RECORDANDO EL PASADO
Sábado 3 de enero, 2009
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos:
Un vez más, regresamos al glorioso pasado de la ciudad de Popayán.
Es un 5 de enero de 1849. El padre Cenarruza, Societatis Jesu, salió a
una confesión en una noche de Negritos y volvió aterrado a la casa de la
Compañía, exclamando, escandalizado: ¡Vengo del infierno!. Es probable,
opina el escritor Cordovez Moure (1835-1918), que los excesos de esa
noche de alegre zambra influyesen para que, en la base de la cruz de la colina
de Belén, se esculpiera esta inscripción: "Un padrenuestro y avemaría
para que no sea total la ruina de Popayán."
Los eventos del 6 de enero de ese mismo año se realizaron con gusto y gallardía. Popayán amaneció de gala con el fin de celebrar la fiesta de los Reyes, en cuyos preparativos trabajaban sus habitantes con un mes de anticipación, dirigidos por el maestro sastre y sacristán José Usuriaga, alias el Timanejo. José era de complexión robusta, mediana estatura, cejijunto, con ojos negros de mirada sombría, la cabeza redonda cubierta de oscuros y abundantes cabellos crespos, de nariz arremangada, debajo de la cual surgía espeso mostacho, corto y un tanto erizado.
En efecto, nos sigue informando Moure, desde el 1 de diciembre hasta el 15 de enero siguiente, tiempo en que
tenían principio y fin los trabajos para las fiestas de los Reyes, el maestro Usuriaga disponía de la hacienda de los ciudadanos, sin que ninguno dejara de
cumplir sus mandatos, porque se trataba de la gran diversión que cada año sacaba a
la ciudad de su quietud habitual.
El principal espectáculo consistía en un drama con las mismas peripecias que
debieron ocurrir a los tres Reyes Magos en su largo y penoso viaje, y a Herodes.
Consecuente con las costumbres de la ciudad más aristocrática del país, el
Timanejo exigía a cada uno, según su posición social, los diferentes servicios
para el buen éxito de la fiesta; así, por ejemplo, al obispo le correspondía
suministrar el caballo blanco con los cascos dorados para el ángel conductor de
la estrella; a las familias notables, los caballos con
cascos plateados para los embajadores y los reyes; a los hacendados, las mulas
que cargan los equipajes; a los artesanos, su concurso en la construcción del
teatro; a las tenderas, los objetos destinados al presunto servicio de los
personajes; a las vivanderas, el fiambre para los viajeros. y a las ñapangas
caracterizadas, los monos, loros y otros animales raros que van sobre las cargas
dando aspecto cosmopolita y fantástico a la cabalgata.
A las doce del día se reunían en la plazuela de San Francisco, como por casual coincidencia, los tres Magos con su respectivo séquito: de allí disputan los embajadores vestidos con uniformes modernos de los usados por los diplomáticos, con el fin de impetrar de Herodes el permiso de pasar por sus dominios.
A la hora oportuna se presentaba en la plaza Mayor el ángel con la estrella de
Belén, caballero en famoso corcel blanco, de crines trenzadas con vistosas
cintas, y seguido de los embajadores. Detrás de éstos, con trajes orientales de
la época, montados en magníficos caballos, los reyes Melchor, Gaspar y Baltasar,
representados por verdaderas individualidades de las razas blanca, india y
negra, llevando tras sí tres soberbios mulos que cargan el oro, la mirra y el
incienso, y, por último, los suntuosos equipajes conducidos por palafreneros
vestidos de lujosa librea, y pastores de ambos sexos, que llevan consigo
humildes obsequios: aves de corral, canastas con fruta, corderos encintados y
flores, destinados al Niño Dios, reproduciendo a lo vivo las figuras quiteñas
que se veían en los antiguos pesebres. Y este brillante séquito va acompañado de
numeroso pueblo, en cuyos vestidos se ven todos los colores, en medio del
confuso rumor de los vítores y exclamaciones de júbilo, del estallido de
cohetes, de las campanas echadas al vuelo, de los acordes de música marcial y
del sonido estridente de las cornetas y tambores de la guarnición, que baten
marcha, lo que produce indescriptible entusiasmo en los espectadores.
Después de que los Magos descienden del primer escenario, toman el camino de la
ermita de Belén, con todo su séquito y el gran concurso del pueblo que los
rodea, saludando a la multitud, profundamente penetrada del sacro tema, y a las
ilustres damas payanesas que honran a la real comitiva con su presencia en los
balcones y ventanas de las casas.
Una vez llegados a la ermita, adoran al Niño, recitando adecuadas loas en verso,
y le ofrecen los presentes que llevan, todo lo cual se destina en beneficio de
la ermita de Belén.
Cordovez Moure concluye el tema diciendo que, terminada la ceremonia de la adoración en la ermita, descienden los
protagonistas de la fiesta a recibir las ovaciones del público. Aquél es el día
escogido para obsequiarse mutuamente el regalo de Reyes, que consiste en frutas
heladas, salpicón, las exquisitas granadinas de quijo, chirimoyas tan delicadas
como el manjar blanco, el clásico champús, y las sabrosas variedades de la
repostería popayaneja, que no tiene superior en el mundo, y quien lo dude
procure llegar a tiempo a alguna de las casas de cualquiera de las familias que
de la capital del Cauca emigraron a Bogotá, y si no se chupa los dedos será
porque es manco.
Cordialmente,