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Martes 18 de agosto, 2009
De: Mario Pachajoa Burbano
http://pachajoa.110mb.com/
Amigos:
De Universidad Julio Arboleda (Bogotá, Colombia):
Ricardo Eastman de la Cuesta ha sido embajador de Colombia en Moscú;
banquero y empresario; consultor en promoción industrial y miembro de
importantes juntas directivas del sector privado y del gobierno. En la
actualidad es Gerente General del nuevo puerto privado de Buenaventura,
Sociedad Puerto Industrial Aguadulce; columnista de distintos periódicos
de circulación nacional y docente universitario de las cátedras de
Negociación Intercultural y Economía Global.
Por RICARDO EASTMAN DE LA CUESTA
Popayán
El Nuevo Siglo.
Bogotá. Colombia.
REGRESAR a Popayán es uno de los privilegios de la vida. Cuna de grandes
hombres, con prosapia y estirpe. Ciudad blanca, metro a metro llena de
tradición. Embrujada por los ancestros. Con calles, puentes y faroles que la
acercan al ensueño y ayudan a recordar la historia nacional, protagonizada en
mucha parte por sus mejores hijos. Lugar sin clima: con saco va bien, en camisa
también. Su armónico paisaje, algo averiado hoy, lo describe Guido Enríquez: es
la hermosa combinación entre la montaña, el valle, la colina, el río, el cielo y
las nubes. Remanso para encontrar la tranquilidad, los pocos siquiatras que se
arriesgan a servir desde allí fracasan pronto. ¡Qué ayuda podríamos requerir en
ese oasis de serenidad! La siesta, la gran costumbre española que desaparece con
el crecimiento de las ciudades, es obligatoria. Entre doce y dos de la tarde se
desocupan las vías y las oficinas, y todos a dormir. Qué mejor manera de vivir.
Pero alrededor del casco histórico crece una ciudad distinta. Un fenómeno
particular, que en lo general semeja al caso de Cartagena: rica, mundana y
romántica en la parte amurallada y carente y explosiva en la barriada que la
rodea. Atrevida cuando es turística, agresiva cuando vive su propia realidad.
Popayán es un crisol de mestizos, indígenas y negros. Sin el turismo sexual que
desdice del “corralito de piedra”. Una mezcla que en otras épocas hubiera
existido doblegada como servidumbre del “blancaje” local. Una urbe entre moderna
y reflejo de la pobreza de sus habitantes. Casas de ladrillo a la vista, siempre
sin terminar, centros comerciales que irritan los recuerdos bucólicos de los
viejos estudiantes de la Universidad del Cauca.
Lugares de música guasca y concurridos asaderos que desplazaron a los tamales y
a las empanadas de pipián, difíciles de encontrar para el visitante ocasional.
Hay que llegar a Popayán en Semana Santa. La ciudad vibra y vive como nunca.
Aplaza la siesta y aumenta la fiesta. Peca y reza, para empatar. Sus
extraordinarias procesiones y toda la parafernalia cultural que enriquece la
religiosa celebración son más que poderoso imán para locales y extraños. Pero
para completo el contento hay que recuperar todo el departamento. Que tiene
muchas zonas de una pobreza que estremece, todavía con amenazas reales de la
guerrilla. Territorios en conflicto por acción de la subversión, los
narcotraficantes y el desencanto de los indígenas con el gobierno. Además, hay
que llevar el progreso y el desarrollo a su costa Pacífica, lugar reconocido por
las carencias y el atraso. Es deber facilitar la vida en la provincia caucana y
así impedir el desplazamiento hacia Popayán, una tragedia social para esa
capital. Los “patojos” no pueden retroceder, ni para tomar impulso. Y la llegada
de tanta pobreza no crea la riqueza que pudiera compartirse si cada colombiano
vive y progresa en su patria chica.