CUANDO FLOREZCAN LOS EUCALIPTOS
Por: Rafael Tobar Gómez, 2009
GRETHEL
Páginas 323-327
Abril 2009
Grethel.
Unos días después de nuestra llegada a Guapi conocí a Grethel, una linda
muchacha hija de inmigrantes alemanes. Caminaba todos los días frente a La
Registraduría rumbo a una Escuela Politécnica situada a unas cuadras de la
oficina. Ella observó que había nuevos empleados: un hombre de cuarenta y cinco
años y un muchacho de veintitrés, tan joven como ella. Llena de curiosidad
comenzó a saludarnos, días después hablaba en la puerta, especialmente con
Pérez. Yo no participaba mucho de la conversación, permanecía adentro haciendo
mis labores de oficina, hasta que una vez se atrevió a entrar a saludarnos.
Pronto se convirtió en una fiel visitante. Llegaba todas las tardes después de
terminar las clases, al punto que cuando no se detenía a saludarnos la
extrañábamos. A veces, yo intervenía en la conversación para no pasar por
antipático y su rostro se iluminaba con cualquier tontería que yo decía, era
evidente el interés que mostraba por mí, Pérez y yo sabíamos el propósito de sus
visitas, por eso una vez me advirtió.
-Tenga cuidado compañero porque Grethel le puede hacer tambalear su matrimonio,
mujeres como ella no se encuentran fácilmente, es linda, joven y educada-.
-No he pensado en hacerle ni la más míniima insinuación-. Le dije.
¿No ve que me he mantenido al margen de todo? No quiero ni debo ilusionarla.
Además, mi esposa también es joven, linda y educada-.
Mi inconsciente estaba lleno de infinidad de impresiones, sensaciones e
intereses creados con mi esposa, de los que carecía de Grethel, los cuales
formaban una barrera que me impedía tener alguna clase de relación con ella, que
no fuera de amistad.
Me había casado hacía unos meses, con el beneplácito de mi familia que suponía
era la única manera de que “el muchacho sentara cabeza”, porque la guitarra y el
canto me habían llevado por el camino de las serenatas y las bebederas los fines
de semana, andando por esos antros de perdición, al decir de mi querida tía
Bertilde.
Pérez notó que su comentario no me había gustado, porque consideró que sonaba a
menosprecio por mi esposa.
Por eso me respondió.
-No se enoje compañero, se lo digo porquue, usted ya sabe que...
-La carne es débil-, interrumpí sabiendoo que me iba a decir la misma frase
cuando el episodio de Concepción.-La carne es débil, repetí.
Si hubiera tenido algún interés por ella, hubiera buscado en los archivos de la
oficina sus datos personales, pero nunca se me ocurrió hacerlo. Hoy lo lamento
porque hubiera conocido más acerca de ella, sobretodo su número de cédula de
ciudadanía.
A escasas dos semanas de nuestra llegada, Grethel o la hija del alemán, como los
morenos se referían a ella, estaba entusiasmada. Un día se acercó diciendo que
sus padres nos enviaban una invitación a conocerlos y a un almuerzo con la
familia. Pérez quería ir a conocer al alemán, un industrial maderero y me rogó
que fuéramos. Pareció como muy rudo negarme, también sentía curiosidad por
conocer su casa, que según le comentaba a Pérez, era como un palacio en medio de
la selva. Grethel siempre hablaba en plural, no quería hacer evidente su interés
por mí. También, pensé que la invitación carecía de interés ante mi ausencia y
que la muchacha iba a estar muy incómoda por mi negativa.
En una tarde linda y soleada tomamos una canoa y nos fuimos río arriba, hacia la
mansión del industrial maderero, que, en los tiempos medievales se llamaba
simplemente, el leñador.
Efectivamente, la casa era como un palacio, fabricado para su esposa, la reina y
para su hija, la princesa, con una madera llamada Chachajo, que puede llegar a
durar doscientos años en el agua. Estaba situado en un terraplén artificial, al
frente había unas gradas de seis escalones, para subir a un porche donde vi dos
mecedoras y varios taburetes de cuero. Subimos a la sala, al lado derecho
divisamos el comedor, con una puerta que llevaba a la cocina y detrás de la
cocina había otra puerta con gradas que daban a un sembrado de hortalizas.
En una perrera dos inquietantes pastores alemanes, daban vueltas y gruñían
desesperados tratando de escaparse ante la presencia de los forasteros. Dos
fornidos morenos vestidos de blanco trabajaban removiendo la tierra.
Su padre, un hombre de aproximadamente cincuenta años, de tez blanca, pero
curtida y oscurecida por el sol del Pacífico, daba muestra de ser una persona de
fuerte carácter, pero al mismo tiempo no dejaba de demostrar su cariño y orgullo
por su hija. Hablaba con acento, en cambio ella hablaba perfecto español.
Nos recibieron con una copa de vino. La muchacha se había educado en el Colegio
de la Providencia con las monjas belgas en donde trabajaba como docente. Después
de la comida me llevó alrededor de la casa y por último fuimos a conocer el
interior, Pérez se quedó en el porche con el alemán y su esposa.
Su cuarto, el más cercano al comedor al lado de las gradas que daban acceso al
segundo piso donde había dos habitaciones más, albergaba una cama hecha de
madera rústica. En la cabecera colgando de la pared relucía un cuadrito dorado
con la imagen de la Virgen María. Frente a la cama, una cómoda de cuatro cajones
ostentaba encima un mantelito blanco bordado y sobre él varios libros. A un lado
de su cama un nochero con la foto de su madre, en un marquito plateado y un
devocionario con varias estampas que hacían de separación entre varios
capítulos.
Todo el cuarto retrataba el vivo ejemplo de la sencillez. Allí no había nada
superfluo, la limpieza y el buen gusto andaban de la mano. Me sentí muy cómodo
porque demostraba el carácter de su dueña, ordenada, pulcra, sencilla y sin
complicaciones.
Su voz era la de una mujer muy segura de sí misma, así me pareció desde el
primer día que la oí charlando con Pérez en la puerta de la oficina.
Me mostró varios poemas escritos por ella, me habló del colegio y de sus
amistades, de la hermana superiora, Sor Catherine, su guía espiritual. Estudiaba
pedagogía y daba clases en el politécnico acabado de construir por las monjas de
La Providencia.
Desde nuestra llegada noté que la mujer con la que vivía su padre era su
madrastra porque no se daban el trato normal de madre a hija. Su madre había
muerto, pero no supe ni cuándo, ni dónde, ni cómo.
Sentados al borde de su cama, en donde veíamos los cuadernos de poemas y
fotografías familiares, me expresó su inclinación a escribir.
-Sus poemas son muy bonitos, reflejan laa vida del ambiente que la rodea. ¿Los
publicará un día?
Ella sonrió, diciendo.
¿Cree que vale la pena?
¡Oh sí! Son muy bonitos, de veras.
-Lo pensaré-.
-A mí me gusta escribir mis sueños, alguunos son bien interesantes, como cuentos
entre la realidad y la fantasía, son cuentos raros, un poco surrealistas-. Le
dije.
¿Me los presta, para leerlos? Preguntó curiosa.
-Por supuesto. Cuando haya otra oportuniidad-.
Su madre le hacia falta. En su conversación traía a menudo el tema de su
progenitora. Criada por el alemán, un hombre un poco rudo que contrastaba con la
naturaleza delicada y dulce de su hija, tuve la impresión de que cuando ella
falleció, desapareció también su mejor amiga y parecía haber encontrado una
sustituta en Catherine, la madre superiora del Colegio, donde debía encontrarse
como en su segundo hogar, como si las monjas al saber de su orfandad la hubieran
acogido entre todas, para darle el cariño de la madre que le faltaba.
Un criado la llevaba en su canoa todas las mañanas y la desembarcaba frente a la
calle principal. Usaba una sombrilla con estampado de flores que siempre
colocaba a su derecha, para cubrirse del sol mañanero y el del atardecer. Al
llegar a la esquina de La Registraduría cruzaba hacia el sur, rumbo al colegio.
Por la tarde el criado regresaba a llevarla de vuelta a su casa.
Creí oportuno hablarle sobre mi estado civil, comprendí que sería doloroso para
ella, pero estaba decidido a hacerlo, antes que las cosas se tornaran más
difíciles.
-Debo decirle algo-. Le dije.
Ella me miró sonriente, sus ojos azules despedían un brillo maravilloso ante la
luz que brotaba de la ventana situada a lo largo de su cama. Su cabello lacio
derramaba destellos dorados. Fue una ocasión para observarla muy de cerca. En
realidad era bella y delicada. Estaba radiante dentro de su vestido de seda, de
una blancura azulosa, al parecer reservado para esta ocasión, porque lucía
nuevo. ... ... ... ...
... ... ...
Continúa en la página 327 del libro de Rafael Tobar Gómez "Cuando florezcan los eucaliptos".