NORA DELGADO DE HORMAZA
Viernes 30 de marzo, 2007
De: Mario Pachajoa Burbano
Amigos:
Mildred Jaramillo de Zambrano ha escrito estas palabras
como testimonio de
afecto para la queridísima mamá de María Consuelo, Juan Carlos y María Olga.
Nuestros agradecimientos a Margot Valencia de Prada por facilitarnos el texto.
Cordialmente,
***
A una gran amiga: Nora Delgado de
Hormaza.
Por: Mildred Jaramillo de Zambrano
Popayan, marzo, 2007
Ayer cuando me permitieron entrar a la sala de cuidados intensivos en donde
atada a interminables cables libraba Nora Delgado la última batalla de su vida,
pude mirarla sola e indefensa, sin capacidad de respuesta, sin posibilidad
alguna de nada distinto que su respiración al ritmo desolador de una máquina,
dueña de su vida y de su sueño.
Entonces en silencio, casi que murmurando, le dije todo aquello que debe decirse
a los seres queridos cuando pueden oírte, cuando pueden ver la sinceridad en tus
ojos y pueden palpar el afecto en tu corazón. Comencé diciendo:
“Gracias Norita por haber sido tan buena amiga. Por tener la frase amable a
flor de labios, por expresar sin reservas y con largueza tus sentimientos, por
hacer de la amistad una cadena irrompible a la que día a día agregaste un
eslabón nuevo más fuerte y duradero. Porque tu amistad no fue voluble como el
viento, tu bondad precisa y oportuna y tu lealtad permanente y perdurable”.
Verla inmóvil en la fragilidad de su lecho me permitió evocarla con especial
nostalgia. Dueña de un espíritu selecto, cultivó como pocas el arte en sus más
variadas manifestaciones. Igual hablaba de los clásicos de la literatura
universal que de los autores contemporáneos. La poesía le corría por las venas y
sus escritos castizos y sencillos en los que revelaba su profunda sensibilidad
merecieron ser publicados en diarios y revistas literarias.
Siempre se rodeó de cosas bellas. No concebía la vida sin el disfrute diario de
formas y objetos que complementaban su inclinación por el refinamiento, por la
elegancia en el vestir y en el actuar, por la distinción de sus modales y de su
trato. Enfrentó con valentía e inalterable serenidad, situaciones adversas y
cambiantes, que yo sé cuanto laceraron su alma y cuanto afectaron su espíritu.
Sin embargo siguió siendo la misma. La misma amiga, la misma espectadora
entusiasta del devenir de su ciudad a la que amó como la mejor ciudadana. Nada
de lo que en esta tierra ocurriera le era ajeno. Se alegraba de su grandeza pero
también se dolía con su declive. Cumplida y solidaria, su presencia acompañó a
familiares y amigos en momentos negros y en momentos gratos.
Estuvo al lado de Carlos y de sus amados hijos como sombra tutelar que jamás
pierde vigencia. Pese a su frágil figura encerraba un alma fuerte de arraigadas
convicciones cristianas que la convirtieron en el soporte firme de su familia,
tanto en las alegrías como en las tristezas.
Cuanto extrañaremos su ausencia, para la cual no estábamos preparados.
Se fue silenciosamente con la prudencia característica de sus actos y hasta en
sus últimos momentos puso en práctica la consideración hacia los suyos,
evitándoles días interminables de tristeza y desesperación
En cuanto a mí, se fue una gran amiga. Desaparece uno de mis mayores anclajes a
esta tierra y a esta gente. No importó la diferencia de edades porque nos unió
el lazo indivisible de la verdadera amistad. Jamás estuvo tan lejos ni tan
distante que no le alcanzara mi necesidad.
Quedan pocas como ella, que estimularan con sus elogios los pequeños triunfos y
las renuentes victorias. Que le dieran a la vida el verdadero significado que
radica en valorar más lo espiritual que lo material y que en su diario transitar
sembrara tanto amor. Ese mismo amor que con seguridad será la brújula que motive
el futuro de los suyos. Ese amor que lejos de ser transitorio se quedará
adherido a la propia existencia.
Saben sus hijos cuanto quise a Nora y cuanto la echaré de menos. Su huella será
imborrable y su recuerdo imperecedero. Y cada día que pase repetiré como Helen
Keller “las cosas mejores y más bellas del mundo no pueden verse y ni
siquiera tocarse. Deben ser sentidas con el corazón”.
MILDRED JARAMILLO DE ZAMBRANO