HIGINIO PAZ NAVIA
Jueves 23 de agosto, 2007
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos:
Con motivo de cumplir 90 años de vida el notable payanés Higinio
Paz Navia, su nieto Francisco Paz Castro nos ha enviado las
palabras pronunciadas por Marco Aurelio Paz Valencia, hijo de
Higinio. La celebración del cumpleaños se realizó en la Hacienda
de Calibío, con una misa oficiada por Padre Jenaro Rojas Cháux,
seguido de un almuerzo, acompañado con música de Popayán y el
Cauca.
Nuestros agradecimientos para Francisco y largos años de vida
para el distinguido Higinio Paz Navia.
Cordialmente,
***
A MI PAPÁ EN SUS 90 AÑOS
Por: Marco Aurelio Paz Valencia.
Desde que mis hermanos me dieron la tarea, como mayor de los hombres, de decir
unas palabras en tus noventa años, han pasado por mi mente, pero más por mi
corazón, tantos recuerdos, tanta nostalgia de todos estos años en que hemos
contemplado el transcurrir de tu vida (casi 62 años para mí), que me ha sido
difícil poner en orden las ideas. Hice lo que pude.
Sentado en el escritorio pensaba cómo describir tu vida, sin decidirme cómo
empezar ni qué decir, cuando levanté la mirada y contemplé las plumillas del tío
Livio; vino a mi mente la definición perfecta de lo que ella ha sido: el amor
por tu familia y por tu ciudad, Popayán.
La familia, esa que conforman los apellidos Paz, Navia, Urrutia, y todos los
demás que a ellos se han ligado de una u otra forma. Familia que para ti y para
todos nosotros ha sido el recibir y transmitir unas tradiciones y unos
principios que nos distinguen, son nuestra tarjeta de presentación, que no se
transan ni claudican. Empezando por el amor a los hijos, padres, hermanos, tíos,
abuelos, nietos y sobrinos. Por eso vemos aquí a todos ellos, por eso siento
aquí a todos los que se han ido y que de Dios gozan.
Sé que en estos momentos he traído a tu mente los recuerdos de tus padres, tíos
y hermanos, dejemos que ellos afloren y nos acompañen en estos momentos. Lo que
nadie nos puede quitar son los recuerdos de esas personas con las que hemos
compartido los momentos alegres o tristes de la vida, todo lo demás sobra y
…estorba.
Un padre con el que pudiste compartir poco de la vida, pues faltó cuando apenas
tenías diez años. Hijos y sobrinos, no fuimos privilegiados como ustedes, no
conocimos un abuelo que nos contemplara, nos corrigiera, nos regañara y
abrazara.
Recuerdos de días duros en tu infancia, con una madre viuda muy joven, Mamalela,
responsable de criar diez “verdugos” contando sólo con su amor de madre,
la unión familiar y el sacrificio de los mayores. Pero también recuerdos felices
de cuando compartías con tus hermanos la vida de una ciudad en la que se vivía
sin afanes, en paz, donde se era libre para ir a cualquier parte y el campo y
los ríos estaban a la mano, casi en el solar de la casa.
Los tíos abuelos, cuya casa solariega visitaste desde niño fue siempre un
referente para ti, también para nosotros. Mi tía Soledad, Merceditas, el tío
Luis, la tía Chepa, y ya más contemporáneos Adriano, Pedro, Bernardo, Vicente y
Gonzalo, de quienes recibimos lecciones de vida que no olvidaremos. Allí también
llegaron los primos Urrutia, José Manuel y Diego, quienes desde entonces han
sido como otros hermanos. Sobrinos, pregúntenle al abuelo y se darán cuenta de
que muchos de Ustedes se parecen a ellos, en genio y figura, de uno u otra
forma. Es la tradición, es la familia, es el no perder el hilo de la vida.
Tus hermanos, a los que siempre fuiste tan unido, unión que afortunadamente se
transmitió a los hijos y que gracias a Dios se conserva en los nietos. Marcos,
quién puede olvidar su señorío, quién más pendiente de todos, quién de los que
lo conocimos no recibimos algo de él. El tío Jesús, quien trabajó casi desde
niño, quijote que nos dio una lección de tenacidad y amor, el jefe de estación
del tren de la familia. Pepa, a la que debieron dar varios doctorados, por lo
menos los de economía y sicología, abnegada segunda madre para sus hermanos,
comentadora de la vida y la política. Ema, la pulcritud en su figura y en su
vida. Gil, el trabajador incansable, el que en su seriedad gozaba de la vida
como ninguno, bondadoso y querendón. Carlos, difícil de definir, vagabundo,
rebelde o tal vez incomprendido; y Joaquín, qué “mico”, no se pudo estar quieto
en la vida, nadie lo mantenía en el redil, siempre escapaba; los conocimos así y
así los quisimos y queremos. Livio, mi tío Livio, tu compañero de tertulias y
cantadas, el que debía estar aquí leyéndonos sus versos, en lugar de este
“ladrillo” que he escrito; cuánta falta nos hace su presencia, su risa, su humor
fino. Teresa, la menor, la contemplada de todos, la compañía de vacaciones y
paseos, mi madrina, nuestra madre en Cali. Estos tus hermanos de sangre.
Sé que junto a ellos también recuerdas a sus compañeros de vida: Blanquita,
Humberto, Chila, Manuel, Neda, Leonor y compañía, Chava, que nos acompañan desde
él mas allá. Y aquí, a tu lado, Mariaté y Chema, con quienes has compartido
tantos ratos buenos de la vida.
Muy joven conociste a alguien que ocuparía para siempre tu corazón, que ha sido
tu compañía en todos los avatares de la vida a lo largo de 64 años y que nos
daría entrada a este mundo. Nuestra querida mamá.
Con ella se amplió la familia. Pachepe y Mamachita, tus suegros. Tus hermanos
políticos Alejandro y Lucrecia, Armando y Gloria, Víctor y Tirsa, Mariú y
Gustavo, Silvio y Lyda, Reinaldo.
Aquí te acompañan los hijos de tus hermanos de sangre y políticos, son nuestros
primos, mas bien nuestros hermanos, con quienes hemos compartido durante tantos
años los momentos alegres y también los tristes, la vida.
Tus hijos fuimos llegando casi en tropel, como con afán de entrar a la vida,
como si quisiéramos acompañarte desde siempre. Se me adelantó Victoria Eugenia,
quien ni siquiera esperó a que regresaran del frío bogotano. Enseguida yo, y
después Maria Nelly, José Enrique, Hernán, Martha Lucia, Cristián, Luis Jaime, y
para rematar Guillermo Alberto. Y fuimos nueve “cernícalos”, para alimentar,
educar, vestir, regañar y pelar. ¿Cómo se podía conservar la paciencia? Cuántos
trabajos para darnos lo necesario, pero cuánta alegría reinaba alrededor de ese
maremágnum de niños que llorábamos, peleábamos, reíamos, cantábamos,
hacíamos diabluras, éramos insoportables. Pero allí estaba tu ejemplo que
guiaba, esa fuerza de la tradición familiar que nos señalaba el camino, tu
insistencia en que estudiáramos, con la esperanza de un futuro mejor para
nosotros. Creo, papá, que tu esfuerzo no fue en vano, la formación que recibimos
nos ha servido para enfrentar la vida, los principios que nos inculcaste los
hemos respetado y defendido hasta tal punto que hemos preferido quedarnos sin en
qué trabajar que pasar por encima de ellos.
Como tuvimos un hogar modelo, quisimos tener una experiencia semejante. Así que
fuimos buscando nuestra compañía para la vida. Y llegaron Jorge, Maria Elena,
Maria del Pilar, Carlos, Margarita, María Eugenia, Carmen Eugenia, Nacho,
Adriana. Otros hijos, la familia más grande. Pero, claro, había que seguir el
ejemplo completo, y fueron llegando los hijos, tus nietos. No podían ser pocos,
tantos que si los nombro no acabo. Dios les ha dado la felicidad de tenerte
todos estos años, disfrutar tu amor, recibir el legado de una tradición y,
alrededor tuyo, formar lazos de amistad entre ellos. Míralos, a los que están
aquí y a los que desde lejos te acompañan, son todos hombres y mujeres de bien,
es el mejor regalo para ti en estos noventa años. Y ya han comenzado a llegar
los biznietos, es la vida que no se detiene, también ellos tendrán tu presencia,
tus caricias, verán tu pesebre, te oirán cantar, verán tus procesiones, quizás
cargarán o serán sahumadoras. Para esto y mucho más Dios te dará vida.
Pero la familia no sólo son aquellos que llevan nuestro apellido de una u otra
manera. Son también aquellos que nos rodean, que comparten nuestra vida, que se
preocupan por nosotros. Son los amigos.
No han sido muchos, pero sí los mejores. No los nombro por temor a que me olvide
de alguno, pero yo sé que estás pensando en ellos, musitando una oración por los
que ya no están y agradeciendo a quienes hoy nos acompañan.
Ésta, tu familia.
Y tu otro amor, Popayán.
Para ti Popayán son muchas cosas: las Procesiones de Semana Santa, La Navidad,
el verano. Alrededor de ellas, la música, de acuerdo con la época.
Las Procesiones: participar en ellas desde muy joven fue tu dicha, carguero
hasta los 75 años puedes ufanarte de una fortaleza que ya no se ve. Has luchado
por su conservación y mejoramiento como nadie, he sido testigo de ello desde que
era niño. Las procesiones chiquitas son tu legado para el futuro, no sólo por lo
que representan como escuela del carguío sino como patrimonio de la ciudad.
Pero, sobretodo, el amor hacia ellas que inculcaste en nosotros, tus hijos, y
después en tus nietos, es la mejor prueba de tu amor por Popayán y sus
tradiciones. Desde niño te oía silbar las marchas de las procesiones cuando
estaba próxima la Semana Santa.
La Navidad, el pesebre que con tanto cuidado y amor armas cada año y alrededor
del cual rezamos la novena y cantamos villancicos, el sitio de reunión de la
familia, donde se han tejido los lazos que nos unen, lazos que son más fuertes
cada día. La alegría de tu cara cuando quemas la pólvora o elevas un globo. El
momento de plenitud cuando en la chirimía tocas la tambora.
El verano. Llega y verano y tu semblante se alegra, quieres salir al campo,
elevar una cometa, nadar en un río, hacer un paseo. Gracias papá por habernos
llevado a veranear cuando éramos niños, esa época nunca la olvidaremos. Apenas
terminábamos el colegio organizabas el trasteo y nos íbamos al Alto de Cauca,
donde Mamachita, para pasar entre dos y tres meses de vacaciones en el campo,
subiéndonos a los árboles, cogiendo guayabas, moras y mortiño, armando caucheras
y cazando pájaros, nadando en el río o el charco que hizo el tío Víctor, jugando
fútbol o elevando cometas en Tablazo. Por la noche nos sentábamos a oírte rasgar
el tiple y la guitarra, tocar dulzaina y a oírte cantar bambucos y pasillos.
Siempre en tu vida presente la música. Las reuniones musicales en la casa cuando
éramos niños, con la chirimía, también con tus hijos, nietos y muchos amigos las
hemos disfrutado al máximo. Recuerdo a la Vifer, “Cuito” Pérez, “Satú”
Torres, el “Ovejo” Hurtado, Benjamín Iragorri, Chacumbele y Sergio Rojas,
Silvio Fernández, los Pachos, y tus compañeros en la chirimía: Pacho Fernández,
Roberto Ayerbe, Jairo, Juan Andrés y Hernando López, Gilberto Satizábal, Juan
José Bonilla y Carlos Tovar. Gracias por transmitirnos el amor a la música.
Son todas ellas tradiciones de una ciudad, que ójala no dejemos perder en medio
del caos de este mundo cambiante e irrespetuoso de ellas.
Papá, han sido estas palabras pequeña pinceladas de recuerdos y hechos de tu
vida, que es mucho más, pero nos demoraríamos noventa años para contarlos todos.
Gracias por darnos la dicha de celebrar tus noventa años, y pedimos a Dios te dé
salud y fuerzas para que celebremos por lo menos cien. Brindemos por ello.