¿Cómo es un guerrero del aire?
Es un hombre como tú o como yo. Un hombre que usa sus conocimientos, su lógica, su criterio para maniobrar una aeronave en todo tiempo, modo y lugar para cumplir un propósito, una misión o un designio. Utiliza los recursos puestos bajo su mando para optimizar el cumplimiento de cada tarea y orden impartida.
Anoche lo vi congestionado en su mente, al ver y al oír a otros guerreros de la tierra pedir auxilio a sus superiores, pues un hermano suyo, uno nuestro, había caído herido.
Minutos antes él volaba en medio de la noche con su familia, la tripulación que lo había acompañado muchas veces. Esta oportunidad era diferente, pues yo estaba unos metros más arriba en otra aeronave, armado con el poder de fuego suficiente para defenderlos en caso de ser atacados por aquellos locos delincuentes que van en contra del orden natural.
Lo vi perderse en un descenso pronunciado dentro del cañón oscuro que en medio de la noche parecía un abismo sin fin. Su mente aún congestionada se esforzaba por localizar a sus hermanos en tierra, el objetivo era ubicar su posición para así aterrizar y poner fin a la ansiedad que sienten los que combaten abajo.
Finalmente los descubre en medio de la quietud de una noche fría y nublada, habla con ellos. Aún
recuerdo la voz quebrada de frío y emoción del radio operador que lo guiaba hasta su sitio de aterrizaje. Vacila un tanto, pues la noche es demasiado espesa y la luna aun no perfila ni una esquina de su brillante silueta, espera no encontrarse con ningún obstáculo y no tener ninguna alteración de la normalidad. En fin, nada es normal a esta hora, pues se libera mucha tensión a cada momento.
Inicia su aproximación y aterriza en un sitio pequeño que ha sido adecuado, su pulso es fiel y firme. Sus hermanos de cabina, hombres de guerra, hermanos del aire acuden con sus ojos, arriba, abajo y atrás para no alcanzar las ramas de los espesos árboles que los circundan. Todo en cabina es confuso pero sin embargo está bien, voces afuera y adentro repican en sus oídos...atrás, pare, adelante, no más torque.
Al fin lo ve, tendido en una camilla improvisada hecha con la ropa de sus compañeros, sucia, cubierta de polvo y tierra con el fuerte aroma que identifica los campos, aquel campo en el que acaba de caer herido.
Dos rústicos largueros se extienden paralelos a un ancho similar al de la espalda del ultrajado guerrero, está escoltado por cuatro compañeros que casi de rodillas avanzan rápido pero cuidadosamente hacia la nave, sienten que si lo hacen más ágil, la esperanza de vida de su amigo puede aumentar, lo embarcan finalmente.
Mientras tanto yo sigo allí arriba, unos metros más alto y sólo noto el silencio de la noche, esperando sigilosamente callar a aquellos que traten belicosamente de hostigar a mi hermano.
Otro soldado herido piensa esta vez, lo mira a sus ojos fijamente y descubre un brillo de terror pero a la vez de temple, recorre visualmente su pecho, su cabeza, sus brazos, su abdomen y no ve herida alguna; se tranquiliza, ordena atención para el despegue, asciende vertiginosamente y coordina un viraje para salir de aquel hueco... Yo escolto su salida... ¡todo estuvo bien!
Ya en el aire, se enruta hacia el sitio donde le esperan otros hombres prestos a salvar la vida de aquel soldado, ¿pero qué pasa?, no había reparado que al ver al soldado no encontró ninguna herida en su parte superior, voltea su cabeza y mira directamente hacia sus piernas, una lágrima humedece sus ojos al notar que no lleva un pie, ha caído en una mina y esta lo ha destrozado dos pulgadas arriba del tobillo: ¡maldita guerra sucia!
Su pulso se acelera, mira ahora hacia el frente, toma nuevamente los controles y acelera el paso; más rápido, más rápido, piensa. El enfermero abordo le advierte que el nuevo pasajero ha perdido mucha sangre... en su mente se cruzan imágenes, la herida, las nubes, la noche verde a causa de los visores, la velocidad, el tiempo que falta para llegar.
Yo, le veo alejarse en medio de la noche con la rapidez de un gato cuando quiere alcanzar un ratón y pienso... ¡ojalá alcance! lo llamo y le recuerdo que espero verlo más tarde. Faltan siete minutos de vuelo, aquí el tiempo es muy valioso; inclina más el rotor, aumenta la potencia para disminuir la agonía de nuestro guerrero de la tierra herido, nuestro hermano.
Quedan dos minutos, ya se alistan para aterrizar, a lo lejos divisa dos luces brillantes e intermitentes, levanta la cabeza y observa el azul y el rojo, colores inequívocos de su destino, la ayuda está muy cerca... nuevamente mira hacia atrás. Se desmorona cuando ve los ojos del soldado cerrados pero advierte que respira, pues ve que le sube y baja el pecho, sin embargo, esto es confirmado por un “pulso estable”, según el enfermero.
Han aterrizado; decenas de ojos están clavados en la silueta oscura de la aeronave. Enciende las luces exteriores para que lo identifiquen plenamente, no quiere causar ningún accidente absurdo. Ordena abrir las puertas, hasta ahí ha llegado su trabajo, bajan al herido y lo ve alejarse escoltado por otros soldados ya en una camilla de verdad, una que lo lleva rápidamente hacia la ambulancia que lo espera. Lo ve perderse entre las puertas y alejarse rápidamente, ahora su mente sólo destila buen augurio y mucha fuerza para que el herido no desfallezca.
Yo estoy en la base, hace dos horas que lo había visto alejarse entre la oscuridad y ahora, comienzo a escuchar el flapeo inconfundible... se está acercando.
Veinte minutos después lo veo, cansado, trae las marcas propias del casco alrededor de sus oídos; le informo que hace media hora nos hemos enterado que el soldado ya está estable, perdió mucha sangre al igual que su pie derecho, pero gracias a Dios sigue con vida... una vida que mi hermano ha salvado, un hombre, un hermano como ustedes o como yo ¡un guerrero del aire!
CAOS, 21 de marzo de 2007 |
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