| La crisis de la civilizaci�n tecno-burocr�tica http://www.nalejandria.com/00/colab/logse2.htm "...Si nuestra �poca se diferencia de otras es sobre todo por la indiferencia a los valores humanos y morales. Mientras prolifera la producci�n de bienes materiales, expiran los bienes culturales y espirituales. Hemos aprendido a fabricar m�quinas y utensilios mec�nicos de toda clase, pero hemos renunciado a la elevaci�n y perfecci�n espirituales. De ah� que nuestro tiempo sea tan pobre en grandes personalidades, en individuos excelsos..." SA�A, H. "Opresores y Oprimidos" Elementos de una crisis Si tuvi�semos que caracterizar del alg�n modo el tiempo que nos ha tocado vivir, y desde la perspectiva de las sociedades de capitalismo avanzado, podr�amos decir que nuestro tiempo, est� inscrito en la era de las civilizaciones "tecnoc�ntricas". Los avances experimentados en todos los campos de la ciencia, del conocimiento y especialmente en el mundo de la informaci�n y de las comunicaciones despu�s de la II Guerra Mundial han ensombrecido casi todos los progresos realizados por el ser humano a lo largo de los siglos y sin embargo, en la construcci�n de teor�as verdaderamente explicativas que den respuesta a las grandes interrogantes y contradicciones de nuestro presente, y sobre todo, en la creaci�n y aplicaci�n de metodolog�as eficaces que permitan vivir en un mundo plenamente humano, estamos todav�a en los comienzos. Hoy, gracias a los m�s nuevos avances de las tecnolog�as de la informaci�n, el mundo se nos ha hecho peque�o. A la velocidad de la luz podemos estar conectados con cualquier parte del mundo e intercambiar con ella informaci�n al instante. Nunca hemos dispuesto de tan ingentes cantidades de informaci�n, ni tan excelentes medios para transmitirla y divulgarla, hasta el punto de que antiguo papel de las instituciones educativas como transmisoras exclusivas de informaci�n se viene quedando cada vez m�s obsoleto. Sin embargo, parad�jicamente y en paralelo a la extraordinaria revoluci�n de los medios de comunicaci�n, los niveles de madurez intelectual, de capacidad cr�tica y de desarrollo �tico y est�tico de los individuos, no han avanzado lo necesario para hacer frente al extraordinario conjunto de posibilidades informativas que se nos abren. Somos capaces de almacenar, clasificar y distribuir informaci�n, pero cada vez nos resulta m�s dif�cil digerirla, valorarla y diferenciar en ella lo que son aportaciones genuinas al desarrollo humano de la simple propaganda al servicio de la m�s megalom�nica sociedad de consumo. Con otras palabras, podr�a decirse que la racionalidad instrumental pr�ctico-t�cnica que tiene como objeto la producci�n de bienes materiales y particulares est� sustituyendo a la racionalidad moral. La felicidad, el bien, la bondad, la belleza, la verdad y en general todo aquello que fundamenta universalmente lo que es realmente bueno para los seres humanos parece que pierden todo sentido: la libertad se sustituye por la oportunidad de elegir o de comprar en el mercado de los productos materiales o de la ideolog�as pol�ticas ; la igualdad se transforma en el derecho a consumir y hacer uso de productos estandarizados ya sean estos materiales o culturales y la solidaridad y fraternidad del g�nero humano se convierten en una sensibler�a rom�ntica amplificada por los grandes medios de comunicaci�n de masas, ocultando y exculpando una vida cotidiana ferozmente individualista. Pertenecemos a la civilizaci�n del productivismo, la tecnocracia y la burocracia. El desarrollo de las fuerzas productivas y de las tecnolog�as como fuente de creaci�n de bienestar y de soluci�n de las necesidades materiales, nos ha conducido a una situaci�n contradictoria y perpleja. Mientras que casi las tres cuartas partes de la poblaci�n del planeta vive permanentemente en una situaci�n de hambre, desnutrici�n y miseria, en los pa�ses del Norte desarrollado se produce una paradoja: las mayores posibilidades de crecimiento econ�mico y de bienestar material van asociadas a un d�ficit de racionalidad moral (FROMM, 1953) con lo que el panorama de la naturaleza de los seres humanos se hace cada d�a m�s complejo y sombr�o: no existen respuestas v�lidas a lo que el ser humano es, como debe vivir y como liberar sus energ�as y usarlas productivamente para su propio desarrollo. En esta situaci�n aparecen entonces las doctrinas de un est�ril relativismo moral que viene a justificar en nombre de la vieja raz�n ilustrada que todo est� permitido y que no existen valores universalmente v�lidos. Productivismo Si la felicidad, el bienestar y el progreso de los seres humanos se conciben como desarrollo t�cnico-productivista, el horizonte de nuestro planeta es sombr�o: recursos energ�ticos que se agotan, el deterioro del medio ambiente, la destrucci�n de la capa de ozono, la explosi�n demogr�fica, el crecimiento de la intolerancia, de los fundamentalismos y los nacionalismos, los conflictos b�licos, la permanente situaci�n de desempleo de una cuarta parte de la poblaci�n activa de los pa�ses del Norte y un largo repertorio de problemas globales y locales que estando indisolublemente asociados a la exclusi�n de la sociedad del bienestar, de las tres cuartas partes de la poblaci�n del planeta, corre paralelo al surgimiento de un modelo de ser humano atravesado por el mercantilismo, el consumismo y por la competitividad. El ser humano mercantilizado y consumista posee una doble caracter�stica. Por un lado es un ser cuyo objetivo fundamental ya no consiste en poseer cosas y bienes materiales conforme al modelo de la vieja sociedad industrial. Ahora su finalidad consiste en consumir fren�ticamente productos con el fin de compensar una vacuidad interior originada por la ausencia de motivaciones �ticas y de desarrollo humano. Su relativismo moral y la ausencia de un hilo conductor de su vida cotidiana, lo ha llevado a concebir el bienestar y la vida buena, en un mecanismo de esclavizaci�n y subordinaci�n a las necesidades que el sistema tecno-industrial le crea. Cuanto m�s consume m�s se esclaviza y as� el sentido de su vida lo expresa en la necesidad incesante de satisfacer sus apetitos, produci�ndose en su interior una doble confusi�n: identifica alegr�a con felicidad y comodidad material con vitalidad con lo que la libertad para consumir y elegir mercanc�as se convierte en la esencia de la libertad humana. Este modelo de "homo consumens", de ser humano manejado por las necesidades que el sistema econ�mico y productivo le crea y a las que se siente incesantemente subyugado se complementa por otro lado con un nuevo tipo de personalidad con una orientaci�n caracteriol�gica complementaria: el car�cter mercantil (FROMM, 1953). La situaci�n del ser humano moderno de finales del siglo XX, su naturaleza y su vida cotidiana, adem�s de estar dirigidas por las necesidades que el mercado le crea y su ansiedad de consumo, est� tambi�n determinada por la consideraci�n de su ser: el ser humano mismo es tambi�n un producto de consumo, es en el conjunto de la sociedad una mercanc�a. Su valor, su naturaleza, aquello que lo hace ser genuinamente un ser vivo �nico dotado de raz�n, capaz de perfecci�n y capaz de amar, se mide por las reglas del mercado de los bienes de consumo: su ser se ha transformado en el tener, de tal modo que ya "es", siendo tenido por los usos, costumbres y normas que el propio mercado impone. Se valora as� al ser humano por o tiene y no por lo que es, se antepone el valor de cambio frente al valor de uso consistiendo de este modo su desarrollo, su educaci�n en la adquisici�n de habilidades y automatismos que sean f�cilmente intercambiables en el mercado de trabajo. Una persona mercantilizada que necesita del consumo de productos y que se percibe a s� mismo como producto, necesariamente est� abocada a la voracidad permanente y a la creencia en la resurrecci�n infinita de las cosas. Un ser humano de estas caracter�sticas, necesariamente contribuye a fundar un nuevo orden: el de la cultura del envoltorio, el de los valores del "glamour", el de la iglesia de los hipermercados, el de la doctrina de la publicidad y el de la inevitabilidad del despilfarro y de la depredaci�n. Un ser humano de esta naturaleza necesariamente se ver� obligado a competir, a definirse frente a los dem�s pero no con los dem�s, se ver� impelido a rivalizar y a entender que el valor supremo reside en la eficacia, en la minimizaci�n del costo, en la maximizaci�n del beneficio y que para progresar la �tica no es necesaria, ya que las ciencias, sobre todo las econ�micas, son independientes de la voluntad humana. Una persona as�, es tambi�n un ser humano alienado porque al experimentarse a s� mismo como vendedor y como mercanc�a, su yo, su autoconcepto y su autoestima depender�n siempre de factores que est�n fuera de su control y de este modo en la apariencia de que obra libremente, de que hace lo desea, est� en realidad subordinado a intereses y a fuerzas que no puede gobernar: en la apariencia de que es libre porque es capaz de desobedecer para realizar sus deseos, es en realidad un esclavo porque est� obedeciendo a fuerzas impersonales que escapan a su control. Al mismo tiempo en esta alienaci�n pierde su identidad. Su proyecto vital no es autoconstruido sino que se lo construyen: la madurez personal entendida como la s�ntesis entre ser, voluntad y acci�n se cosifica apareciendo como consumo y voracidad, con lo cual su capacidad para mediatizar los deseos y acomodar los mismos al principio de realidad y a los recursos disponibles, as� como su umbral para tolerar y soportar las frustraciones, son cada vez menores. Las viejas virtudes de la prudencia y la templanza se sustituyen por la eficacia, el pragmatismo y la rentabilidad como simple cociente entre costo y beneficio. Sin embargo lo m�s preocupante, lo m�s significativo de este ser humano mercantilizado y consumista es la confusi�n ideol�gica que est� en la ra�z del estilo de vida al que es dirigido por esas fuerzas impersonales que escapan a su control, y esta confusi�n no es otra que establecida entre producci�n y riqueza, entre crecimiento y desarrollo. Cuando en las sociedades tecnoc�ntricas, hablamos de crecimiento, siempre lo hacemos en sentido cuantitativo, siempre nos referimos al aumento de tama�o, al aumento de las dimensiones f�sicas, del volumen, de la superficie, de la altura. Y as� la riqueza se entiende simplemente como un aumento de la producci�n, sobre la base de la acumulaci�n de bienes materiales, lo que trasladado a la realidad supone asumir algunas creencias falaces como las siguientes: � Que el aumento de la producci�n genera bienestar y empleo. � Que el aumento del Producto Interior Bruto o de la renta per capita, necesariamente se traduce en desarrollo econ�mico. � Que el aumento de la tecnolog�a produce bienestar. � Que el aumento del consumo genera desarrollo. Falacias que fundamentan, legitiman e incrementan el estado de desigualdad existente en nuestro planeta, en cuanto que en t�rminos econ�micos, se ignora que la traducci�n del crecimiento en riqueza, �nicamente tiene efectos en los pa�ses que han alcanzado ya un cierto nivel de desarrollo y que por tanto para hacer frente a este estado de cosas tenemos que partir de presupuestos y de valores diferentes. Por el contrario, cuando hablamos de desarrollo lo hacemos siempre en un sentido cualitativo de conseguir hacer emerger las potencialidades de algo, o de alcanzar un estado o una naturaleza mejor, m�s completa, m�s perfecta, m�s buena. Desarrollarse, tanto a nivel material como a nivel psicol�gico o cultural, significa trabajar e intervenir sobre la base de procesos de transformaci�n interrelacionados y m�ltiples, supone en definitiva partir de perspectivas y de fundamentos completamente diferentes. Y esta distinci�n, que actualmente se plantea como absolutamente necesaria para resolver el problema de la pobreza en nuestro planeta, es tambi�n completamente v�lida para plantearnos las soluciones de los problemas del ser humano de las sociedades tecnoc�ntricas. Tecnocracia Este ser humano cuya naturaleza se dibuja como poseedor y consumidor y cuyo horizonte est� marcado por el productivismo est� tambi�n dirigido por el imperio y la magia de la tecnolog�a o por la creencia que de que todos los problemas humanos pueden reducirse a cuestiones t�cnicas y que por tanto son �stas en �ltima instancia las que determinan el nivel de desarrollo de los pueblos. En estas sociedades se produce una transformaci�n ideol�gica que invierte el genuino papel que juegan los valores de desarrollo humano. El desarrollo incontrolado de los medios de producci�n, el descontrol y la ausencia de responsabilidades de los desperfectos que originan las exigencias de un productivismo depredador, nos ha ido poco a poco llevando a la creencia de que el desarrollo tecnol�gico es un fin en s� mismo, y que por tanto nuestra misi�n en la tierra y la �nica perspectiva posible de desarrollo consistir� en adaptarse y supeditarse sin m�s, a las exigencias de los nuevos medios. La tecnocracia es la hija del productivismo y es la que legitima la confusi�n y la sustituci�n de los medios por los fines, de lo accidental por lo fundamental, de lo superficial por lo sustancial, con lo cual en la apariencia de que estamos llegando a los m�s altos niveles de una superhumanidad como consecuencia de la permanente revoluci�n cient�fico-tecnol�gica, en realidad lo que estamos haciendo es abandonar el proyecto m�s inteligente del que los seres humanos somos capaces, y ese proyecto no es otro que el proyecto �tico y educativo. La tecnocracia o la permanente sustituci�n de los fines por los medios, ha sido la que nos ha puesto en primer lugar la ideolog�a de la eficacia, como aquella que sustituye el valor de la serenidad y la paciencia por el de la rapidez, el valor de la reflexi�n y de la autosatisfacci�n del trabajo bien hecho por el del �xito y el prestigio, el valor de los procesos, de los matices, de la pluralidad, por el de la necesidad de rendimientos, de productos y de mercanc�as. La eficacia como valor dominante de las sociedades tecnoc�ntricas nos ha tra�do tambi�n una enfermedad moderna: el inmediatismo, o la necesidad imperiosa que posee el ser humano moderno, de satisfacer cualquier deseo o de hacer frente a cualquier dificultad, de forma inmediata, o la incapacidad de soportar cualquier sacrificio, o cualquier tropiezo en el camino de consecuci�n de nuestros deseos, enfermedad por otra parte que posee consecuencias funestas para la maduraci�n y el desarrollo emocional de los individuos. Es lo que podr�a denominarse la ideolog�a del "�ya!" o del "�ahora mismo!", que nos incapacita no s�lo para tomar decisiones racionales y para crecer como personas, sino tambi�n para acercarnos al abismo de que el fin puede ser justificado por los medios. La ideolog�a de la eficacia y del inmediatismo se complementa tambi�n con el valor que hoy atribuimos a la informaci�n como fuente de poder: el informacionismo. El desarrollo tan extraordinario que han alcanzado los medios para almacenar y distribuir informaci�n no se ha traducido en la posibilidad de que los conocimientos nos hagan a los seres humanos m�s sabios. La informaci�n se ha convertido en un cuarto poder al servicio de los grupos sociales dominantes y as� el individuo no s�lo pierde toda su individualidad sino lo que es m�s grave: tiene el peligro de que su vida cotidiana sea dirigida por los que poseen el control de los medios de informaci�n. Al mismo tiempo, si el individuo no tiene posibilidades de gestionar, usar y participar en la distribuci�n de la informaci�n, no solamente se hace ignorante, sino que en la creencia de que est� bien informado es en realidad dependiente de datos y conocimientos que son en gran medida irrelevantes para su desarrollo personal. Podr�a decirse que actualmente pertenecemos a sociedades informacionales, basadas en un extraordinario desarrollo de los medios, que aunque permitan un mayor y mejor acceso a la informaci�n, tambi�n contribuyen a contaminar el espacio informacional no s�lo por ausencia de informaci�n, sino tambi�n por sobreinformaci�n. Superado el umbral de asimilaci�n de informaci�n del que somos capaces los humanos, sobrepasado el l�mite de nuestras capacidades de discriminaci�n, la informaci�n en exceso puede transformarse en desinformaci�n, con lo cual una vez m�s aparece el fantasma del control: quien posee la informaci�n o quien posee los medios para acceder a ella, distribuirla y dosificarla, es quien realmente posee el poder de decidir sobre otros, y determinar que es lo m�s conveniente o lo m�s oportuno de conocer y consecuentemente de creer o no creer. Con los nuevos medios, con el control monop�lico de los mismos, una mentira mil veces repetida puede sin problemas transformarse en una verdad. De este modo el conocimiento comprensivo, el pensamiento global como capacidad de aprehender las relaciones que existen entre los fen�menos naturales y sociales y de descubrir lo sustancial de los mismos, el pensamiento cr�tico-constructivo como habilidad para percibir desequilibrios y dise�ar alternativas, est� siendo sustituido por una ingente cantidad de datos que aunque siendo gestionados con eficacia por los nuevos medios, no producen en los hombres mayor desarrollo humano: tener la posibilidad de acceder y de usar muchos conocimientos no se corresponde con el crecimiento interior del ser humano, crecimiento interior que no es otro que su desarrollo moral. Bajo este horizonte de eficacia e informacionismo, aparece tambi�n lo que puede resultar m�s peligroso para el futuro m�s inmediato de las j�venes generaciones: la figura de la desideologizaci�n, ya que si con la t�cnica todo es posible, si �nicamente basta con poseer los medios adecuados para obtener los fines apetecidos, si teniendo los instrumentos necesarios todo est� a nuestra disposici�n, en el �mbito de los valores humanos y de las finalidades genuinas de los seres humanos todo tambi�n podr�a estar permitido. Burocracia Pero el ser humano actual de las sociedades tecnoc�ntricas no est� �nicamente mercantilizado y alienado, es tambi�n un ser humano burocratizado, sometido al imperio de la jerarquizaci�n, el reglamentismo y la ambici�n de �xito y poder. Es un ser que vive en sociedades burocr�ticas y enajenantes, sociedades que destacan por la presencia de todo un conjunto de caracter�sticas, entre las que podr�an se�alarse las siguientes: 1. Proletarizaci�n ideol�gica. En las sociedades tecno-burocr�ticas la divisi�n t�cnica del trabajo y la necesidad de especializaci�n para incrementar la producci�n est� legitimada ideol�gicamente. El valor del trabajo va m�s all� del que se obtiene por la producci�n de mercanc�as: al viejo concepto marxista de plusval�a econ�mica habr�a sumar el de plusval�a ideol�gica. Cuando se compra la fuerza de trabajo no solamente se paga para producir sino tambi�n y fundamentalmente para obedecer. Los valores de la autonom�a, creatividad y originalidad �nicamente pueden expresarse dentro de las reglas de los valores de cambio establecidas por el propio sistema. Sin embargo esta caracter�stica de proletarizaci�n ideol�gica por la que nuestras relaciones sociales de la producci�n se establecen reclamando dosis cada vez mayores de obediencia y conformidad a la econom�a, como si la econom�a no fuese una ciencia humana y estuviese m�s all� de la intervenci�n de los hombres, no se agota aqu�. En las sociedades tecno-burocr�ticas al aparecer un nuevo sector de la producci�n como es el de la informaci�n, sector en el que se constituye como poder de control sobre los individuos y los grupos sociales y que goza de los mayores avances tecnol�gicos, el papel que juegan los profesionales que producen y distribuyen la informaci�n es de una importancia fundamental. Si las funciones que desempe�an los profesores como agentes de producci�n y reproducci�n cultural �nicamente son guiadas por proyectos rutinarios de la costumbre o de obediencia a las jerarqu�as, sin que las pr�cticas cotidianas tengan la posibilidad de ser cuestionadas y cambiadas para inscribirlas en una perspectiva �tica y poder as� ejercer desde la autonom�a profesional una nueva funci�n de agentes de cambio al servicio de los seres humanos, la educaci�n se convierte entonces en domesticaci�n y el aprendizaje en credencialismo. 2.- Reglamentismo dependiente. Cualquier situaci�n de conflicto, de cambio se expresa siempre en variables administrativas, en la creencia de que cambiando normas y reglamentos es posible cambiar situaciones y resolver conflictos sin tocar las condiciones y factores que los originan. Una sociedad reglamentista produce hombres incapaces de tomar decisiones y necesitados permanentemente del auxilio que proporciona la dependencia a la autoridad de la jerarqu�a. 3. Competitividad y �xito. El hombre moderno, producto de una sociedad mercantil movida la permanente necesidad de ganancias y sometida al principio del m�ximo beneficio en el que el valor de cambio prima sobre el valor de uso, ha hecho que las relaciones sociales posean tambi�n un car�cter mercantil y en consecuencia competitivo. Llegar antes, ascender, ganar m�s, tener �xito, ser reconocido con prestigio, obtener admiraci�n y fama, ganar en la contienda electoral, ser el primero, son motivos que han ido calando en nuestras relaciones sociales provocando la incapacidad para percibir de que todos los seres humanos estamos navegando en el mismo barco y de que en suma la supervivencia de los pueblos y de los seres humanos, no depende �nicamente de su capacidad tecnol�gica, sino tambi�n y fundamentalmente de su capacidad de solidaridad. Por tanto si a trav�s de la competitividad y la obsesi�n por la eficacia que la acompa�a, nuestras relaciones sociales se definen "frente a los otros" con lo que se corre el peligro de que cualquier medio pueda justificar cualquier fin, habr�a que ir construyendo unas relaciones sociales definidas "junto y con los otros" en las que el bien com�n primara sobre la motivaci�n de �xito y la ambici�n de poder. 4. Posibilismo Si las sociedades tecno-burocr�ticas dibujan un ser humano obediente, acr�tico, controlado, manipulado y conformista resulta comprensible que en el modo de razonar de estas sociedades se confundan verosimilitud con veracidad y posibilidad con necesidad. Al no poder pensar globalmente no se puede ir m�s all� del estrecho margen de los acontecimientos cotidianos y lo importante es hacer lo que se pueda, pero �qui�n define y establece lo que se puede?. Un ser humano posibilista es aquel que se mueve en los l�mites de las satisfacciones inmediatas siendo incapaz de asumir riesgos para responder a necesidades futuras, desconociendo que cualquier exigencia de cambio, necesariamente requiere asumir conflictos, peligros y compromisos para los que el posibilismo no puede ofrecer el soporte, ya que el racionalismo posibilista es hijo del racionalismo tecnol�gico y su forma de proceder no toma en consideraci�n una forma superior de racionalidad: la racionalidad �tica y en consecuencia su concepto de deber no va m�s all� de lo que realmente de lo hay, de lo que realmente necesita el ser humano para una desarrollarse como tal. En otros t�rminos: el posibilismo no es m�s que una forma de reduccionismo que concibe lo dado como lo �nico deseable, incapaz de trascender las condiciones del marco del sistema social o conceptual en el que se encuentra. 5. Relativismo moral Actualmente en nuestras sociedades puede decirse que se ha roto el viejo uniformismo �tico de corte autoritario que negaba la capacidad de los seres humanos para decidir lo que es bueno y lo que es malo. Los sistemas sociales cerrados basados en la adhesi�n inquebrantable a l�deres carism�ticos y en principios de moral heter�noma que se fundamentan en reglas del castigo/obediencia parecen haber desaparecido del planeta lo que ha sido corroborado por los �ltimos acontecimientos como la ca�da del muro de Berl�n y la desintegraci�n de la ex-Uni�n Sovi�tica. En consecuencia, estos hechos parecen haber puesto de manifiesto que el �nico horizonte pol�tico que tienen los seres humanos para su desarrollo es el basado en los principios de la soberan�a popular y de la divisi�n de poderes. Sin embargo y aunque aparentemente pueda percibirse que han desaparecido los sistemas pol�tico-sociales basados en seguridades c�digos morales �nicos y que la democracia nos ha permitido instalarnos en sociedades tolerantes y axiol�gicamente plurales en las que es posible construir una �tica c�vica de m�nimos basada en valores universales como podr�an ser la justicia, la libertad, la igualdad o la solidaridad, el hecho es que estos logros se nos presentan de una manera parad�jica ya que la pluralidad no garantiza la construcci�n de esa �tica c�vica de m�nimos, ocurre en la pr�ctica m�s bien al contrario: en nombre de la tolerancia y de la delegaci�n del poder se han ido desarrollando procesos y mecanismos que ponen de manifiesto, como la democracia puede ser tambi�n autoritaria y como la pol�tica puede estar perfectamente divorciada de la �tica. En esta situaci�n los fines originales pretendidos por una organizaci�n pol�tica o social se van transformando, a medida que el consumo de poder se va haciendo mayor, en fines irreconocibles, al mismo tiempo que los medios se van transformando en fines (MICHELS. 1912). Del poder como medio para transformar la sociedad se pasa al poder como fin para permanecer en �l, fen�meno que se complementa con el de la sustituci�n de la �tica de los valores universales por el relativismo �tico que ha transformado la vieja y siempre nueva aspiraci�n humana a una vida buena por una cotidiana y consumista buena vida. El relativismo �tico parte del principio de que el acto de valorar es algo totalmente subjetivo y de que por tanto no s�lo resulta imposible construir una �tica racional universal sino que la �tica pr�ctica de las acciones cotidianas est� al socaire del escepticismo como imposibilidad de e incapacidad de afirmar con convicci�n y argumentos que una determinada acci�n es mejor que otra. La imposibilidad de construir una �tica de m�nimos que expresa el escepticismo se complementan o est�n asociadas con otras posiciones muy comunes en nuestro tiempo: el hedonismo, el emotivismo, el reduccionismo, el cientifismo. El hedonismo �tico parte del principio por el cual solamente aquellos deseos cuya satisfacci�n causa placer y evita el dolor son los valiosos. Este criterio hace que la meta de una vida buena para el desarrollo del ser humano se sit�e siempre en el exterior de s� mismo, que las motivaciones para el desarrollo personal se coloquen en las cosas que se poseen: el poder, el dinero, el prestigio. As� el concepto de vida como arte pierde todo su sentido porque se convierte en un fren�tico acto de persecuci�n, posesi�n y consumo de motivos que enajenan el desarrollo humano. Las actitudes hedonistas centran su objetivo fundamental en el goce, el disfrute y en la obtenci�n de la mayor cantidad posible de placer y comodidad y consecuentemente obstaculizan en los seres humanos la capacidad de mediatizar los fines, de calcular los bienes, de tolerar las frustraciones y en definitiva conducen a imposibilitar la adquisici�n de habilidades para enfrentarse a la vida (BREZINKA, 1990). El emotivismo (CORTINA, A.;1994) es aquella doctrina seg�n la cual los juicios morales son la expresi�n de actitudes de sentimientos y de emociones y cuando los utilizamos, los usamos para expresar esos sentimientos o para provocar los mismos en otras personas. La fuente por tanto del valor moral tiene su origen en el estado de �nimo subjetivo o en la actitud interior. Para el emotivismo los conceptos �ticos son pseudoconceptos porque no existe ning�n criterio mediante el cual pueda verificarse la validez de los mismos en consecuencia no es posible construir una �tica objetiva y universal. Por reduccionismo entendemos la posici�n moral que se fundamenta en los m�rgenes de lo dado factualmente, reduciendo la racionalidad �tica a lo que hay o a lo que existe. El reduccionismo es en realidad un posibilismo: solamente puede ser necesario lo que es posible satisfacer con los medios de los que se disponen en el momento. De este modo resulta muy dif�cil en la pr�ctica reflexionar con criterios que vayan m�s all� de la realidad concreta, en cierta medida esta posici�n contribuye a la legitimaci�n de lo dado porque no se cuestiona el quehacer despu�s de la satisfacci�n de una necesidad y se somete �nicamente a lo que es posible y desconfiando por tanto de un razonamiento m�s finalista y global que pueda prever las consecuencias. El cientifismo es una actitud que establece la separaci�n entre teor�a y pr�ctica o entre conocimiento y acci�n, con lo que la posibilidad de obtener conocimiento y racionalidad de las acciones depende de la arbitrariedad motivacional de lo subjetivo. Para la actitud cientifista no es posible obtener conocimiento de la acci�n ya que �sta depende de decisiones psicol�gicas subjetivas. Esta actitud que es hoy dominante en las ciencias sociales como la econom�a o la sociolog�a parte del principio de que cualquier ciencia que se considere como tal, debe eliminar cualquier tipo de valoraci�n y por tanto debe definirse como axiol�gicamente neutral y ha llevado en el terreno social a legitimar el divorcio entre lo que se considera como vida privada y vida p�blica, es decir, lo p�blico estar�a gobernado por la racionalidad objetiva-cient�fico-t�cnica y lo privado por la racionalidad subjetiva-�tico-moral, como si lo p�blico, lo social, fuese una realidad natural que pudiera separarse del sujeto que la estudia y estuviese gobernada por leyes ajenas a las decisiones de los seres humanos. Los problemas Para todo educador, afirmar que vivimos en una sociedad en crisis y que los valores que fundamentan el desarrollo humano est�n en regresi�n, no es del todo suficiente, sobre todo si al mismo tiempo que se hace esa afirmaci�n, no se constatan con conocimiento de causa las repercusiones y consecuencias que el modelo de desarrollo actual est� teniendo para el conjunto de los casi cinco mil quinientos millones de habitantes de este peque�o planeta. Hablar por tanto de Educaci�n hacer una reflexi�n �tica sobre la misma, no consiste �nicamente en concebir unos valores diferentes, sino tambi�n en constatar el actual estado de la humanidad, con el fin de que conociendo los problemas globalmente podamos desde la Educaci�n, actuar en todo momento localmente. Desde esta perspectiva y a efectos puramente formales, ya que los problemas est�n todos relacionados entre s�, podemos hablar de problemas macro, meso y micro. Por problemas macro, entendemos aquellos que afectan al conjunto de todo el planeta y la humanidad y cuya gravedad es bien notoria sobre todo por la diferencia cada vez mayor entre las sedentarias y minoritarias sociedades del norte y las j�venes y mayoritarias sociedades del sur. Por problemas meso y micro, nos referimos a aquellos que se expresan �nicamente en determinadas sociedades, y que en nuestro caso proceden de rasgos psicosociales comunes producto del modelo cultural y de desarrollo dominante, y en concreto configuran un modelo de ser humano patologizado y dominado por el infantilismo y la victimizaci�n. Los problemas macro "...Una sociedad sostenible es a�n t�cnica y econ�micamente posible. Podr�a ser mucho m�s deseable que una sociedad que intenta resolver sus problemas por la constante expansi�n. La transici�n hacia una sociedad sostenible requiere un cuidadoso equilibrio entre objetivos a largo y corto plazo y un �nfasis mayor en la suficiencia, equidad y calidad de vida que en la cantidad de producci�n. Exige m�s que la productividad y m�s que la tecnolog�a; requiere tambi�n madurez, compasi�n y sabidur�a..." MEADOWS, D.H.; MEADOWS, D.L. y RANDERS, J. (1992) "M�s all� de los l�mites del crecimiento". Por primera vez en la historia de la humanidad, el desarrollo de la tecnolog�a y de las fuerzas productivas est� poniendo gravemente en peligro nuestra propia supervivencia como especie. Aquel viejo sue�o heredero de la Ilustraci�n, de que el desarrollo de la ciencia permitir�a asegurar un futuro feliz de desarrollo econ�mico y de bienestar para todos los seres humanos ha comenzado a desvanecerse. El hombre, hasta ahora convencido de que era capaz de afrontar todos los desaf�os que la naturaleza le impon�a para su propio desarrollo y felicidad, se enfrenta a un nuevo y tal vez definitivo reto: el de reconocer que la naturaleza ya no es una fiera a la que hay que someter y dominar para poder sobrevivir, sino por el contrario un organismo vivo al que hay que atender, proteger y mantener para que la vida siga creciendo y los seres humanos podamos seguir existiendo. Y para este reto, el desarrollo de la tecnolog�a ya no es suficiente, no nos bastan �nicamente razones pr�cticas que nos permitan comprender que los problemas hoy se expresan y se resuelven globalmente, sino sobre todo razones �ticas lo suficientemente potentes como para hacer posible la unidad de la especie humana en armon�a con la naturaleza. La historia de la humanidad, tal como la hemos percibido y como nos la han presentado, ha seguido una l�nea cronol�gica de sucesivas civilizaciones, pueblos y naciones que han sobrevivido de forma aislada y en re�ida competencia unas con otras ignorando que por debajo de la diversidad cultural y las fronteras nacionales ha existido un aire, un agua y una tierra comunes. Movidos por nuestra necesidad de seguridad y supervivencia, hemos sido nosotros los que hemos creado las fronteras, las naciones, la propiedad, el mercado, los ej�rcitos, la ciencia y la tecnolog�a. Sin embargo estas creaciones han perdido en el transcurso de los tiempos sus fines originales de seguridad, protecci�n y bienestar, instaurando as� un mundo de separaciones que ha sustituido la riqueza de la diversidad y las diferencias por la pobreza de la explotaci�n y la discriminaci�n. Poco a poco, aquello que en principio hemos ido construyendo para nuestro desarrollo y felicidad ha venido a rebelarse contra nosotros mismos: hemos llegado a un l�mite en el que ya no podemos ignorar la unidad de la vida y estamos en un punto de la historia en el que todos los problemas est�n interconectados, siendo ya imposible encontrar la soluci�n de uno, sin que al mismo tiempo intervengamos en la soluci�n de los dem�s. Podr�a decirse que atravesamos por una crisis global que es el resultado de la relaci�n y la interdependencia mutua de todo un conjunto de crisis particulares. El aumento creciente de la pobreza; el consumo cada vez m�s depredador de la energ�a y de los recursos naturales no renovables; el deterioro, en ocasiones irreversible del medio ambiente natural; la contaminaci�n de las aguas, la atm�sfera y la extinci�n completa de especies animales y vegetales; la explosi�n demogr�fica y los movimientos migratorios; el aumento de los gastos militares y la carrera de armamentos; la distribuci�n claramente desigual de la riqueza como consecuencia de unas relaciones econ�micas fundamentadas en la dominaci�n y en la dependencia y en definitiva el propio modelo de desarrollo sustentado en la creencia de que nuestro planeta posee recursos ilimitados y en que desde la tecnolog�a pueden resolverse todos los problemas, ignorando que formamos parte de un cuadro cuyo marco es finito y �nico. Nuestro planeta se nos ha hecho peque�o y cercano y ya no es ese gran globo en el que se suced�an problemas lejanos en el tiempo y en el espacio en el que era posible sentirse desafectado, sobre todo porque la humanidad ha entrado en un proceso de cambios de tal envergadura que ya no podemos permanecer al margen, ya que nos va en ello, nuestra propia supervivencia . Hoy m�s que nunca se patentiza que nuestras necesidades como especie, �nicamente pueden encontrar satisfacci�n si partimos de un an�lisis global de los problemas. Ya no es posible aplicar soluciones particulares sin que todas las partes se vean afectadas. La necesidad de cooperaci�n internacional, de solidaridad, de un uso m�s racional y arm�nico de nuestros recursos, no s�lo son criterios con fundamentos �ticos, sino sobre todo, caminos de soluci�n efectiva para preservar la vida en nuestro planeta. Necesitamos soluciones pol�ticas y t�cnicamente posibles, pero tambi�n necesitamos cambiar la naturaleza de nuestras concepciones, de nuestros h�bitos, de nuestras formas de producci�n y de crecimiento econ�mico. Necesitamos en suma, nuevos valores que hagan posible una relaci�n m�s arm�nica del hombre con la naturaleza y entender que el g�nero humano es uno, y como tal debe ser tratado. �Pero cu�les son las necesidades de la humanidad en este final de milenio? �Cu�les son los retos a los que tenemos que hacer frente desde una nueva �ptica global? �Cu�les son los problemas a los que tenemos que dar respuesta?. La Pobreza Aunque siempre los seres humanos nos hemos empe�ado en dividir el mundo en naciones, pueblos, culturas y bloques pol�ticos y militares, lo cierto es que por debajo de todas estas divisiones aparece permanentemente la misma quiebra: la existente entre pobres y ricos. En 1996, cuando las Naciones Unidas lo proclamaron como A�o Internacional para la Eliminaci�n de la Pobreza, las realidades con las que nos encontramos siguen siendo escalofriantes: � En nuestro planeta el 23 % de la poblaci�n dispone del 85 % de los recursos, es decir, m�s de la mitad del planeta no puede cubrir sus necesidades b�sicas, incluyendo a un 20 % que s�lo disfruta del 1,4 % de la riqueza (PNUD. 1991). � En cifras absolutas y seg�n c�lculos de la UNICEF y otros organismos internacionales 40.000 ni�os y ni�as menores de 5 a�os mueren cada d�a de malnutrici�n y de enfermedades perfectamente curables y 150 millones de ni�os sobreviven con problemas de salud y retrasos en el crecimiento, mientras que en la �ltima d�cada (MANOS UNIDAS. 1988) y por primera vez en la historia ha existido un crecimiento de la producci�n de alimentos en los pa�ses en desarrollo, crecimiento que se ha visto obstaculizado por la respuesta proteccionista de los pa�ses desarrollados. � Un tercio de la humanidad (m�s de 1.500 millones de personas) vive en un estado de pobreza extrema, sus ingresos no bastan para acceder ni siquiera a los alimentos que necesitan para vivir. Dos quintas partes (2.000 millones) son pobres, es decir, sus ingresos no permiten atender sus necesidades b�sicas de techo, vestido, alimentaci�n y educaci�n... � La esperanza de vida media de un europeo es de 75 a�os, la de un et�ope o un afgano est� alrededor de los 40. Pero aqu� mismo en Espa�a, las desigualdades pueden ser sobrecogedoras: el gerente de una explotaci�n minera vive como media 16 a�os m�s que un picador de la misma empresa (Fundaci�n PAZ y SOLIDARIDAD "Seraf�n Aliaga". 1995.). � En 1989 la renta per c�pita media de un europeo rondaba los 15.500 d�lares, en tanto que la de los pa�ses m�s pobres era 50 veces menos, es decir, en torno a los 300 d�lares. En Espa�a el 20 % de la poblaci�n m�s rica ten�a ingresos 6 veces mayor que el 20 % m�s pobre. � Las mujeres son la mitad de la poblaci�n mundial, sin embargo reciben menores salarios (en Espa�a entre el 25 y el 30 % menos), sufren de forma m�s aguda el subempleo y el desempleo (15 % m�s en nuestro pa�s) adem�s de los problemas derivados del sobretrabajo dom�stico y de la crianza de los hijos. � En la d�cada de los 80, los ingresos medios por persona en los pa�ses industrializados aumentaron de 11.000 a 13.000 d�lares. Por el contrario, en los pa�ses m�s pobres, la media de ingresos descendi� de 560 a 450 d�lares per c�pita. � A nivel mundial, en 1960 el 20 % m�s rico ten�a 30 veces m�s ingresos que el 20 % m�s pobre, y en la actualidad la diferencia es ya de 60 veces. Hasta aqu� los datos de los llamados pa�ses en desarrollo o del Sur, sin embargo en los pa�ses desarrollados o del Norte, la pobreza forma parte tambi�n de sus sociedades. Cada vez aumenta m�s el desempleo, hasta el punto de formar parte estructural del sistema; cada vez hay m�s marginados. S�lo en la Comunidad Europea se admite ya la existencia de 45 millones de pobres y seg�n se�ala el Informe de C�ritas Espa�ola, en Espa�a, en 1987, hab�a 8 millones de personas con ingresos inferiores a la mitad de la renta per c�pita promedio. Seg�n un informe encargado por la Comunidad Europea, Espa�a ten�a en 1989 dos millones de pobres reales y 700.000 personas por debajo de llamado "umbral de la pobreza". Todo este complejo y persistente problema hunde sus ra�ces en un sistema econ�mico que para sus desarrollo necesita de contradicciones. Desde las viejas pol�ticas coloniales hasta las nuevas formas de dominaci�n econ�mica neocolonial, de las pol�ticas proteccionistas y de acuerdos arancelarios que obligan a los pa�ses m�s pobres a hipotecar sus econom�as con cr�ditos a los que no pueden hacer frente y las condenan a la monoproducci�n de materias primas, cuyos precios no controlan, el panorama no ha hecho m�s que agravarse. Al mismo tiempo y cuando las pol�ticas nacionales son incapaces de resolver los problemas de planificaci�n econ�mica, del desempleo, de la corrupci�n, de la participaci�n de los afectados, de la racionalidad de la gesti�n administrativa y de satisfacer de forma equitativa y adecuada los servicios sociales a todos los ciudadanos, lo cierto es que la esperanza de los pobres parece difuminarse. El Medio Ambiente No hace mucho tiempo que pens�bamos que la Naturaleza ser�a capaz de integrar y neutralizar los productos de desecho arrojados por nuestras sociedades "desarrolladas", al aire, al suelo y a las aguas. Sin embargo parece como si hubi�ramos sobrepasado un cierto nivel cr�tico, m�s all� del cual el impacto provocado por los seres humanos en el medio ambiente, amenaza con ser destructivo e irreversible, poniendo as�, seriamente en peligro la propia vida en el planeta. Los problemas derivados de esta permanente agresi�n humana al medio ambiente, son conocidos y variados: � Cada a�o se destruyen m�s de once millones de hect�reas de bosques y las tierras que se quedan son siempre de calidad inferior e incapaces de alimentar a los agricultores que las cultivan. � Al mismo tiempo y como consecuencia de la deforestaci�n masiva y del consumo de combustibles f�siles (carb�n y petr�leo) y el calentamiento del planeta, se est� produciendo cambios atmosf�ricos y clim�ticos que provocan en otras zonas la desertizaci�n, as� como oleadas sucesivas de grandes sequ�as y catastr�ficas inundaciones, con lo que la amenaza del sistema hidrol�gico es patente. � En Europa, las lluvias �cidas causan da�os irreversibles, en los bosques, los lagos, la arquitectura, hasta el punto de que grandes extensiones de tierra no podr�n ya recuperarse. � La continua destrucci�n de la diversidad biol�gica del planeta y la difusi�n de sustancias t�xicas y desechos radioactivos, est� produciendo agresiones irreversibles en el ecosistema biol�gico y en la supervivencia de las especies. � La destrucci�n de la capa de ozono provocada por las emanaciones de CFC y de la contaminaci�n de las industrias qu�micas, pone en peligro tambi�n la vida en el planeta con la aparici�n de nuevas y graves enfermedades como el c�ncer. Y sin embargo, lo m�s destacable de estos da�os, no es s�lo su impacto y su irreversibilidad, sino la conexi�n causal que existe entre ellos con el modo de desarrollo econ�mico y la pobreza. La pobreza es al mismo tiempo causa y efecto del actual deterioro medioambiental, ya que el empobrecimiento provoca deforestaci�n, deterioro de tierras, sequ�as. Al mismo tiempo que los pa�ses desarrollados expolian de materias primas a los pa�ses en desarrollo y los obligan a uniformar su producci�n, conden�ndolos a deteriorar el medio ambiente para pagar deudas eternas, les exportan tambi�n tecnolog�as usadas de fuerte impacto contaminaste. Explosi�n Demogr�fica y Migraciones La poblaci�n del planeta ha ido creciendo aceleradamente en los �ltimos a�os. Hoy somos m�s de 5.000 millones de personas y 3 de cada 5 viven en el Sur. Para el a�o 2.050 se prev� que habitar�n nuestro planeta m�s de 9.000 millones de habitantes, de los cuales el 80 % vivir�n en el Sur, produci�ndose este aumento en grandes ciudades que est�n ya asfixiadas por la masificaci�n y la ausencia de servicios urbanos. Aunque el crecimiento demogr�fico se atribuye a razones culturales y religiosas, la realidad pone de manifiesto que este vertiginoso aumento est� tambi�n ligado al modelo de desarrollo econ�mico. En situaciones de pobreza, lo mismo que ocurr�a con nuestros abuelos de la sociedad rural, cuanto mayor era la familia, m�s posibilidades hab�a de aportar trabajo, ayuda e ingresos a los ancianos y enfermos. Por ello cuando se afirma que el crecimiento demogr�fico es la causa de la pobreza, se oculta que la verdadera ra�z tambi�n est� en el modelo de desarrollo econ�mico. Al igual que ocurre con la pobreza en relaci�n con el medio ambiente, tambi�n ocurre con aumento de poblaci�n en relaci�n con la pobreza: es al mismo tiempo causa y efecto de la misma, por tanto, para el control de este extraordinario aumento no bastan exclusivamente medidas educativas y sanitarias, sino que hay que incidir en las desiguales e injustas condiciones econ�micas que hacen posible la existencia de m�s de 780 millones de personas que padecen y mueren de hambre y desnutrici�n. Como consecuencia de la superpoblaci�n y de las miserables condiciones de vida de m�s de la mitad de nuestro planeta, hoy estamos asistiendo a un fen�meno nuevo, que por sus grandes proporciones constituye el mayor movimiento de poblaci�n de toda la historia. Estas grandes oleadas de personas se mueven en dos direcciones. Por una lado dan lugar a la masificaci�n de las ciudades, que se transforman as� en megal�polis, incapaces de garantizar unos m�nimos de servicios urbanos y sociales, unido todo ello a problemas de marginaci�n, guetos, delincuencia, violencia social, desempleo, etc., La segunda direcci�n de esta gran "marea humana" (WRIGHT y MacMANUS, 1992) se produce en forma de �xodo internacional que lleva a millones de personas a cruzar fronteras y mares hacia otros continentes a la b�squeda de mejores condiciones de vida, con lo cual se configuran nuevos escenarios sociales en los que coexisten diversidad de culturas y etnias, en los cuales se hacen patentes nuevos e importantes problemas. Estos problemas, asociados al extraordinario aumento de la poblaci�n, a los movimientos migratorios y a la end�mica situaci�n de pobreza de vastas zonas del mundo son bien conocidos: � El resurgir de nacionalismos, fundamentalismos y en general de actitudes racistas, xen�fobas, intolerantes y autoritarias, presentes tanto en pa�ses del Sur como del Norte y que constituyen una tendencia general que entra en contradicci�n frontalmente con la urgencia de afrontar los problemas de forma global. Y lo m�s grave es que esta tendencia se materializa en conflictos violentos y b�licos, a los que la comunidad internacional es incapaz de dar respuestas firmes y definitivas, tal como ha ocurrido recientemente en la ex-Yugoeslavia. � La expansi�n del narcotr�fico y de las mafias internacionales que comercian con drogas y armas, que en algunos pa�ses se consolidan como poderes paralelos que amenazan la estabilidad y la integraci�n de los estados, as� como la calidad de vida y la salud de sus ciudadanos. � La aparici�n de nuevas enfermedades, como el SIDA, de gigantescas proporciones y con tendencia a aumentar, y ante las cuales la ciencia se siente impotente para buscar soluciones y remedios. Militarismo Asociado a los problemas de desorden internacional generalizado, se encuentra el de los gastos militares y de la carrera de armamentos. Mientras que el sector de la producci�n de armamentos sea un sector lucrativo y haya pa�ses que fundamenten su desarrollo en la industria b�lica y consiguientemente estimulen intercambios con este comercio de muerte, fomentando su consumo, obviamente los problemas de subdesarrollo jam�s desaparecer�n. Resulta aberrantemente contradictorio que: � En el mundo haya un soldado por cada 43 habitantes, cuando s�lo hay un m�dico por cada 1.030. � Los gastos militares crezcan m�s r�pidamente que el Producto Nacional Bruto, hasta el punto de que en los pa�ses en desarrollo se gasta m�s en ellos que en sanidad, educaci�n y en medidas que favorezcan el crecimiento econ�mico interno, al mismo tiempo que originan fuertes endeudamientos de los que resulta muy dif�cil salir. � Las cifras totales que los pa�ses desarrollados destinan a la ayuda del Sur, supone �nicamente un 15 % de lo que gastan en armamentos y equivale a lo que se gasta en todo el mundo en armas en 18 d�as. No obstante, el problema del militarismo, como es sabido, no se reduce al del gasto in�til de destrucci�n, sino tambi�n y en concreto a los da�os y agresiones que provocan en el medio ambiente y en la especie humana: muertes, mutilaciones, enfermedades, secuelas f�sicas y psicol�gicas, exterminio de ecosistemas, destrucci�n de recursos. Una vez m�s percibimos la imposibilidad de afrontar el desaf�o de la Paz internacional, si a la vez no se modifican de ra�z as condiciones que la impiden. Las patolog�as del ser humano actual "�Qu� es ser adulto, idealmente hablando?. Es avenirse a determinados sacrificios, renunciar a las pretensiones desorbitadas, aprender que m�s vale derrotar los propios deseos antes que el orden del mundo (Descartes). Es descubrir que el obst�culo no es la negaci�n sino la condici�n misma de la libertad, la cual si no encuentra trabas, no es m�s que un fantasma, un capricho vano, puesto que tampoco existe si no es a trav�s de la igual libertad de los dem�s fundada en la ley. Es reconocer que uno nunca se pertenece completamente, que en cierto modo se debe al otro que socava nuestra pretensi�n a la hegemon�a. Es comprender por �ltimo que hay que formarse transform�ndose, que uno se fabrica siempre contra s� mismo, contra el ni�o que fue, y que, al respecto, cualquier educaci�n, hasta la m�s tolerante, es una prueba que uno se inflige para desprenderse de la inmediatez y de la ignorancia..." BRUCKNER, P. "La tentaci�n de la inocencia" Siguiendo el excelente y fino an�lisis que hace Bruckner, afirmamos con �l, que el ser humano actual es un ser afectado por una doble patolog�a: el infantilismo y la victimizaci�n. Por infantilismo hay que entender la manifiesta incapacidad de asumir responsabilidades como consecuencia de una continuada y enfermiza dependencia de los dem�s. Es lo que en palabras de Fromm podr�a denominarse "el miedo a la libertad" o el expreso inter�s de convertir la existencia individual en un proceso incesante de satisfacci�n de deseos mediados por la necesidad de un padre benefactor o un l�der carism�tico. Siguiendo textualmente a Bruckner el infantilismo es "la transferencia al seno de la edad adulta de los atributos y privilegios del ni�o... ...el deseo de ser sustentado sin verse sometido a la m�s m�nima obligaci�n... ...podr�a resumirse en �no renunciar�s a nada!" El infantilismo, por su naturaleza dependiente y por hacer responsables a otros del destino del sujeto, se caracteriza adem�s por dos s�ntomas esenciales: por un lado hace a los sujetos dependientes incapacit�ndolos para tomar decisiones, asumir responsabilidades, elaborar proyectos y en definitiva tomar las riendas de su propio destino, es decir, el sujeto se objetualiza, se cosifica por la voluntad de otros, pero por otro lado desarrolla en �l mecanismos de rechazo a cualquier tipo de obst�culo que se oponga a la realizaci�n inmediata de sus deseos, estimula y desarrolla en �l la intolerancia m�s absoluta a cualquier tipo de frustraci�n, hasta el punto de convertirse en objeto dominador. El infantilismo en suma es una patolog�a psicosocial que oscila entre el sadismo y el masoquismo: sadismo en cuanto que cosifica y objetualiza al otro consider�ndolo como mero instrumento para saciar su voracidad de deseos y masoquismo en cuanto que se muestra incapaz de tomar decisiones responsables y prefiere que otros las tomen por �l. Paralelamente la victimizaci�n es una especie de sentimiento colectivo, dominante en las sociedades del Norte, consistente en considerarse especialmente discriminado, marginado o injustamente tratado, transformando este sentimiento en una especie de salvoconducto o de permiso legal para poder demandar a los dem�s cualquier tipo de exigencia restauradora de la supuesta injusticia que lo caracteriza como v�ctima. Es la tendencia y la aspiraci�n colectiva a "pasar por desgraciado", a quejarse permanentemente, a sentirse permanentemente discriminado, a sentirse en definitiva v�ctima y por tanto estar incapacitado para poder resolver su situaci�n si no es mediante su transformaci�n en verdugo. Es en suma otra forma de traducir la aversi�n a asumir las responsabilidades que se derivan de nuestro rol de sujetos. Estas dos patolog�as generales se concretan a su vez en todo un conjunto de patolog�as espec�ficas, entre las que cabr�a se�alar las siguientes: 1.- Dimisionismo "�Qu� es la generaci�n de los a�os 60?... ...lo �nico que esa generaci�n indulgente se propuso transmitir a sus hijos fue el rechazo de la autoridad asimilada a la arbitrariedad. Y los v�stagos del baby boom su carencia en dogma, su indiferencia en virtud, su dimisi�n en el no va m�s de la pedagog�a liberal. Supremac�a de los pap�s amiguetes, de las mam�s coleguis, rechazando cualquier diferencia entre ellos y sus v�stagos y ofreci�ndoles un �nico credo ultrapermisivo: �haz lo que te plazca!... ...creyendo alumbrar una humanidad nueva, han fabricado seres ansiosos, desamparados, a menudo tentados por el conservadurismo a fin de compensar ese abandono... ...Para... los chicos y las chicas de hoy, todo fue adquirido y no conquistado y en eso estriba el drama de las educaciones demasiado liberales, sin prohibici�n ni enmarcamiento, en que no son educaciones..." La consecuci�n de mayores cotas de bienestar individual y social; la irrefrenable tendencia consumista y la conciencia de que la soluci�n de los problemas �nicamente es posible desde la perspectiva individual, ha llevado a las j�venes generaciones de la d�cada de los sesenta a "dimitir" de los extendidos ideales de transformaci�n de la sociedad. De las perspectivas liberadoras en educaci�n, de comienzos de los setenta, hemos pasado hoy las tendencias preventivas. De la pedagog�a de la liberaci�n interior y exterior hemos pasado a las pedagog�as de la prevenci�n de la "man�as", de la consideraci�n de la Educaci�n como una fuerza para transformar la realidad y para preparar a los individuos para que ejerzan su papel de sujetos de la historia, hemos pasado a un concepto de Educaci�n mucho m�s restringido, el de suministradora de titulaciones para adaptarse a un mundo lleno de problemas y manejado por fuerzas que escapan a nuestro control. En otras palabras: de la Educaci�n como medio para transformar el mundo al mismo tiempo que nos transformamos nosotros, hemos pasado al poder como fin para sobrevivir en un mundo que nos transforma a nosotros y al que hay irremisiblemente que adaptarse. Y esto es especialmente significativo en el caso de la familia. De los modelos parentales fundamentados en la autoridad, de la claridad y transparencia de las normas, aunque �stas estuviesen impuestas autoritariamente hemos pasado a posiciones de "dejar hacer". Hemos pasado de tener muchas normas a no tener ninguna, con lo cual progresivamente hemos ido dimitiendo de aquellos papeles que nos hacen espec�ficamente humanos: nuestro papel de educadores, de seres sociales y de sujetos activos de la historia. El proceso de dimisi�n de la familia de sus funciones socializadora y educadora por un lado y la ausencia de modelos de valor potentes para las j�venes generaciones por otro (SAVATER, F.; 1997), adem�s de las importantes lagunas de expectativas laborales, se traducen en graves e importantes disfunciones en los sistemas educativos, cada vez m�s impotentes e incapaces de responder coherentemente a estos problemas, con lo cual los modelos de ser humano socialmente dominantes carecen de contrarr�plica. Esta patolog�a tiene tambi�n importantes consecuencias en el �mbito socio-pol�tico, en cuanto que la sociedad aparece desarticulada, desmovilizada, y motivada por las grandes industrias del ocio, de la evasi�n y del escapismo. Frente a una sociedad articulada y capaz de encontrar respuestas a sus problemas, bien mediante el funcionamiento de sus instituciones o bien mediante la creaci�n de otras nuevas, nos encontramos a una sociedad que dimite de sus funciones autorreguladoras, en cuanto que los mecanismos de actuaci�n dominantes residen en la evasi�n de responsabilidades y en la delegaci�n del poder de decisi�n individual. 2.- Desorientaci�n Una sociedad desorientada es aquella que o bien ha perdido la br�jula de su desarrollo o bien es incapaz de dotarse de los mecanismos necesarios para su navegaci�n hacia el desarrollo m�s cualitativo y sostenible. Cuando existe incapacidad para contestar la realidad presente y para definir con precisi�n el lugar exacto hacia donde queremos ir, se ponen en marcha las concepciones del fin de la historia. Cuando no existe otro horizonte que un modelo �nico de desarrollo es porque est� en crisis el pensamiento radical generador de alternativas viables que partiendo de las ra�ces de los problemas puedan concretarse en proyectos concretos y posibles. Hace tan s�lo unas d�cadas sab�amos que el planeta estaba hasta un cierto punto estabilizado. Viv�amos el equilibrio de la disuasi�n del terror de la carrera de armamentos y de la guerra fr�a y parad�jicamente, ciertos pa�ses de nuestro viejo globo, ve�an de alg�n modo posibilidades de esperanza y desarrollo en su horizonte m�s inmediato. A pesar de sab�amos defectos de uno y otro sistema, al menos ten�amos cierta conciencia y cierta esperanza de que desde las esferas pol�ticas y econ�micas eran posibles abrir nuevas v�as para soluci�n de los problemas del planeta. Sin embargo y afortunadamente la estrategia de los bloques desapareci� debido entre m�ltiples factores al fracaso e insuficiencias de un modelo burocratizado y gerontocr�tico incapaz de satisfacer las necesidades de su poblaci�n, pero despu�s de la bienvenida y deseada ca�da del muro, el �nico orden posible que se percibe en el horizonte es el del viejo capitalismo salvaje y depredador y ante el que nos encontramos inermes y desorientados: imposibilitados y empeque�ecidos para dar respuestas desde los postulados del liberalismo pol�tico a las exigencias, desequilibrios e injusticias que origina el m�s que viejo liberalismo econ�mico. Sin embargo esta desorientaci�n en lo global, o mejor dicho esta unidireccionalidad en el modelo de desarrollo va unida tambi�n a numerosos problemas de desorientaci�n psicol�gica muy frecuentes en nuestras sociedades: el estr�s, el aumento de las depresiones, la extensi�n de los comportamientos neur�ticos (angustias, obsesiones, fobias, man�as...), la proliferaci�n de personalidades escindidas y mani�ticas cuyo funcionamiento psicol�gico est� dominado por repetidas fases de entusiasmo desmedido y de melancol�as y depresi�n extremas y en general las actitudes de desmoralizaci�n, tanto en su acepci�n de falta de coraje, valor y vitalidad para afrontar retos hacer frente a los problemas colectivos, como en su significado de ausencia de normas, de "laissez-faire" de permisibilidad sin fijar con nitidez los l�mites de lo tolerable. Afortunadamente en el horizonte aparecen siempre luces que nos permiten apuntar posibilidades reales de soluci�n. El papel que hasta ahora vienen jugando los movimientos ecologistas, pacificistas, feministas e igualitaristas por la tolerancia y no discriminaci�n, as� como el gran n�mero de organizaciones no gubernamentales que trabajan en proyectos concretos de solidaridad y cooperaci�n, hacen visible la necesidad y la posibilidad de cambiar el actual modelo de desarrollo d�ndole otra orientaci�n cualitativamente diferente y que apunta no solamente al terreno de las revoluciones exteriores sino tambi�n al de las transformaciones interiores. En este sentido, y aunque las respuestas a la desorientaci�n nunca ser�n definitivas dado que la orientaci�n es un proceso permanente de descubrimiento y de ajuste a las dificultades, es cierto tambi�n que la desorientaci�n entra�a al mismo tiempo procesos patol�gicos suplementarios como ser�an el lamentacionismo y el caritativismo. Mediante el primero atribuimos siempre a los dem�s la causa de nuestros males exculp�ndonos de nuestras ineludibles responsabilidades; es como una especie de b�squeda permanente del causante de nuestras desgracias, como si nuestras actitudes y nuestros comportamientos cotidianos no tuviesen ninguna relaci�n con nuestra propia situaci�n; es en suma la huida de cualquier tipo de responsabilidad y de compromiso en la creencia de que hemos nacido �nicamente con derechos, o de que estos los hemos heredado gen�ticamente y que independiente de nuestra conducta individual y colectiva, siempre estar�n a nuestra disposici�n, como si los derechos no fuesen una construcci�n hist�rica sujeta a cambios y regulada por procesos de negociaci�n y mediaci�n colectivos. El lamentacionismo consiste en definitiva en sentirse y comportarse como si no tuvi�semos ning�n deber y tuvi�semos graciosamente el beneficio de todos los derechos. De la desorientaci�n surge tambi�n el caritativismo o actitud consistente en ayudar a los dem�s originando en ellos una situaci�n dependencia, ayudar sabiendo que tengo enfrente "un" otro desheredado que me hace a "m�" ser bueno y bondadoso por ayudarle, y que por tanto le necesito para que yo pueda justificarme. El caritativismo es la incapacidad para el pensamiento cr�tico y radical, en cuanto que se fija �nicamente en las consecuencias de los problemas y no en sus causas, y en cuanto que prefiere movilizarse en proyectos filantr�picos lejanos ignorando los problemas y necesidades cotidianas y cercanas, ser�a como una especie de "caridad a 200 millas" (PETRAS. 1996) que se queda autocomplacida con la ayuda sin sacrificio, con la ayuda sin esfuerzo y sin reflexi�n por concretar aqu� y ahora las respuestas a los problemas de nuestro entorno m�s cercano. 3.- Conformismo El conformismo es la actitud del ser humano contempor�neo consistente en aceptar sin m�s, el actual orden de cosas establecido perdiendo la capacidad de rebeli�n y de desobediencia ante las injusticias y los desequilibrios objetivos producidos por la desigualdad en el ejercicio de los derechos humanos. Es una actitud de pesimismo existencial que lleva a considerar la inutilidad de cualquier esfuerzo por rebelarse ante lo dado, es el "no vale la pena hacer nada" ante la magnitud de la tarea, es en suma la negaci�n de la posibilidad del cambio y de la existencia de alternativas concretas para la soluci�n de los problemas. Al mismo tiempo esta actitud predominantemente ideol�gica se complementa tambi�n con posiciones psicol�gicas insostenibles producto del perfil del "homo consumens" ya mencionado. El conformismo moderno se manifiesta como una permanente obsesi�n por considerarse diferente y descubrirse corriente, oscilando continuamente entre varios polos que originan comportamientos esquizoides: 1. La necesidad de aprobaci�n por parte de otros y el desprecio de los dem�s: el otorgamiento de valor a otros como legitimaci�n de mi propio valor, y la supresi�n del valor a otros por considerarme yo m�s valioso. 2. El deseo de rebelarse, de protestar de reivindicar e incluso de organizarse para ello y la angustia de sentirse minor�a, de sentirse rid�culo: la falta en suma de una equilibrada autoestima y de un sano pensamiento asertivo. 3. El expreso inter�s de autosuficiencia y autonom�a, el deseo de valerse por s� mismo y no necesitar ni depender de nadie y la angustia y el temor originados como consecuencia de "no ser necesitados por nadie", de sentirse solo. 4. El esfuerzo reiterado por autoafirmarse y diferenciarse de los dem�s, de poner el mayor �nfasis en lo que tenemos de original, seguido de la demanda de aceptaci�n por parte de otros: querer ser diferente y aceptado, sin asumir ning�n riesgo. 4.- Identidismo Por identidismo entendemos la sobrevaloraci�n de lo propio frente a lo ajeno. Es como un sentimiento de exclusividad de que lo �nico importante es aquello que nos caracteriza como diferente frente a los dem�s. Es una valoraci�n de las caracter�sticas propias, ya sea individuales o colectivas como grupo humano, no como producto del esfuerzo personal o colectivo y que ha ido dando sus frutos a lo largo del tiempo, sino como algo que nos define en oposici�n a los dem�s y en posici�n de superioridad frente a ellos. Es, por decirlo en otras palabras, la exhalaci�n del m�s vulgar de los chauvinismos y de los patrioterismos y en el fondo el desprecio por el m�s b�sico de todos los derechos: el de la igualdad de la dignidad y derechos de toda la especie humana. Este sentimiento individual o colectivo es el que permite: 1. Que se asocie lo diferente, lo diverso y lo heterog�neo con discriminaci�n y desigualdad: es un sentimiento etnoc�ntrico que sobredimensiona las virtualidades de las caracter�sticas de un pueblo, ensalzando las propias y humillando las ajenas. 2. Que se convierta lo diverso y lo diferente en victimizaci�n y que consecuentemente al creerse mejores y adem�s v�ctimas de males reales o imaginarios amplificados, sirven de germen para el nacimiento de los fascismos m�s fanatizados y de coartada para la mayores tropel�as. 5.- Man�as El ser humano moderno al estar comprometido en numerosos proyectos de diversi�n, de consumo y de huida en los que desesperadamente busca la felicidad acaba por no tener tiempo para s� mismo, para descubrirse y dialogar abiertamente con la persona que lleva dentro, acaba por no por no poder reflexionar sobre su sentido y el significado de su existencia. En la incesante b�squeda por llenar un vac�o interior descubre otro vac�o interior mucho m�s grande todav�a y as� aparecen los comportamientos mani�ticos, obsesivos y compulsivos. Su voracidad, su irrefrenable deseo de consumo asociado a su obsesi�n de insatisfacci�n permanente, hace de su vida un ciclo interminable de fases de extraordinario entusiasmo seguidas de fases de melancol�a y as� en nuestras sociedades, la culpabilidad por tener demasiado est� tambi�n asociada a la ansiedad y al miedo a carecer de lo esencial. |