PEDRO ANTONIO TORRES
Miércoles 11 de febrero, 2009
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos:
Pedro Antonio Torres,
(1791-1866), Obispo payanés, fue el Vicario General del Ejército libertador,
notable patriota y a quien el Papa Pío IX le concedió la conocida
distinción de nombrarlo Prelado Doméstico Asistente al Solio Pontificio.
José María Cordovéz Moure (1835-1918), historiador payanés, en su
obra: "Reminiscencias de Santafé y Bogotá" nos relata la vida y obra del
Obispo Torres. De él hemos elaborado una adaptación en la presente forma.
José María nos cuenta que entre los los niños expósitos del convento de la
Encarnación, las señoras Torres Montehermoso sacaban a pasear por el Ejido de
Popayán, se hacía notar por su belleza uno, de cabellos de ángel, ojos de cielo
y tez sonrosada, a quien llamaban Pedro Antonio y al cual dieron aquéllas su
apellido.
En el año de 1789 vinieron de España al Nuevo Reino de Granada, acompañando al
virrey José Ezpeleta, varios oficiales, entre los cuales se contaba Mateo
Fernández de Moure, caballero de la Orden militar de Santiago y capitán de los
Ejércitos de Su Majestad Católica. El virrey destinó a Mateo a la plaza de
Popayán.
En 1799 se presentó el capitán Mateo Fernández de Moure, ataviado con sus mejores arreos militares, para ser presentado a su vez a la linda
señorita Juana Sánchez y Caldas, que vivía con su parienta inmediata,
Asunción Tenorio, solterona de campanillas, la misma que abofeteó al virrey
Juan Sámano "por canalla", tan imbuida en ideas de rancia aristocracia, que el
Avemaría del rosario la rezaba así: "Dios te salve, María, prima y señora
mía". La novia era dócil y don Mateo buen partido; así fue que, sin más rodeos, se
dispensaron las amonestaciones, no hubo impedimento que oponer y a los pocos
días se celebró el matrimonio en la Iglesia de Santo Domingo.
Pasados muchos días después de su matrimonio, Juana notó
cierta cosa extraña en él. Parecía evidente que algo serio lo preocupaba; pero
por más que aquella le interrogara la causa, el capitán se excusaba con variar
de conversación, hasta que, hostigado, al fin, con la impaciente curiosidad de
Juana, le dijo con cierto aire que indicaba su resolución de salir del
paso: Juanita, hoy no almorzaremos sin que te enteres de todo.
Y salió precipitadamente de la casa.
A poco rato volvió Mateo conduciendo de la mano a un niño que se le parecía
mucho, de ocho años de edad, bello como un querubín, tímido en sus ademanes y
con los ojos enrojecidos por el llanto.
¡Hija, dijo resueltamente a su esposa—: el hecho es un muchacho hecho!
Aquí te traigo este chico que no tiene madre. —Yo haré las veces de ella —le
interrumpió la noble señora, al mismo tiempo que besó al niño en la frente, lo
condujo a la mesa para que almorzara a su lado, y en lo sucesivo cumplió la
palabra empeñada, porque todo lo que llegó a ser en el mundo Pedro Antonio
Torres lo debió a su madre adoptiva, quien lo cuidó y educó como si fuese el
primogénito de sus hijos
Después de la acción de Palacé el ejército real, inclusive el Capitán Fernández,
se retiró hacia el norte de Popayán, falleciendo el Capitán en Buga por una
afección cardiaca que sufría, dejando una viuda con ocho hijos, entre ellos a
Pedro Antonio, en la mayor pobreza, ya que los cuantiosos haberes de Mateo
pasaron a manos de los patriotas. Juanita a pesar de las vicisitudes de la
guerra y a fuerza de perseverante labor, logró educar a sus hijos hasta hacer de
todos ellos un grupo que se distinguió en la primera sociedad del país.
Con los padres de San Camilo hizo Pedro Antonio estudios de primeras letras y,
como sintiera decidida vocación por el estado eclesiástico, cursó teología y
cánones en el Seminario Conciliar de Popayán, en donde vino a desempeñar el
cargo de vicerrector. Mas tarde se trasladó a Quito y recibió las órdenes
sagradas. Cuando el general Antonio José de Sucre libró y ganó la batalla de Pichincha, el
general presentó el joven sacerdote Pedro a Simon Bolívar, encomiándole su
arrojo y caridad en prestar auxilio a los combatientes. Agradablemente sorprendido el Libertador le tendió la mano y, con la
perspicacia y viveza de genio que sólo poseen los grandes hombres para adivinar
el mérito de los demás, le dijo: "He hallado lo que necesito. Usted será el
vicario general del Ejército de Colombia que libertará el Perú". Éste fue el
principio de las relaciones amistosas de Bolívar y Pedro Antonio Torres.
Torres participó, como capellán castrense, en las campañas de Junín (1824),
Matará (1824) y Ayacucho(1824). En ésta recibió una herida de bala en el pie derecho que lo
invalidó por toda la vida, al tiempo de ungir a un moribundo con el Santo óleo.
Se halló
presente en el acto de la creación de la República de Bolivia, y, al recibir el
Libertador la llave de oro de la ciudad de La Paz, que le entregaron las
autoridades en señal de sumisión, la donó al señor Torres, diciéndole: "La llave de La Paz no puede estar en mejores manos que en las de un ministro
del Altísimo". Pedro Antonio aceptó el rico presente; creyó que la valiosa joya debía
pertenecer a su ciudad nativa, y, al efecto, la remitió a la Municipalidad de
Popayán el 30 de agosto de 1825.
Torres fue acogido con especial distinción por el General Juan José Flores,
Presidente del Ecuador, en donde realizó una brillante actuación en el campo de
la educación. En 1842 el capítulo Metropolitano de Cuenca lo eligió su Obispo y
el 27 de enero de 1843, preconizó el Papa Gregorio XVI a Pedro Antonio
Torres como obispo de Cuenca. Sin embargo, vencido el general Flores en la
batalla de La Elvira y obligado a expatriarse, cuando llegaron a Quito las bulas
del señor Torres, los envidiosos del obispo con sus intrigas puestas en juego y
el origen, Torres resolvió renunciar la mitra antes de ser consagrado, para dar
así una prueba de desprendimiento. En agosto de 1848, Pedro Antonio fue
expulsado por el gobierno del Ecuador porque, entre otras razones, siendo presidente del Capitulo Metropolitano de Quito, no había renunciado la
ciudadanía de Nueva Granada.
Torres estaba residenciado en Popayán el año de 1849, cuando el Congreso lo eligió obispo
de la diócesis de Cartagena y fue preconizado sin la menor dificultad por el
Papa Pío IX y, recibidas las bulas. El 8 de septiembre de 1850, en la
Catedral de Bogotá, fue consagrado por el arzobispo Mosquera, quien lloró de
gozo por haberle correspondido investir con la plenitud del sacerdocio a su
venerado maestro.
Cordovez Moure comenta que: Atendidas las excepcionales dotes del señor Torres, entre las cuales sobresalía el don de gentes, una verbosidad llena de erudición, carácter educado y flexible para sobrellevar las miserias humanas, presencia atrayente, tanto en lo moral como en lo físico; acrisolada virtud y porte generoso en todas sus acciones, no pudo hacerse más acertada elección de prelado que estuviese en armonía con los expansivos cartageneros. Allí se le mostró acendrado cariño, y todas las clases de la sociedad se esmeraron en darle pruebas reales de amor filial y amistad sincera, no sólo los hombres, sino especialmente las admirables señoras. En aquella noche y hospitalaria ciudad se gloriaban de tener un obispo que nunca esquivó su presencia para enjugar una lágrima o bendecir un goce.
Pasaron los años y el señor Torres continuó en el ejercicio de sus funciones episcopales,
amado y respetado de sus diocesanos, hasta que su quebrantada salud lo obligó a
trasladarse a Cali, en donde murió, el 18 de diciembre de 1866, a la edad de
setenta y cinco años, después de pedir la administración del Santo Viático con
la posible solemnidad para dar el ejemplo de morir como obispo católico, y hacer
donación a la instrucción pública de una pequeña casa en el barrio de San
Camilo, en Popayán, que era su único haber, y de sus ornamentos a la Catedral de
dicha diócesis.
El Gobierno honró la memoria del obispo y prócer de la Independencia americana
por medio de un decreto del Gran general presidente de los Estados Unidos de
Colombia, Tomás Cipriano de Mosquera.
Cordialmente,