HOMENAJE A NOHRA DELGADO DE HORMAZA
Sábado 15 de marzo, 2008
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos:
Hernán Franco Ramírez elaboró un librito (14x22 centímetros y 48
páginas): "Así era Popayán", para colaborar en el homenaje que
Popayán rinde a la memoria de Nohra Delgado de Hormaza. Esta publicación
contiene una selección de trece de los escritos de Nohra. La escritora Gloria
Cepeda Vargas, en la introducción de la obra dice: "Este
libro es un relicario y un testimonio. Crónica de lo que fue Popayán y memoria
de sus ejecutorias, plasmadas con amor, para que sus nuevos habitantes se
reconozcan y se enorgullezcan de un legado indestructible como el tiempo".
En la página de hoy, incluimos la introducción escrita por Gloria Cepeda Vargas y la
anécdota final del librito: ¡Qué pena que se murió Raimundito!.
Nuestros agradecimientos y felicitaciones a Hernán por presentarnos esta
notable y selecta serie de artículos.
Si los lectores desean una copia gratuita de "Así era Popayán" favor
solicitarla a:
Hernán Franco Ramírez,
[email protected]
Cordialmente,
***
“En Popayán de piedra pensativa”
Por:
Gloria Cepeda Vargas
Tomo las palabras de Eduardo Carranza para titular esta breve semblanza de Nohra
Delgado de Hormaza, autora de una de las más fieles recopilaciones de lo que
fueron los personajes y las circunstancias cotidianas de la vida en el Popayán
de su juventud.
La conocí hace muchos años. La ciudad de recios muros y calles sembradas en el
oro de agosto, la vio crecer. Poco a poco, la niña se desdobló en una de las
mujeres más hermosas que por entonces deambulaban en esas calles donde caían,
como monedas de plata, los noventa días de las vacaciones del verano y los nueve
meses vestidos con la boina oscura y el uniforme a media pierna de las alumnas
salesianas. Eran las tardes de matinée en el Teatro Municipal y estudiantes
arremolinados en la esquina de Santo Domingo para vernos pasar. Las tardes de
melcochas de goma y monjas apenas traducibles en sus almidonadas siluetas de
algodón. Así transcurrió su adolescencia y la agobió, como una fruta descomunal,
la juventud. Después le perdí el rastro para reencontrarla casada y hermosamente
multiplicada, en cuatro hijos y no sé cuántos nietos.
Todos venimos a este lugar provistos de lo que nos identificará mientras dure el
viaje. Yo diría que a Nohra le entregaron al nacer la capacidad para respirar
equilibradamente. Al conjuro de su varita mágica, llegaba el resplandor. Casi
aérea, podría haber levitado si su corazón no la hubiera llamado al orden tantas
veces. Rodeada de finos objetos, fue una criatura tocada con la aristocracia del
corazón. La estética era dócil material en sus manos. A ella acudía para pensar,
para contar con donaire los pequeños sucesos cotidianos, para abrir las puertas
de su corazón a los amigos, para amar y servir a sus hijos, y hasta para rezar,
convencida de que la fe que profesó con convicción inquebrantable, es trasunto
armonioso de Dios.
Revisando las cosas que dejó, se han hallado los escritos en prosa y verso que
delatan su sensibilidad y su talento. Son la recopilación de la ciudad amada.
Por sus páginas, algunas ya amarillentas, desfilan los personajes típicos que
convivieron en armonía con la sencilla vida de entonces. Hombres y mujeres
humildes, hechos de piedra y arcilla memorables como las paredes de sus casonas.
Fantasmas de alpargata y ruana o personajes de la intelectualidad de entonces,
que vuelven del silencio a decirnos que la vida no acabará mientras exista
alguien que nos recuerde.
Escritas con estilo y lenguaje sencillos, vibra en estas páginas la extraña
atmósfera que rodea una ciudad nacida para la reflexión y el canto. Su paso
mesurado por los caminos de la historia, su paisaje volcánico, y como un árbol
que da sombra al rigor de los días, la poesía escrita para exaltarla.
Este libro es un relicario y un testimonio. Crónica de lo que fue Popayán y
memoria de sus ejecutorias, plasmadas con amor, para que sus nuevos habitantes
se reconozcan y se enorgullezcan de un legado indestructible como el tiempo.
***
¡Qué pena que se murió
Reimundito!
Por: Nohora Delgado de Hormaza
"Así era Popayán", enero 9, 2008
¡Qué pena que se murió Reimundito! Se fue calladito, sin una queja el viejo
cuidandero de la casona de Calibío. Se elevó alto, alto, con su bandera de
humildad, porque sabía que más allá de las nubes lo esperaba Dios. Dejó su
primavera, su verano, su otoño y su invierno regados por la estancia solariega
entre la fronda de los naranjos. No quiso quedarse más porque el corazón se lo
debilitó el huracán de tantas despedidas.
Parecía que Reimundito fuera el esclavo de la gran familia. Su rostro reflejaba
un sello o marca sumisa que le dejó la época aciaga de los negros esclavos. Pero
esclava sólo era su alma por el profundo afecto que lo unía a las gentes de
aquella casa. Su persona era libre como los pájaros del campo, abierta a la luz
y al viento de la mañana. Cuando vino la brisa de la paz y refrescó todas las
horas, Reimundito ya correteaba por el amplio corredor de la pesebrera de la
hacienda.
Era la persona encargada de tocar la campana de la iglesita en las bodas y demás
acontecimientos familiares, y también llamar con el triste tañido del réquiem.
Debía prender los cirios con devoción y espantar el murciélago que se había
entrado a hacer diabluras sobre los viejos óleos que tanto asustaban a los
niños. Un día Reimundito se fue entre la ternura de quienes lo trataban y desde
entonces debió llamarse “Reicito”.
Reicito era el hombre que doblaba la rodilla para recibir la bendición del amo.
El que llevaba en los brazos a los niños que lo llamaban para que hiciera parte
de sus juegos. El que hacía un esfuerzo sobrehumano para que las lágrimas no lo
traicionaran cuando colocaba flores sobre la tumba de los seres amados.
Compartía las penas y alegrías de todas sus gentes, no establecía diferencias
entre unos u otros, porque, como los árboles y las aves que ornaban la casona de
su infancia y adultez, había crecido en un ambiente propicio a las claras
expresiones del alma.
Alguien recordando quizá la voz del venezolano inmortal decía: “Píntame
angelitos negros”, y tal vez sin quererlo, ubicaba en ese cuadro insólito, a
Reimundito. Su vida transcurrió como el agua de tinajero que se divisa al fondo
del corredor. Así de fresca fue su alma. Así de transparente su vivir. ¡Qué pena
que se murió Reimundito, compañero constante de los perros, de las aves de
corral, del chorrito de agua cantarina del patio!. El que ponía azules las
hortensias y claro el estanque de los patos. Su humanidad fue lamparita siempre
encendida, a cuyo calor se arrimaban todas las cosas cuando el verano se iba con
la gente y la casa quedaba en total soledad.
Pero en Calibío quedará para siempre Reicito. Fiel a su oficio, pronto a
ejecutar sus tareas, sé que lo encontraremos siempre recostado en la puerta de
la amplia galería, con los brazos cruzados sobre el pecho y la sonrisa cándida,
contemplando la tarde entre las nubes de un recuerdo que no pasa.