PATOJADAS
Lunes 7 de enero, 2008
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos:
Sixto E Mosquera se refiere a las diversiones payanesas
del ayer y hoy para festejar y recordar el Día de Los Reyes:
Negritos, Blanquitos, Agua, Familia Castañeda, Cabalgatas.
Cordialmente,
***
Patojadas
Por SIXTO E. MOSQUERA
Especial para El Liberal
Enero 2008
Foto: Johnson Suárez/El Liberal
En Popayán, el único juego tradicional es el de negritos que se jugó desde el
siglo antepasado y sigue vigente, claro está, que con toda la degeneración que
se le ha agregado.
Desde finales del siglo XIX los caballeros y los jóvenes, saludaban y luego les
pedían el consentimiento a las damas para aplicarles un lunarcito en la mejilla,
estableciéndose un intercambio agradable. Su fecha los 5 de enero.
Por tradición oral, se conoce que la temporada festiva de comienzos de año era
variada y atractiva con muchos festejos populares; como la ciudad era pequeña,
todo trascendía y la ciudadanía participaba sin distingos. Entre lo mas
destacado, hay recuerdos de la llegada de la familia Castañeda que se estableció
aquí con todos sus corotos que cargaban en sus espaldas, en carretillas y en
bestias. Esta familia la conformaban jóvenes de la ciudad a quienes les
encantaba la diversión y esto les daba motivo para empujárselos y de paso hacían
gala de sus capacidades histriónicas cumpliendo con el objetivo de divertir a
quienes se apostaban en los andenes a verlos desfilar.
Otro hecho destacado era el encuentro de los reyes magos. Cada Rey traía su
corte, cuadrilla o arria y salía desde distintos sitios de la ciudad hacia el
centro donde llegaban coincidencialmente a una hora predeterminada. Con libreto
establecido se desarrollaba una obra de teatro callejero que hacía las delicias
de la concurrencia.
Por aquel entonces y ante la carencia de automotores, los finqueros se
movilizaban en corceles que los tenía en gran cantidad y de buena calidad y en
las casonas no faltaban las pesebreras para los mismos. Fue así como se formaron
las famosas cabalgatas y hoy no ha ciudad ni pueblo que se respete que no tenga
como punto central de sus programaciones anuales festivas una vistosa cabalgata.
O sea, que en Popayán nacieron las cabalgatas para Colombia.
El juego de blancos fue introducido en nuestra ciudad por la colonia nariñense
por la década de los 50 del siglo pasado,. En Nariño sí era tradicional y entró
a ésta con fuerza inusitada y se arrojaba talco o harina a manotadas llenas de
preferencia a los ojos de los transeúntes con el consabido sinsabor que ello
ocasiona. Configurándose de ésta manera una agresión, más que una diversión.
Esto hizo que las gentes de bien optaran por escaparse para sus fincas o por
quedarse encerrados en casa; las calles de la ciudad quedaron a merced de los
vándalos que aprovechaban la oportunidad para cometer sus fechorías y no ha
habido autoridad que se atreva a prohibir o a reglamentar este juego.
El juego del agua, que yo llamaría desperdicio del agua, también fue introducido
por los nariñenses en la década de los 60. Entró también con fuerza pero adobado
con patanería y maldad: muchos antisociales, que no son otra cosa, arrojan agua
congelada y agua con porquerías recogidas de la misma calle do de los
contaminados ríos vecinos. Esto acabó de correr la gente (hablo de gente en el
sentido amplio de la palabra, de ciudadanía culta).
Degeneró tanto este juego, que sus inventores lo prohibieron en sus festejos.
Hoy en Pasto hay cárcel para quienes sean sorprendidos desperdiciando el líquido
en sus amadas fiestas de negritos. Pero en Popayán apalancados por una falsa
tradición lo seguimos permitiendo, lo mismo que la venta y quema de pólvora,
cuando se prohíbe en el resto del país.
De las famosas fiestas de Popayán no queda sino el recuerdo, perdieron el atractivo que convocaba a la ciudadanía a la diversión; el
incumplimiento de los horarios se volvió crónico frustrando con ello a las
gentes que se esperan los desfiles, las carrozas; algunas con detalles de
admirar son blanco de los vándalos que les arrojan agua y talcos en abundancia
atentando con ello contra el arreglo de las mismas y contra el maquillaje de las
candidatas al reinado que desfilan en ellas.
Queda la esperanza de que todo lo que se daña tiene posibilidad de arreglo. Para
lograrlo, es preciso nombrar una junta permanente de fiestas integrada por
patojos (payaneses raizales que conocen de tradición) verdaderos, que aún los
hay, capaces de portar ideas y sobre todo, desprovistos de ese dañino ánimo de
lucro.