VISITA AL SANTO SEPULCRO DE JERUSALÉN
Viernes Santo 10 de abril, 2009
De: Mario Pachajoa Burbano
Fray John Abela de la Orden Franciscana, describe, en su admirable
escrito,
las sensaciones de un visitante cristiano al Santo Sepulcro en la ciudad Sagrada
de Jerusalén. Esta Orden, desde 1335, es la vigilante del Santo Sepulcro.
Cordialmente,
***
Lugar de la Crucifixión, Muerte, Entierro y Resurrección de Jesús
© Text prepared by John Abela ofm
Todos los peregrinos de la Ciudad Santa de Jerusalén hacen todo lo posible para
visitar el lugar más sagrado de la cristiandad. Al llegar a Jerusalén nos
sentimos impelidos a través de las murallas turcas que rodean la Ciudad Antigua
y mientras tanto nos repetimos a nosotros mismos las palabras del salmista
"que alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor" (Salmo 122,1) y
continuamos caminando hacia "la tumba del Señor".
Arrastrados por las masas que se mueven por las angostas calles de la ciudad y
mirando alrededor vemos cientos de tiendas que orgullosamente exponen su
mercadería. Los diversos olores de las especias se mezclan en el aire y hacen
que nos sintamos llevado por ellos.
Más tarde nos encontramos en una plaza milenaria, frente a la fachada envejecida
por el paso del tiempo. Empezamos a preguntarnos cómo es posible que en este
lugar hubiera una colina, un jardín y una tumba. Podemos caer en la tentación de
ignorar lo que los guías nos están diciendo por la emoción de lo que estamos
experimentado.
Entramos... Vemos a un fraile franciscano atendiendo a varios peregrinos de
diversas nacionalidades, a un monje griego ortodoxo encendiendo velas. Se oye el
coro armenio ortodoxo cantando la liturgia. Pasamos delante de la pequeña
capilla donde un sacerdote copto ortodoxo devotamente está diciendo su oración y
cerca de él un monje sirio ortodoxo recita la suya. Seguimos caminando y
encontramos a un padre franciscano preparando uno de los altares para celebrar
la misa.
Esto resulta demasiado para lo que esperábamos. ¿A dónde hemos llegado? ¿Es éste
el lugar que ha tenido tanta importancia durante siglos? ¿Es esto lo que
esperábamos ver? Entonces, de repente, comprendemos y comenzamos a interiorizar
lo que vamos percibiendo a nuestro alrededor.
AQUÍ, en este lugar, un acontecimiento importante tuvo lugar. Un
acontecimiento de LUZ, una realidad VITAL, el misterio de la SALVACIÓN.
Caminamos hacia la gastada aedicula sobre la Tumba vacía y en cuanto entramos,
casi alcanzamos a oír interiormente el eco "¡Ha resucitado! ¡no está aquí!".
Nos arrodillamos… y sin darnos casi cuenta de todo lo que nos rodea, somos
conscientes de que estamos en la Tumba en donde Jesús estuvo muerto y desde la
cual el Señor triunfó sobre los poderes del mal y el poder de la muerte.
"¡Dónde, oh muerte, está tu aguijón!" (1 Corintios 15, 55).
Cuando nos arrodillamos en silencio, oímos la voz de Pedro proclamando: "Dios
lo levantó de entre los muertos, liberándolo de la agonía de la muerte, porque
para la muerte resultaba imposible conservar su poder sobre él (Hechos 2, 24)
o la voz de Pablo: "Por lo tanto fuimos enterrados con él a través del
bautismo en la muerte para que, del mismo modo que Cristo fue levantado de entre
los muertos a través de la gloria del Padre, también nosotros podamos vivir una
nueva vida" (Rm 6,4). Y cuando salimos de la Tumba nos damos cuenta que
estamos en la Nueva Casa del Señor en el lugar en el que la "nueva y eterna
Alianza" fue establecida entre Dios y la humanidad a través de Jesucristo
De nuevo las Escrituras hacen eco: "La gente vendrá de los pueblos de Judea y
de los pueblos que rodean a Jerusalén, desde el territorio de Benjamín y de las
pequeñas colinas del oeste y del Negev, trayendo ofrendas de granos, incienso y
ofrendas de agradecimiento a la casa del Señor"(Jer 17,26).
En ese momento empezamos a apreciar las idas y venidas de la gente de
diferentes nacionalidades.
Frente a la Tumba, bajo la nueva y resplandeciente cúpula, recitamos la oración
escrita por el Papa Pablo VI el 4 de enero de 1964:
"Este es el lugar, donde Tú, oh Señor, fuiste acusado;
(Aquí) Tú, el justo, fuiste juzgado;
(Aquí) Tú, el hijo del Hombre, fuiste atormentado, crucificado y enviado a la
muerte.
(Aquí) Tú, Hijo de Dios, fuiste blasfemado, se rieron de ti y te repudiaron;
(Aquí) Tú, la luz, fuiste desechado;
(Aquí) Tú, el Rey, fuiste exaltado en una cruz;
(Aquí) Tú, la Vida, te encontraste frente a la muerte y
(Aquí) Tú muerto, te levantaste hacia la vida…
Te adoramos, oh Señor Jesús. Vinimos (aquí) para golpearnos el pecho, para pedir
tu perdón, para implorar tu merced… porque tú eres nuestra redención y nuestra
esperanza".
(Pablo VI – 4 de enero de 1964)
Superado el asombro inicial deseamos saber más, comprender cómo es el lugar y cómo ha sido la historia de la Iglesia más importante de la cristiandad.
© Text prepared by John Abela ofm