Elegía lamentable.


I

Desde este mismo instante seremos dos extraños.
Por estos pocos días, quién sabe cuántos años...

Yo seré en tu recuerdo como un libro prohibido
--uno de esos que nadie confiesa haber leíddo.

Y así, mañana, al vernos en la calle, al acaso,
tú bajarás los ojos y apretarás el paso,
y yo, discretamente, me cambiaré de acera,
o encenderé un cigarro, como si no te viera...

II

Seremos dos extraños desde este mismo instante.
Y pasarán los meses, y tendrás otro amante;
y, como eres bonita, sentimental y fiel,
quizás, andando el tiempo, te casaras con él.
Y ya, más que un esposo, será como un amigo,
aunque nunca le cuentes que has soñado conmigo,
y aunque, tras tu sonrisa de mujer satisfecha,
se te empañen los ojos, al llegar una fecha...

III

Acaso, cuando llueva, recordarás un día
en que estuvimos juntos y en que también llovía.
Y quizás no te pongas nunca más aquel traje
de terciopelo verde, con adornos de encaje.

O harás un gesto mío, tal vez sin darte cuenta,
cuando dobles tu almohada con mano soñolienta,
Y domingo a domingo, cuando vayas a misa,
de tu casa a la iglesia, perderás tu sonrisa...

IV

¿Qué más puedo decirte? Serás la esposa honesta
que abanica al marido cuando ronca su siesta;
y, tras fregar los platos y destender las camas,
te pasarás las noches sacando crucigramas...
Y así, años y años, hasta que, finalmente,
te morirás un día, como toda la gente.
Y voces que aún no existen sollozarán tu nombre.
Y cerrarán tus ojos los hijos de otro hombre.

V

No me importa quién pase después por un sendero,
si me queda el orgullo de haber sido el primero.
Y el vaso que embriagara mi ilusión o mí hastío,
aunque esté en otra mano, seguirá siendo mío.

Por eso puedes irte, mi pobre soñadora,
pues si el reloj se para, no detiene la hora,
y tú serás la misma de las noches aquellas,
aunque cierres los ojos por no ver las estrellas...

José Angel Buesa


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