UNA MUJER GUERRERA DEL AIRE

Una colombiana es la única mujer en Latinoamérica que pilotea un helicóptero Black Hawk de combate

Abril 18 de 2006. Bogotá. D.C.

Se trata de la Capitán de la Policía
Erika Pedraza Murillo, que guía con precisión una de las armas más poderosas de la Fuerza Pública.
Solo una hora después, cuando pisó tierra, la capitán Erika asimiló lo que, muchas veces, sus compañeros pilotos le habían explicado acerca de la sensación de ser impactados con ráfagas de fusil. "Es como si estuvieran haciendo crispetas", afirma.
Esa fue la primera vez que una nave piloteada por la capitán Erika, nacida en Armenia hace 26 años, fue alcanzada por proyectiles. Ocurrió el 15 de febrero del 2005, cuando las Farc estaban tratando de tomarse Toribío (Cauca).
Después de dos días de combates, la situación era delicada: pese al despliegue de la Fuerza Pública, los hombres de las Farc no abandonaban la zona y persistían en sus hostigamientos.
Los Black Hawk recibieron la orden de llevar refuerzos al pueblo. Minutos antes de aterrizar en una cancha de fútbol, por radio les informaron que los policías tenían rodeado el improvisado helipuerto y controlado el perímetro.
Dos Black Hawk aterrizaron y salieron sin novedad. Cuando el que guiaba la capitán Erika tocó tierra, los comandos empezaron a descender y a tomar posiciones. "Pasó en segundos. Se habían bajado ocho comandos Jungla y quedaban otros siete en el helicóptero. Fue cuando comenzamos a sentir golpes secos en el helicóptero. El comandante gritó que nos estaban disparando; de inmediato cerramos las puertas y salimos de allí", recuerda Erika.
Los dos artilleros del Black Hawk estaban ‘ciegos’. "No sabían a dónde disparar –cuenta la oficial–, porque alrededor de la cancha se veían policías; salir de allá fue complicado".
En el aire, fuera del alcance de los proyectiles, los instrumentos no reportaron novedad; diez minutos después aterrizaron en Popayán.

Cinco impactos de fusil

La oficial descendió del Black Hawk –ya con el motor apagado– y con sus compañeros y técnicos en tierra, revisaron el fuselaje.
Contaron cinco impactos calibre 7,62 milímetros. Los más graves, dos que dieron cerca al reservorio del hidráulico y al rotor principal.
"En ese momento, y después del sustico, caí en cuenta de que verdad se siente como cuando uno hace crispetas, lo que pasa es que en este caso uno está dentro de una ‘olla’ de 22.000 libras de peso".
A mediados de 1995, Erika Pedraza, la estudiante del colegio Inem de Armenia, les informó a sus padres que había decidido entrar, al año siguiente, a la escuela de cadetes de Policía General Santander, en Bogotá.
El apoyo fue inmediato, sobre todo de su padre, Abel Pedraza, un suboficial pensionado del Ejército.

"No se me había pasado por la cabeza ser piloto –dice la capitán Erika–, pero en diciembre del 2001 una prima que se graduó de piloto de avión en la institución me entusiasmó, pero opté por los helicópteros".
Seis meses después, la entonces teniente Erika y otras dos oficiales tuvieron su primera clase en la escuela de aviación de la Policía, en Mariquita (Tolima).
El 17 de noviembre del 2002 hizo su ‘soleo’ –como se dice en el argot de los pilotos cuando vuelan sin instructor–.
"Pensando en el bautizo que les hacen a los pilotos nuevos, llevé unas tijeritas en el overol. Cuando llegué a donde mi mayor –el instructor–, traté de entregárselas y él me dijo ‘no mijita’; sacó una pequeña navaja y me cortó la cola de caballo", recuerda la capitán Erika. Luego la bañaron en aceite quemado.
Tres meses después se graduó como piloto de helicóptero y comenzó a apoyar, en un Huey repotenciado, las tareas de aspersión de cultivos ilícitos. Por su buen desempeño, en diciembre del 2003, le notificaron que debía ir a Alabama (Estados Unidos) a hacer el curso de Black Hawk.
A su regreso, en junio del 2004, comenzó a pilotear Black Hawk y se enamoró del oficial de la Policía con quien se casaría en abril del año pasado .
"Las misiones del Black Hawk son mejores –dice–. Los policías se emocionan cuando llegamos con refuerzos, con equipos y víveres o como apoyo armado. Es como si el helicóptero fuera un ángel que está descendiendo".
Pero ahora, la capitán Erika se prepara para la que, sin duda, es la mejor misión de su vida. En tres semanas será madre de su primera hija: Sarita se llamará el ángel que espera.
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