CAMILO TORRES
Martes 8 de septiembre, 2009
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/
Amigos:
Pedro M Ibáñez en su libro "Crónicas de Bogota" relata los últimos
días de los
próceres Camilo Torres Tenorio (1766 -1816) y Pedro Felipe de Valencia
y
Codallos (1774-1816) Conde de la Casa Valencia. Esta nota contiene
fragmentos
de la parte relacionada con el prócer Camilo Torres y en una posterior, del
Conde
Pedro Felipe.
Cordialmente,
***
Crónicas de Bogotá
Por: Pedro M Ibáñez
Fragmentos.
Pintor José M Espinosa
Dos ex-Presidentes de la República, Camilo Torres y Manuel Rodríguez Torices;
un republicano benemérito, don José María Dávila, y un noble, natural de Madrid,
Pedro Felipe Valencia, Conde de Casa Valencia, venían en cadena de presos, de
Popayán para la capital. Ellos tuvieron la fortuna de que los condujese una
escolta mandada por un caballero. Torres escribió a su esposa desde La Plata:
«Nos conduce un excelente Oficial, don Ventura Molinos, que nos trata con mucha
humanidad.»
Después de veintinueve días de marcha llegaron los presos a Santafé el 2 de
octubre, y fueron encerrados en los claustros del Colegio del Rosario. El día 4
fueron condenados por el Consejo permanente de Guerra, Torres, Torices, Dávila y
Casa Valencia, y del Consejo salieron para la capilla.
El viernes 5 de octubre, las gentes que llegaban a la plaza mayor, con el fin de
concurrir al mercado, veían cerca a la puerta de la antigua Municipalidad,
entonces edificio de mezquino aspecto, cuatro banquillos y dos horcas que se
levantaban sobre ellos, cubriendo los dos del centro. El mercado sólo se
permitió aquel día en el área de media plaza, al lado norte; la mitad sur fue
ocupada por un batallón, que formó tres lados de un cuadrado, dejando
descubierto el en que estaban los banquillos, un escuadrón estaba a retaguardia
de la infantería. Antes de las diez de la mañana crecida escolta conducía desde
el Colegio del Rosario a las cuatro ilustres víctimas. Marchaba primero el
doctor Camilo Torres, el Demóstenes colombiano, Presidente de la República siete
meses antes; seguíale Manuel Rodríguez Torices, oriundo de Cartagena, también
ex-Jefe del Poder Ejecutivo; iba luego el doctor José María Dávila, natural de
Bogotá, miembro distinguido de los Congresos y notable institutor; y cerraba la
fúnebre procesión el Conde de Casa Valencia, oriundo de Madrid de España, quien
había cambiado sus blasones de nobleza por los derechos de ciudadano libre.
Una descarga cortó la vida de las víctimas. La gente que estaba en el mercado
corrió llena de curiosidad a contemplar aquel triste espectáculo. Pasado corto
tiempo enlazaron los cuellos de Torres y de Torices con sendas cuerdas. En esos
momentos el Monte de Piedad alzó los cadáveres de Dávila y de Casa Valencia,
para sepultarlos en La Veracruz. Un testigo de vista nos cuenta así la escena
macabra que tuvo lugar en ese momento: «Tiraron la soga en que pendía el señor
Torres, y como éste quedase sentado, algunas personas de las que estaban muy
cerca, y que por lo mismo no se apercibieron de que estaba enlazado, creyeron
que aún no había muerto y trataba de pararse, y temerosas seguramente del
peligro que corrían si hacían fuego otra vez, procuraban retirarse corriendo, y
la gente que por estar más distante ignoraba, el motivo de este movimiento, los
secundaba, ocasionando esto desorden y trastorno tales, que a muchas personas se
les perdieron muchos objetos, y particularmente los sombreros, lo que también me
sucedió a mí.»
El cadáver de Torres, con la cara destrozada por las balas, y el de Torices, que
fue herido en el pecho, fueron alzados en las horcas. El Pacificador, después de
arrancar la vida a los más ilustres republicanos, ultrajaba los cadáveres y los
hacía decapitar. Eran las mismas escenas del tiempo de los Comuneros, que vimos
sucederse en esa misma plaza en 1782.
Torres -dice Belver, testigo del hecho- estaba vestido de pantalón y casaca de
paño negro; corbata y chaleco blancos; el señor Torices estaba con pantalón,
chaleco y corbata blancos y un chaquetón de paño colorado, con cuello y vueltas
celestes, y calzado con botas de cuero de ante amarillo.
... .A eso de las cuatro de la tarde una escolta volvió a rodear la horca en que
estaban suspendidos los cadáveres, y un verdugo los descolgó y les cortó las
cabezas, las cuales puso en seguida en unas Jaulas preparadas al efecto,
llevando después éstas al calabozo de la Cárcel Chiquita, para que permaneciesen
allí aquella noche mientras al siguiente día se las colocaba en los lugares que
para ello estaban designados.
Al día siguiente se alzaron picotas en la Alameda vieja, hoy Avenida de Boyacá,
donde ella corta la calle 23, y en la Alameda nueva (hoy Avenida de Colón),
frente a la Estación del Ferrocarril de La Sabana. En la primera picota se vio
la cabeza de Camilo Torres, y en la otra, la de Torices. Las jaulas en que se
exhibían eran formadas por dos óvalos de hierro, que permitían a las aves de
rapiña destrozar las carnes en descomposición. «Todos vimos los
gallinazos -escribe un santafereño, refiriéndose al caso de Torres y Torices-parados
sobre esas jaulas, descarnando las cabezas de aquellos dos ilustres americanos!».
Nueve días después, cumpleaños del Rey, permitió Morillo que se sepultaran esos
despojos de eminentes patricios.
Horas antes de ser sacrificado Torres, se presentó en la capilla José Félix
Lotero, y previo juramento, sentó diligencia, que tenemos a la vista, para
inquirir qué dineros, alhajas y bienes raíces poseía el eximio patricio. Como
abogado notable, expuso que su caudal consistía en parte de herencia en la mina
nombrada San Juan, la Provincia de Popayán y en tierras nombradas Los Ángeles,
que poseía en común con su hermano Jerónimo. Que en esta ciudad no tenía bienes
raíces ni muebles, sino los que pertenecieron a la casa donde vivió con su
esposa y familia; y que su numerario, invertido en negociaciones de quina, se
hallaba en Cádiz, Cuba y Cartagena, manejado por José González Llorente; y que
debía y le debían algunas cantidades de negocios de abogacía, incobrables éstas,
y finalmente, que en las circunstancias en que se hallaba, nada podía
puntualizar. Esta diligencia fue el testamento de Camilo Torres .
Antes de la ejecución del prócer le fueron secuestrados a doña Francisca Prieto,
su esposa, que se hallaba confinada en El Espinal, su casa, sus muebles, su
vajilla de plata y su dedal de oro. Don Camilo Torres y la gentil señorita María Francisca. Prieto
habían recibido la bendición nupcial en 1802. Ahora esta matrona, viuda, con
seis huérfanos, sufrió angustias y privaciones. Pinta bien la miseria de ese
hogar, durante varios años, un bello documento que firmó Bolívar, ya vencedor,
en el Cuartel General de Bogotá, en noviembre de 1821 Decía a Santander,
Vicepresidente de la República:
Excelentísimo señor: La viuda del más respetable ciudadano de la antigua
República de la Nueva Granada se halla reducida a una espantosa miseria,
mientras yo gozo de $ 30,000 de sueldo. Así, he venido en ceder a la ciudadana
Francisca Prieto $1,000 anuales de los que a mí me corresponden.
Gozó la viuda de Torres de esa pensión hasta su muerte, acaecida en 1826.
En 1874 se expidió ley que honra la memoria de Camilo Torres, y ordena que su
retrato, con los de Bolívar y Santander, se conserve en el salón del Senado, con
esta inscripción: EL CONGRESO DE LOS ESTADOS UNIDOS DE COLOMBIA, AÑO DE 1874, A
CAMILO TORRES, PRIMERO ENTRE OTROS DE LOS MÁRTIRES Y PRÓCERES DE LA LIBERTAD E
INDEPENDENCIA DE COLOMBIA. Esa Ley concedió pensión a sus hijas Eusebia y
Juliana Torres, y a sus nietas Eulalia y Juana Cárdenas. En Caracas una plaza
lleva el nombre de Camilo Torres, y en su centro se alza una estatua de bronce
sobre pedestal de granito; en Bogotá se le levantó artístico busto, también de
bronce, en el parque creado para el centenario del nacimiento del Libertador;
desde 1872, el Presidente Murillo y la Junta de Festejos del 20 de julio llamo
Plaza de Torres, ala antigua del convento de capuchinos; y en Popayán y en
Manizales sendas estatuas recuerdan los méritos del jurisconsulto payanés.
«Alcemos sin vacilación ni cálculos ni tardanza ese monumento, en la benemérita
ciudad que dio cuna al insigne patricio,» dijo el Senador Fidel Cano, que supo
condensar, en breves frases, la ofrenda de la gratitud nacional.