Este cuento fue enviado por Vanina Zandoná (14 años) de Bs.As.
¡ Gracias Vanina !
Las andanzas del Diablo
Una tarde de domingo, el Diablo decidió salir a dar un paseo por la Tierra. Se puso un sobretodo gris, un sombrero haciendo juego y unos zapatos marrones. Pero al salir del enorme “calor de su morada”, sintió un frío tremendo, así que volvió a entrar y tomó una bufanda y unos guantes, prendas que jamás imaginó que utilizaría. Luego de meditar como salir a la superficie de nuestro planeta, decidió que lo haría teletransportándose, pero recordó que la empresa de teletransporte le había cancelado dicha facultad por deber cuatro meses. Así que decidió utilizar el viejo truco de atravesar las paredes, muy famoso por ser utilizado por cierto fantasma de un castillo inglés, que era amigo del Rey de las Tinieblas y que le había enseñado a utilizar tal medio de transporte. Entonces decidió que así saldría a nuestro mundo, pero en vez de una pared, tendría que atravesar el suelo, ya que el Averno se encuentra, tradicionalmente, bajo nuestros pies. Así que el Diablo juntó fuerzas y pegó un salto de más o menos mil metros de alto, pero el resultado no fue el esperado: los cuernos se le quedaron clavados en uno de los durmientes del subte a la altura de la estación 9 de Julio (¿querrá esto decir que nuestro país se encuentra a las puertas del Infierno?. Espero que no). Luego de un largo rato de lucha con el trozo de madera y cuando ya casi diez subtes le habían pasado sobre la cabeza, pegó un grito llamando a Demónicus, su primer ministro y su “cuerno derecho”, quien se encontraba disfrutando de la ausencia de su torpe jefe utilizando su jacuzzi de lava y bebiendo su mejor vodka. Cuando Demónicus escuchó los gritos de su patrón escondió la botella y de un salto salió del jacuzzi. Cruzó las puertas del Averno y observó a su patrón sin poder creer lo torpe que era. El Diablo le ordenó que pidiera un préstamo en el banco y que saldara la deuda con la empresa de teletransporte. Demónicus dio media vuelta y regresó al Infierno con furia entre los dientes y una pregunta que le daba vueltas en la cabeza: ¿quién le dio las credenciales de Rey de las Tinieblas a semejante incompetente?.
Liquidada la deuda con la empresa de
teletransporte, el rojo protagonista de esta historia apareció en un baño de un
bar de Capital Federal, a unas cuadras de la avenida 9 de Julio. Salió del baño
del bar y nadie le preguntó como entró allí, ya que toda la clientela estaba
borracha, y los únicos que estaban sobrios eran el cantinero y un perro, pero
uno estaba emborrachado con el partido de fútbol que daban por la tele y el otro
se embriagó con la belleza de una dálmata que pasó indiferente junto a los
otros perros que una paseador llevaba.
Hay que aclarar que el Diablo era torpe pero no tonto, ya que subió a
la Tierra sabiendo que poseía una especie de inmunidad diplomática, porque el
Creador no lo atacaría sabiendo que la humanidad entera estaría en peligro.
Entonces el Diablo salió del bar y caminó hasta la 9 de Julio. Cuando vio que ningún auto venía, se dispuso a cruzar la avenida, pero cuando estaba en el carril del medio, sintió un cosquilleo y una música: era su celular. Atendió y se enteró de que Demónicus había renunciado y que lo había llamado “intento fallido de la maldad”; pero lo peor de todo es que Demónicus gritó el nombre de Dios y le suplicó que perdonara todos sus pecados y que se lo llevara consigo al Cielo. Dios le dijo que eso no podía hacerlo, pero que lo que sí podía hacer era resucitarlo para que fuera una buen hombre y luego fuera al Paraíso, porque Demónicus antes de ser primer ministro del Diablo fue un hombre, un muy mal hombre por cierto. Entonces Demónicus accedió, pero para acrecentar la ira del Diablo, a quien se nota que no soportaba, le prometió al Creador que no solo realizaría buenas obras cuando lo resucitara, sino que también sería un sacerdote experto en exorcismos. Y claro, cuando el Diablo se enteró de que aquel en el que había depositado toda su confianza lo había abandonado, insultado, humillado, se había cambiado al bando opuesto y encima sería un experto en combatirlo, se enojó y el fuego brotó de sus ojos. Pero de repente escuchó un ruido que jamás había oído: era la bocina de un colectivo que lo pasó por encima y lo dejó en dos dimensiones. Después de que el colectivo lo atropelló, el Diablo se levantó, respiró profundamente y terminó de cruzar la avenida.
La ira del Diablo se iba acumulando con cada paso que daba. Metió la mano en un bolsillo y descubrió que tenía trescientos pesos en billetes, dos en monedas y como seiscientos en patacones, así que decidió hacer uso de su dinero y del teletransporte una vez más. De Buenos Aires pasó a Nueva York, donde buscó gente, gente inocente con quién jugar un buen partido de póker. El Diablo y esas tres inocentes personas se sentaron en una mesa y el juego comenzó. El Diablo, que ya había cambiado los pesos por dólares en el banco, ganaba y ganaba dinero de una manera inimaginable. El Diablo creía tener el juego ganado, ya que sabía que en todo el universo no había nadie más tramposo que él, salvo los tres gángsters con los que se había sentado a jugar y que de una manera súbita le quitaron todo el dinero y se retiraron del juego. Y, era lógico: tres cabezas de gángster piensan mejor que una de diablo cuando se trata de hacer trampas en el póker.
A estas alturas el enojo del Diablo era de enormes proporciones. Entonces decidió seguir recorriendo el mundo y se teletransportó a España, más exactamente a Pamplona, justo en la época en la que celebraba el Fiesta de San Fermín, la conocida celebración que se hace en honor a dicho santo y que consiste en que se sueltan toros que corren por las calles de Pamplona detrás de sus habitantes. El Diablo, entonces, apareció justo detrás de la multitud que corría para escapar de los toros, y al ver que la cosa parecía divertida y como no tenía ni la más mínima idea de en qué consistía todo ese alboroto, se echó a correr. Y cuando vio que venían los toros atrás se apuró, pero ya era tarde: el Diablo corrió como una cuadra con un toro clavándole los cuernos, los cuernos, su emblema universal junto al tridente y las llamas. Más tarde, el Diablo tropezó con una piedra y todos los toros le pasaron por encima, repitiendo la aplastadora anécdota del colectivo. El Diablo se puso de pie nuevamente y volvió a tomar aire.
Entonces el Diablo decidió darse una última oportunidad para divertirse en la Tierra y se teletransportó a Francia, más exactamente a orillas del río Sena, en París. Estaba tranquilo mirando hacia el horizonte cuando un hombre que andaba en bicicleta llevando unas cajas resbaló. Las cajas salieron volando y le pegaron al Diablo en la cabeza tirándolo al agua. El agua y el Diablo nunca se llevaron bien, porque el agua es el elemento utilizado para bautizar, porque el agua es lo opuesto al elemento favorito del Diablo: el fuego, y además porque el Diablo nunca supo nadar, ni siquiera hacer la plancha, lo que provocó en él que padeciera hidrofobia. Luego de esta última humillación, el Diablo salió de las aguas del Sena e intentó teletransportarse al Infierno, pero la empresa de teletransporte le rebotó la clave de acceso y no le permitió volver a su morada.
El Diablo, enfurecido por todo lo que le había sucedido, decidió tomar el cuerpo de un hombre y suicidarse. Entonces poseyó a un vagabundo y se trepó a la punta de la torre Eiffel. De repente llegaron policías, bomberos, ambulancias y periodistas. Entre veinte policías bajaron al vagabundo poseído, le taparon la cara y se lo llevaron a una habitación. Lo pusieron, siempre con la cara tapada, en una cama y le ataron los pies y las manos. De repente el Diablo escuchó una voz que le era muy familiar; le destaparon la cara y el Diablo observó que la conocida voz era la de Demónicus que estaba exorcizando el cuerpo del vagabundo: esta fue la peor de todas las humillaciones que el Diablo sufrió en su estadía sobre la Tierra, ya que su propio secuaz le estaba arruinando los planes.
Demónicus disfrutó el exorcismo y se transformó en un hombre de un corazón puro y noble; el pobre vagabundo quedó como nuevo después del exorcismo y además juró no volver a emborracharse y que buscaría un buen trabajo. En cuanto a nuestro infernal héroe, después del exorcismo volvió de cabeza al Averno, de donde no ha salido ni quiere salir jamás, por suerte para nosotros y para su salud...