ANTES DE QUE SE ME OLVIDE
Miércoles 26 de marzo, 2008
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos:
Foto: OPS-OMS
Gustavo Wilches-Chaux
,
"exalumno del terremoto de
Popayán, exalumno del
terremoto de Tierradentro, con
un postgrado en el terremoto del Eje Cafetero",
como él
mismo se define, nació en Popayán y actualmente trabaja
como
consultor
independiente, profesor universitario y
escritor. Más de 20 libros ha escrito,
entre
ellos: "La letra
con risa entra", ¿Y qué es eso, desarrollo
sostenible?",
"Manual
para enamorar a las cañadas", "De nuestros
deberes para con la vida".
De la Revista Aleph transcribimos su articulo "Antes de que se me olvide".
Cordialmente,
***
Antes de que se me
olvide
Por: Gustavo Wilches-Chaux
Revista Aleph, octubre-diciembre, 2006
El primer muerto que conocí se llamaba Francisco Chaux y era mi primo. El
segundo se llamaba Francisco José Chaux y era mi abuelo. Se murieron con algunos
años de diferencia, el nieto primero.
Mi primo Francisco Chaux me presentó a la muerte, que de alguna manera era su
compañera permanente. Francisco era cazador y taxidermista, y además vivía con
una enfermedad terminal que marcó su existencia y que acabó llevándoselo a una
edad muy por encima del promedio que normalmente alcanzan los que la padecen.
Su lugar de trabajo era una mezcla de taller de joyero y modelista naval con
laboratorio de taxidermista y alquimista. Allí se respiraba una atmósfera
amarilla de formol, de gases corporales y de ácidos fumantes que impregnaba las
pieles de los animales en proceso de embalsamamiento, y la ropa de Francisco, y
el pelo y la piel de los que durante horas nos sumergíamos en ese cuarto, al que
se penetraba en medio de árboles y arbustos de una huerta urbana en el tercer
patio de una casa enorme, que durante varias generaciones (hasta el terremoto de
1983) estuvo en manos de la familia. Se la había comprado a don Julio Arboleda
"el papá" Julio Chaux, bisabuelo de Francisco y tío de mi abuelo, de quien
heredé la costumbre de decirle "papá Julio" a ese personaje remoto con quien,
por supuesto, nunca compartimos el planeta, pero que, sin embargo, siento tan
cercano como el resto de "mis tíos".
Quiero decir, de mis tíos bisabuelos, y de mis bisabuelos materno y paterno,
asesinado este último cuando todavía era un hombre joven, y en cuyo daguerrotipo
me miré durante varios años como si fuera un espejo.
Esas sesiones oníricas en el laboratorio de Francisco sucedían en la época en
que apareció la primera edición de "Cien Años de Soledad" y a los adolescentes
de entonces nos pusieron en el Liceo de Popayán la tarea de leerlo, y no había
límites discernibles ni en el espacio ni en el tiempo entre el laboratorio de
Melquíades y el taller de Francisco, ni entre los pescaditos dorados que
fabricaba el Coronel Aureliano Buendía y los pendientes con escarabajos que
elaboraba mi primo.
Durante horas mis amigos y yo, que éramos algunos años menores que Francisco,
nos extasiábamos viéndo cómo salían de sus manos, con la misma facilidad, el
casco en miniatura del Gjoa -el rompehielos en el que el explorador noruego
Roald Amudsen viajó al Polo Sur- o un gavilán disecado con un ratón en las
garras, o un dibujo a plumilla, o una joya de plata. Y así mismo, le rogábamos a
nuestro adalid en esas artes semiocultas, que repitiera una y otra vez el
experimento que consistía en bañar con ácido sulfúrico una copa con azúcar, lo
cual provocaba que de la copa surgiera una defecación sonora, oscura, exuberante
y obscena.
Sí: en ese taller-laboratorio me hice amigo de la muerte, a fuerza de verla allí
todos los días, acompañando a Francisco y ayudándolo en su trabajo de artesano
alquimista.
Y en esa misma casona ví otras veces la muerte: una, en un cuarto del segundo
piso, junto al cuerpo sin vida de Francisco, tendido sobre la cama, con su ropa
de siempre, apenas un poco más pálido de lo que era habitualmente. Y otra, años
después, en un cuarto diagonal al primero, junto al cuerpo de Julio Pantoja,
otro primo que una noche se acostó bueno y sano y amaneció muerto al día
siguiente.
Cuando vi el movimiento de los brazos desgonzados de Francisco cuando alguien
intentaba acomodar un crucifijo en las largas manos del cadáver, reconocí la
manera como echaban la cabeza hacia atrás las aves muertas, todavía calientes,
que disecaba mi primo, y que en medio de esa atmósfera amarilla de formoles y
ácidos, despedían olor a pólvora fresca y a musgo de cañada. Vi los dedos
repitiendo con exactitud el minucioso ritual de taxidermista con que Francisco
acomodaba el cuerpo del ratón en las garras del ave.
Allí, junto a Francisco, estaba la muerte acompañándonos, sin gestos triunfales,
con la naturalidad omnipresente de siempre.
Desde entonces no hemos dejado de encontrarnos a intervalos irregulares, y
algunas veces siento incluso que me respira en la oreja. Nos saludamos con
cierta indiferencia, un poco fingida, pienso que de lado y lado. Con el evidente
recelo entre quienes se conocen las jugadas mutuamente.
La vez siguiente fue junto al cadáver de mi abuelo.