YO-YO MA
Viernes 22 de junio, 2007
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos:
Foto: familia Cañón-Valencia
Gilberto
Saa Navia ha escrito un interesante
articulo sobre el genio mundial del Violonchelo
Yo-Yo Ma nacido en París en octubre 7 de
1955, de padres chinos, Marina Lu, cantante
y Hiao-Tsiun Ma compositor y director,
quienes arribaron a Nueva York, USA,
cuando Yo-Yo tenia siete años. Fue un niño
prodigio que empezó a dar conciertos a la edad de cinco años.
En la fotografía aparece Santiago Cañón Valencia, el niño genio del
violonchelo, de
madre payanesa, en la reciente visita de Mo a Bogotá. Nuestros
agradecimientos a
Gilberto por participarnos su articulo y a la familia Cañón Valencia por la
fotografía.
Cordialmente,
***
YO YO MA O LA MAGIA DE
UN VIRTUOSO
Por: Gilberto Saa Navia
Cali, junio 2007
Son tantas las cuartillas que se podrían escribir sobre la presentación de este
eximio artista, que he preferido comentar algunas cosas sobre mis impresiones
personales, que no tendrían cabida en un artículo formal para la prensa. Lo
enviaré a amigos y conocidos a quienes les pueda interesar el concierto más
importante que se ha registrado en Colombia en el presente siglo.
Desde el año pasado existía el “chisme”, tomada la palabra en el buen sentido,
que Yo Yo Ma vendría a Bogotá contratado por un empresario peruano. Eso parecía
un cuento, pues hace mucho, pero mucho tiempo no llegaban solistas de la música
erudita a este país que hoy se agranda con esa visita. Alguno dirá, pero si
vinieron Pavarotti y luego Domingo hace unos años; si, pero es muy distinto el
Campín al Teatro Colón y son bien diferentes las presentaciones con 120
decibeles, que este recital.
El rumor se confirmó, precisamente a las pocas semanas del fallecimiento de otro
chelista famosísimo, el gran Rostropóvich, a quien los “estudiantes” de la
Universidad Nacional le sabotearon su presentación en Bogotá en las épocas de la
Rusia comunista. Contra todos mis pronósticos se vendieron los 900 puestos, con
una taquilla que según cálculos realizados en la tertulia posterior –tan buena
como el recital-, pudo llegar a $ 270 millones, cifra que daría envidia a los
directivos del fútbol y que permitió saborear sin tacañería un buen vino español
por cuenta del empresario, antes del inicio. ¿Será que decenas de chirriados
bogotanos asistieron para que los vieran y no para escuchar las melodías de este
chelista chino-americano que ya llegó al “quinto piso” , pero como buen oriental
tiene cara de muchacho?... maledicente que es uno. Muchos buenos melómanos
debieron quedarse con las ganas, pues las boletas baratas se vendieron como
salpicón de Baudilia en las buenas épocas (no se preocupen los que no son de
Popayán, porque el cuento resultaría largo).
En una de las tantas publicaciones previas al 14 de junio, fecha de la cita en
el Colón, leí que nuestro hombre estaba entre los mejores cinco músicos del
mundo. Como no hay medidor para este tipo de clasificaciones, ni índices de
popularidad, ni concursos, el tema es bien complicado. ¿Cuáles serán los otros
cuatro?. Para mí este chelista es el músico más popular del planeta, no solo por
sus dotes superlativas para tocar un instrumento tan difícil, sino por su
condición humana que produce aquello que envidian Santos, Serpa y hasta Maria
Ema. Lo que llamaron los griegos charisma. Trabajoso mencionar los otros cuatro,
“esta carnita” incluiría a Plácido Domingo, (como músico completo), a Juan Diego
Flórez el tenor peruano que agota localidades en todos los teatros del mundo, a
Simon Rattle el inglés director de la Filarmónica de Berlín, a Baremboin el
judío argentino, pianista y director, que fue capaz de organizar una orquesta de
árabes e israelitas, y Ann Sophie Mutter la violinista alemana, protegida de
Karajan en sus primeros años.
Los videos, especialmente uno del triple concierto de Beethoven, con el
inolvidable Stern al violín y Emanuel Ax como pianista, aseguraban que el
banquete no solo sería musical. La parte visual tendría mucha importancia. Pues
les cuento que me quedé corto en mi percepción, aspecto que pude confirmar en
detalle gracias a los binóculos de mi compañera de palco.
Aunque no trajo su Stradivarius (que alguna vez se le quedó olvidado en un taxi
en New York), el sonido del instrumento que utilizó, construido especialmente
para él por Moes & Moes, es esplendido. “Últimamente lo utilizo con mucha
frecuencia”, le comentó Ma al sabelotodo de Semana Emilio Sanmiguel
(arquitecto y gran conferencista). También llamó mi atención el programa tan
serio, pues ni siquiera en las tres ñapas o “encore” como les llaman los
refinados, escuchamos tonadas populares argentinas o brasileras que ha grabado y
se han vendido por miles en el mundo. Schubert (sonata D281) para iniciar,
Shostakovich para hacer evidente el contraste (el ruso que tuvo problemas
complicados con papá Stalin por componer música revisionista). El gran tango de
Piazzola, de su época evolucionada. Además la popular sonata para violín y piano
de Cesar Frank con la que cerró el programa, que jamás había escuchado en la
versión para chelo, interpretada después de una obra corta de un compositor
brasileño contemporáneo, Gismonti nacido en 1947. En síntesis, obras de variados
estilos y épocas para todos los gustos.
Por fuera de su técnica impecable, su vibrato justo para cada momento, su
afinación impresionante tan difícil en los registros agudos y una mano derecha
descrestadora, pues jamás se escuchó el sonido forzado del arco en ciertos
pasajes que se tocan fortísimo o cuando aparecen notas “apoyadas” repentinamente
o golpes de arco que realzan la interpretación. Igualmente que maravilla de
movimiento cuando el arco en los pasajes en las notas largas, parecía tener el
doble de su longitud; tal era la belleza de sonido que invadía el auditorio.
Verlo en los pasajes “cantabiles” de la hermosísima pieza de Schubert, recostado
en el asiento y con las piernas estiradas como si estuviera desperezándose o
mirando –si se puede mirar con los ojos cerrados-, a su izquierda con alguna
frecuencia como si intentara revisar la partitura de la señora Stott, su
compañera inglesa, o alternativamente girando su tronco a la derecha con su
cabeza enhiesta, casi siempre con su rostro irradiando tranquilidad y
concentración absoluta, fue confirmar que la música para ser bien interpretada
debe salir del corazón. A ratos, como en los movimientos rápidos de la sonata 40
del ruso, el contraste era impresionante; parecía cabalgando sobre su
instrumento en posición agresiva, actitud que repetía en otras partes en las que
fusas y semifusas, que son el terror de los chelistas, sonaban una por una,
confirmando su digitación limpia, precisa y asombrosa. Lo interesante es que no
mueve su cuerpo exageradamente, recurso que algunos usan para enfatizar la
interpretación, y a veces para cañar con par jotas. No es posible describir, en
mis palabras, lo que representa la presencia escénica de este hombre tan
especial.
En la parte final del largo de Shostakovich, se produjo un pianísimo que duró
mas de un minuto, un lapso mágico. La tensión en la sala fue impresionante, el
silencio absoluto, solo piano y violonchelo casi inaudibles, rompían ese
silencio. Cuando el sonido se fue desvaneciendo y los artistas se quedaron unos
segundos como paralizados, se escuchó en la sala un suspiro general, que
demostraba lo dramático del momento y hasta que punto la pareja había logrado
que el auditorio completo cortara su respiración.
Para completar la magnífica velada, Kathryn Stott, ofreció el mejor ejemplo de
lo que es saber hacer música de cámara, sin lucimientos excesivos, con una
elegancia digna de la ocasión, un fraseo delicado en los diálogos con el solista
y una soberbia interpretación a la altura de su compañero de escenario. Cuando
la ocasión lo ameritaba el sonido del piano era rotundo y llenaba la sala. Al
terminar los aplausos y los “bravo”, brotaron arrolladores, cosa no muy común en
la capital que tiene un público un poco frío, como era el clima enantes.
GILBERTO SAA NAVIA