JUAN DIEGO VEJARANO MORENO
Miércoles 7 de noviembre, 2007
De: Mario Pachajoa Burbano.
Amigos:
Juan Diego Vejarano Moreno hace 30 años prometió a su padre
no contar el día que iban a matar en Popayán al "Pollo", [Alfonso
López Michelsen].
Hoy cumplido el plazo nos lo relata. Su extenso
e interesante escrito lo podemos enviar por este medio a las
personas que nos lo soliciten.
Su relato empieza en la década tres del siglo XX "cuando los
ruidos todavía no eran música y los vecinos aún se
intercambiaban remedios, gallinas y nochebuenas; muy crío
respiraba entre los truenos y el trepidar de los añejos tapiales,
el último de los descendientes del patriota Juan Nicolás
Vejarano que haya alcanzado como inusual rango familiar, el
título de hombre rico y público. Se trataba de uno de los
hermanos mayores de mi padre, el “tío Rijart”".
Nuestros agradecimientos a Juan Diego por participarnos este
histórico relato.
Cordialmente,
***
El día que iban a matar
al “Pollo”
Por:
JUAN DIEGO VEJARANO MORENO.
Santiago de Cali-Colombia-Marzo de 2007
Fragmento.
“Tío Rijart” quien venía de las filas de la ANAPO, de pronto retornó a Popayán
con una “volquetada” de campesinos nariñenses que trabajaban para él y a quienes
les asignó como capataz, un paisa borrego que los ponía a gritar ¡vivas! en
favor de la idea política que se tuviera en mente.
Nuestro aguerrido deudo, sin título o pergamino alguno de alma máter, cualquier
día empezó a exigir el trato de “doctor”, remoquete que irá imponiendo entre sus
súbditos. Muy docto entonces, intentaría entrar a los toldos pastranistas del
senador Ignacio Valencia López, pero al fracasar aquel pacto, decide convertir
la oficina que tenía cerca de la plaza de Caldas, en una sede del movimiento
alvarista, la cual al parecer andaba por fuera de la organización nacional de la
campaña conservadora. El inmueble de la calle quinta número 7-15, se vistió de
azul y para todas las paredes se dispusieron afiches que decían, Álvaro
Presidente; pliegos de papel que a mis escasos trece años de edad ayudé a pegar.
Luego del Colegio; y como dice Andrés Mosquera López: “en la única ciudad del
mundo donde uno se aburre sabroso”, mi primo Guillermo Alberto Vejarano y yo,
pasábamos las tardes enteras colaborándole a mi padre y al “tío Rijart” dentro
de dicha sede política. Entre otras cosas nos pidieron colocar banderas de la
campaña alvarista hacia la calle, para contrastar el rojo liberal que pasaría en
los próximos días por ahí, engalanando el desfile del candidato Alfonso López
Michelsen.
En una tarde de abril sin “lluvias mil”, llegaba el doctor López a la metrópoli
patoja y ubicándose en la parte más alta de un automotor destapado, iniciaba el
desfile proselitista. La caravana que se formó tomaría bien abajo la calle
quinta, para luego subir hasta el corazón del sector histórico de la ciudad,
donde lo esperaba la tribuna de su campaña.
Recuerdo a mi padre insistiéndoles a sus copartidarios, para que se mostraran
amables con el candidato liberal. Yo entré a uno de los balcones y observé al
“tío Rijart” que esperaba con cierta emoción al ídolo de la multitud.
El doctor
López ya venía por la iglesia de San José; y los demás balcones de la cuadra
estaban “túquios”, en especial los de la casona del acérrimo liberal payanés
“Ronco” López.
Desde la calle del Cacho hasta la iglesia de la Ermita, la mancha roja tornaba
carmesí en medio del atardecer.
Cuando el candidato alcanzaba la esquina de la Torre del Reloj, con sonrisa
amable saludó a la gente de la “Casa Alvarista”. Todos desde el segundo
piso muy
próximos a la figura imponente de López, respondimos con respetuosos aplausos.
En ese instante recibí un empujón de mi padre que corría fúrico al interior de
la sede, sin embargo permanecimos ahí atentos al paso del caudillo, quien luego
desaparecería entre la multitud y las pancartas que saturaban el parque de
Caldas.
Enseguida salí del balcón y me dirigí al patio, donde estaba mi padre sometiendo a
preguntas, recriminaciones y frases desesperadas, a un hombre de estatura baja y
contextura muy delgada, vestido con saco y corbata. Se trataba de un tal
“Marrana flaca”, otro de esos inevitables lagartos que solían revolotear
por los
toldos conservadores. En ese momento mi padre me dio la orden de abandonar la
sede. Mientras salía para la calle, oí cuando el tío “Rijart” casi gritando
decía:- ¡caramba!!......¡qué locura!-.
Por razones propias de mi edad y en obediencia a mi padre, me desentendí de los
detalles de aquella tarde, dándole más importancia al instante en que pude ver
personalmente, a ese famoso personaje que en afiches, en periódicos o en la
televisión, aparecía levantando un pollo.
Años después y por casualidad, logré escuchar algunas conversaciones
misteriosamente susurradas entre mi padre y el tío “Rijart”. De estas, con sus
monosílabos y por suerte algunos trisílabos, comencé tímidamente a deducir, que
en aquella tarde de fervor rojo en las calles de la vieja Popayán, algo
tremendamente grave había podido ocurrir; es decir, otra indeseable revuelta
popular, pero con resultados tremendamente más graves que los del “nueve de
abril” del 48.
En abril de 1978, como integrante de los coros de la Universidad del Cauca,
asistí al recinto del Paraninfo Caldas en donde tuve la oportunidad de estar
otra vez cerca del ex-gobernador del Cesar y fundador del MRL; o sea, frente al
hombre de los afiches con el pollo y quien pronto dejaría de ser el Presidente
de los colombianos.
Lo observaba ahí, tranquilo, como siempre gallardo y rebosante de vida. Estaba
ubicado en la parte derecha del apoteósico cuadro del pintor Efraín Martínez,
dándole la espalda a los mártires colombianos que detalla dicha obra.
Mientras entonábamos para él un arreglo de la “canción patria”, volvieron a mi
mente las imborrables imágenes de aquel día en que lo pude ver por primera vez
en Popayán.
En los meses siguientes traté de indagar a mi padre sobre el incidente con
“Marrana flaca” en la “Casa Alvarista”, pero se negó a abordar el tema.
Luego
intenté lo mismo con el “tío Rijart" y este me contestó lo siguiente:
-Mijo; son cosas que pasan…… no vale la pena revelar detalles sobre la repentina
locura de un hombre casi anónimo, insensato e ignorante. ………Pero ¡óyeme! chino;
si acaso sacas tus propias conclusiones, prométeme que dejarás pasar al menos
treinta años para contarlas; estoy seguro que para ese tiempo el doctor López,
tu padre, “Marrana flaca” y yo, estaremos libres de este monótono existir -.
Dado el hermetismo de mi padre y acogiendo casi al pie la recomendación del
“tío Rijart”,
veintinueve años después me inclino a pensar, que en aquella visita
proselitista que hiciera a Popayán el entonces candidato liberal; todos los que
nos encontrábamos en la insólita “Casa Alvarista” de la calle quinta, nos
salvamos de ser masacrados en medio del pánico, el odio y el fuego; y como si
fuera poco, el centro histórico de Popayán reducido a cenizas, de no ser por el
valiente proceder, tal vez de mi padre o de alguna otra persona, quien en forma
oportuna impidió que un cándido y alucinado personaje, en una determinación
particular y absolutamente desmedida, tratara de atentar contra la vida del
virtual presidente López Michelsen.
Hacia el final del período presidencial de López; un diez de marzo, fallecía la
tía Ana T. dejando como heredero universal a su amado sobrino, sin embargo éste
no podrá disfrutar por mucho tiempo de la legada fortuna. “Rijart” Vejarano
caerá gravemente enfermo y morirá un par de años después en Santa Fe de Bogotá.
Mi padre meditabundo y octogenario, sigue escribiendo artículos de prensa sobre
las borrosas teclas de una máquina y se regocija a diario, percutiendo las
dolidas cuerdas de un piano-forte que, en las escalas agudas produce tonos
sospechosos y en las graves impacta con sonidos un tanto dantescos, no obstante
dicho artefacto seguirá arrullando su alma de músico.
El ex-presidente López Michelsen totalmente lúcido a sus 96 años, cada que se le
ocurre y como uno de sus pasatiempos preferidos, sigue ocasionando sismos
políticos.
En cuanto al ignorado “Marrana flaca” quien al parecer murió en la primera
mitad
de la década de los ochenta, estoy muy seguro que ha de flotar en el más allá,
porque si su alma pudiese merodear cerca de mi cama, no creo que me hubiera
atrevido a escribir sobre el día que iban a matar al “Pollo”.
juandiegovejaranomoreno / Santiago de Cali-Colombia-Marzo de 2007
COLA: En el mes de julio de 2007, falleció el doctor Alfonso López Michelsen