JUAN CRISTÓBAL MOSQUERA
Lunes 26 de noviembre, 2007
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos:
Juan José Saavedra Velasco ha escrito una página sobre Juan
Cristóbal Mosquera que reproducimos hoy.
Cordialmente,
***
Personajes
Juan Cristóbal Mosquera
Por: Juan José Saavedra Velasco.
Especial para El Liberal
Noviembre, 2007
Si la memoria me es fiel, mi relación con Juan Cristóbal Mosquera, bisnieto del
Gran General, se inició en 1966, cuando fue a mi oficina de penalista, situada
precisamente en la calle La Pamba, al lado de la mansión de don José María, el
padre honorario del Libertador, para que lo representara en un proceso que se
adelantaba en Puracé contra unos abigeos que le habían robado unas vacas
Holstein que eran casi tan de buena familia como él.
De baja estatura y blanco como la leche que producía, tenía un aspecto algo
infantil que hacía que muchos se equivocaran. No se destacaba precisamente por
su musculatura, pero la compensación estaba en los ojos, unos ojos azules que se
encendían frente a la menor provocación, y un revólver 38 largo que siempre
tenía al alcance de la mano. (Tiempo después, cuando conoció a Yogananda,
abandonó el revólver).
Teníamos que subir con frecuencia a Coconuco y lo que se suponía un trabajo se
nos volvió un paseo. A pesar de que sólo tenía el título de bachiller, era un
hombre culto que leía y tocaba, respectivamente, los clásicos y el violín.
Colocaba en el tocacintas del Renault 12 las sinfonías de Beethoven y los
conciertos de Tchaikovsky, como fondo de kilómetros y kilómetros de un diálogo
que jamás terminó.
Yo venía de Pérez Prado, Los Tres Diamantes y La Sonora Matancera, pero poco a
poco le fui cogiendo los bemoles a la música sinfónica. Nos demorábamos en la
casa que fue de la Marquesa de La Vega y el diálogo continuaba en el mirador en
donde Mosquera urdía sus revoluciones, o en el corredor de ladrillos
irregulares, se me hace verlo envuelto en su ruana blanca, o frente a la enorme
chimenea en donde se consumían los leños de pino candelabro.
En el verano subían las amigas de sus hermanas y nos íbamos a caballo por el
camino de Achaquío. En los aquelarres zanahorios que de vez en cuando se
organizaban, repartía entre sus amigos unos lotes que nunca repartió, pero lo
esencial eran los conversatorios, unos conversatorios socráticos que de algún
modo modificaron la vida de quienes nos reuníamos en el corredor de Anganoy.
Los temas que allí se tramitaban no eran muy rentables: la inmortalidad del
alma, el cristianismo primitivo, la trinidad humana, los leones que si pensaran
pintarían a Dios con melena, la muerte como comienzo de la vida.
Cuando se dio cuenta de que la acupuntura del doctor Duque no era suficiente y
que el cáncer lo iba a matar, diseñó el ataúd. Se lo encargó a Carlos Medellín e
hizo una lista de los libros, fotografías, cartas y recuerdos que lo
acompañarían en el cajón. Cuando murió, en procesión lo subimos a la hacienda y
los funerales se hicieron de acuerdo con la liturgia que él mismo preparó.
Colocamos el cajón en la sala de la chimenea y mientras sonaba la Quinta
Sinfonía, el doctor Caballero lo despidió. Luego lo llevamos por la antigua
alameda y lo enterramos en un lugar recóndito que rápidamente se convirtió en
jardín.
El día, a pesar de que tocaba lluvia, estuvo azul y despejado, con un viento
poderoso que agitaba las ramas de los árboles. Dejó una enorme cantidad de
buenos recuerdos y su presencia fue tan positiva y fuerte en nuestras vidas que
ni siquiera el terremoto logró que lo olvidáramos. Debe estar por ahí, en alguna
nube, escuchando ‘Las Estaciones’ de Vivaldi, o por aquí cerca, a propósito de
nuestra visita a su tumba, para conmemorar los 25 años de su partida.