Mosquera, autora del crimen
pasional más nombrado de la Nueva Granada, me llegaba a los talones.
Cuando se había perdido la esperanza de encontrar las riquezas de El Patriarca,
un destello de luces de colores iluminó uno de los túneles. Aún siento
escalofrío al recordar lo que encontraron: en medio de ratas y fetos humanos
momificados hallaron una custodia en forma de águila bicéfala, de esas que se
utilizan para la eucaristía. Además de un enorme cofre, piedras talladas con
simbología cristiana y algunos huesos.
Yo me quedé fría, sin comprender lo que estaba ocurriendo. Todas las personas me
felicitaban y me interrogaban sobre el porqué nadie había venido a rescatar el
tesoro. Como era de suponerse, yo no tenía nada que decir: ¡estaba aterrorizada!
La gente interpretó mi silencio como un símbolo de respeto a la memoria de El
Patriarca.
En oro macizo, plata, perlas y esmeraldas, el águila bicéfala resplandecía en
posición de caza: con su plumaje crispado y su cola alerta. En medio de su pecho
había una caja de cristal, y en ella un doblón antiguo. Las personas que lo
veían cambiaban de actitud, como sí una sensación de poder los obnubilara. Si
hasta mi abuelita, que nunca fue ambiciosa, cuando estuvo frente a él sintió
deseos de romper el cristal y adueñarse de la moneda.
Concluida la expedición, en un acto público el capitán de los guaqueros me hizo
entrega oficial del botín. El alcalde, por su parte, me dio las llaves de la
ciudad. Tomé el cofre que contenía collares de todos los tamaños y estilos,
piedras preciosas, anillos y coronas, y junto a los guaqueros me bañé de
riqueza. Mi abuelita, quien conocía toda la verdad sentenció que estas cosas no
podían ser de Dios. Se convenció de lo anterior cuando a través del cristal
leímos la inscripción de la moneda: Dejo mi vida en este doblón para que quien
lo posea perpetué mi existencia.
Por aquellos días ocurrió una desgracia: el capitán de los guaqueros apareció
muerto en la plaza de mercado. Su cuerpo estaba completamente petrificado. Al
enterarme de la noticia recordé que cuando me hizo entrega del botín, él había
sido el único que tuvo entre sus manos la moneda, pues a pesar de la tentación
yo no me atreví a retirarla de la caja de cristal. Busqué la custodia y me di
cuenta que el doblón antiguo tenía un brillo extraño, entonces decidí donar el
cáliz de El Patriarca a la ciudad. Una serie de muertes en similares condiciones
empezaron a suceder a las personas que por uno u otro motivo rodeaban la
custodia. Sus cuerpos aparecían secos, como si les hubiesen sorbido el alma.
Hasta que el arzobispo decidió restringir el acceso a ella y sólo entonces se
detuvieron las muertes.
Hace poco encontré la custodia en uno de los museos de la ciudad y tuve el deseo
de tomarla entre mis manos. Aquella moneda producto de mis ambiciones y deseos
de infancia, aún brilla en el pecho del águila bicéfala.
Ayer, medio siglo más vieja de lo que le he contado, aquí mismo, en la banca de
este parque, la oficina de todos los pensionados que como yo, están a la espera
de la última brisa, me he reído del pasado. Mientras el señor elegante, sí, el
que está a su izquierda, sin recordar quien era yo, me contaba la historia de El
Patriarca de la Región y de su hidalga familia... ¡ah las ironías de la vida!