Enriquecer nuestro espíritu
¿Debemos ensanchar nuestro espíritu, aunque éste -dicho con la peor fraseología-
sea impuntual con su hospedaje? Los gramáticos ven en la migración de la
palabra huésped una frontera indefinida, como la que no ven que fluye entre el ánima y el cuerpo. El de las leyes, el de las naciones, el de
sacrificio, el espíritu que insufla el movimiento, el que puebla la montaña, el
del hogar, el de los mares de poesía y el de los ríos de desconsuelo; dan todos
vida al nuestro : fragmentario, sediento. Enriquecerlo equivale a una
propietaria domesticación del fuego. En estas horas disyuntivas de aniquilación ; entre cuerpos o espíritus,
entre vidas o muertes, ¿Cuál es el inquilino ; cuál, el huésped ?
Seguir a uno sólo, es traicionar a la vida.
Seguir al otro, entregar a la muerte.
La literatura.
En trance de literariedad, ¿Ha de discurrir todo un
mundo el oficio del escribir
mismo ? Quiero decir, ¿Tiene la
grafía más densidad que la lectura por el hecho que al roturarla también se
lee ? De la retórica a la fábula,
de la metáfora al auto sacro, de la sintagmática al canon ; debe atenderse
-dos veces, al menos- la obligatoriedad de redefinir lo literario. Si con ligereza afirmamos que literatura es
el arte de la evocación —verdadero manual para remisos de la belleza insumisa—
sin rigorismos cronológicos, ni
rivalidad alguna con equívoco alguno; tal vez hollamos una veta opulenta, farragosa
y contradictoria. Más sencillo, resbalar
libres por la ladera de dunas interrogantes, o ¿Es que aspira la literariedad a
algo menor pero más sustancioso que cambiar el mundo