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La biografía de Juan Pablo Rojas Paúl

 

 

     
 

Revista Zeta. Caracas, 26 de mayo, 2006

 

EL SÃO PAULAZO

Una insurrección carcelaria convertida en poblada en São Paulo, paralizó por una semana a la mayor ciudad de Suramerica y dejó en evidencia la decisión de Lula de militarizar al país ante una amenaza a su seguridad proveniente de un enemigo interno…

 

Según las versiones oficiales más recientes, fueron cerca de 300 las personas fallecidas a raíz de la sucesión de actos de guerra urbana que conmovieron a São Paulo dos semanas atrás. El tema que inicialmente fue asumido por la prensa como una más de las recurrentes explosiones de violencia carcelaria que afectan al continente, adquirió  inmediatas dimensiones de alta preocupación sobre el nivel de deterioro del control del orden público en las megaciudades brasileñas.

Según las diversas versiones, el detonante del Paulazo estuvo en manos de una organización criminal denominada Primeiro Comando da Capital PCC, liderizado desde la cárcel por Marcos Willians Herbas Camacho, conocido por el alias de “Marcola”. De acuerdo con estimaciones difundidas por la prensa brasileña, Marcola controla un virtual ejército de medio millón de integrantes, los cuales se encuentra distribuidos en las distintas cárceles del país y en las calles de las principales ciudades, teniendo como epicentro a São Paulo. El alzamiento simultáneo en más de sesenta cárceles de varias regiones del país, llevó incluso a la destrucción de tres establecimientos penitenciarios en el estado de Mato Grosso do Sul a manos de los presos. Lo que comenzó al parecer como una protesta contra el traslado de presos hacia cárceles de alta seguridad, devino primero en una prueba de fuerza por parte del PCC contra el Estado, y luego en una violenta poblada. La información sobre los traslados de presos aún no era pública al momento de producirse la rebelión carcelaria, y había sido sólo mencionada por funcionarios policiales ante una comisión parlamentaria reunida en privado, con lo cual el PCC demostró su capacidad de infiltrarse en altos niveles del aparato estatal.

Grupos armados callejeros atacaron desde el viernes 12 de mayo diversas instalaciones policiales y edificios públicos, razón por la cual los primeros reportes de los hechos daban cuenta de un alto porcentaje de agentes policiales entre los fallecidos. Al comenzar la nueva semana los ataques alcanzaron a lujosos centros comerciales, la clase media paulista se comunicaba entre sí por emails y blogs que reseñaban las historia de horror personal vividas, mientras la palabra “guerra” comenzaba a ser utilizada abiertamente por los jefes de la policía del estado, la cual en la legislación brasileña es denominada Policía Militar.

 

El papel de los militares

En medio del estallido, las noticias desde São Paulo daban cuenta de la salida apresurada de personas de la ciudad, del cierre del comercio y la paralización del transporte. Los niños no fueron a clases, importantes vías estaban cerradas con hogueras, mientras las autoridades bloqueaban el servicio de telefonía celular para cercar comunicacionalmente las cárceles y entraban en negociaciones con Marcola. En tanto, el presidente Lula da Silva desde Viena, ofreció al gobernador de São Paulo -el oposicionista Claudio Lembo- el envío de personal de seguridad no castrense de organizaciones federales tales como la Policía Federal,  la Força Nacional (suerte de Fuerza de Paz para uso interno creada con apoyo de la ONU)  y personal de las agencias de inteligencia. Pero el ofrecimiento presidencial incluía también el envío de tropas del ejército, con lo cual quedó al desnudo uno de los temas más difíciles de la política de seguridad brasileña. El gobernador Lembo consideró que los órganos policiales estadales podían reestablecer la normalidad en su estado, por lo cual el gobierno federal se abstuvo de desplegar su personal de seguridad, pero quedó en evidencia la rápida disposición del gobierno Lula a utilizar la fuerza militar para atender situaciones de orden público interno. La noticia no era nueva, en tanto que ya en el mes de marzo de este año, el gobierno Lula desplegó cerca de 1.400 soldados del Ejército en varias favelas de Río de Janeiro, cumpliendo una operación de búsqueda de armas de guerra. En esa ocasión se produjeron enfrentamientos armados entre la tropa y bandas que controlan los morros cariocas.

Oficialmente tras el regreso de la democracia a Brasil, la elite política ha insistido en delimitar el rol de las fuerzas armadas, aislándolas de tareas policiales y rechazando el papel de guardianes del orden interno. El fantasma de las teorías del “enemigo interno” que  han servido para justificar las prácticas represivas de los gobiernos militares, hizo que el primer documento oficial sobre política de seguridad  elaborado en democracia, bajo el mandato de Fernando Henrique Cardoso, limitara el rol de los militares a enfrentar amenazas externas a la seguridad. Esa directriz fue cambiada por el actual gobierno izquierdista, el cual estableció implícitamente que las fuerzas militares se ocuparían también de amenazas internas, y de hecho, el ofrecimiento de Lula al gobernador de São Paulo está encuadrado en esa doctrina de actuación militar. Teorías y doctrinas aparte, las fuerzas armadas brasileñas jamás han abandonado el rol de curadoras de las restantes instancias de seguridad federal, incluso durante el mandato de Cardoso.

Haiti es aquí…

En su famosa canción “Haití”, el bahiano Caetano Veloso hizo en los años sesenta del siglo pasado, una comparación entre Haití y Brasil para concluir que “Haití es aquí” y “Haití no es aquí”. La canción de Veloso narraba las porradas que  soldados casi todos negros daban en la nuca a malandros negros, ladrones mulatos y otros casi blancos tratados como negros. Curiosamente el PAULAZO de mediados de mayo puso una vez más en referencia a Haiti y Brasil.

Cuando en el 2004 las Naciones Unidas aprobaron el envío de una fuerza multinacional a Haiti, el gobierno brasileño aceptó formar parte de esa misión atendiendo a dos razones centrales: participar en una acción de la ONU fortalecía su figura de potencia regional con aspiraciones de jugador geopolítico mundial y, a la vez, le permitiría entrenar tropas del ejercito en tareas de  control de orden público interno en áreas urbanas marginales. Sólo dos años después las tropas brasileñas debieron poner en práctica en Rio de Janeiro las lecciones aprendidas durante la estadía en Haití. En la operación militar de marzo de 2006 en Río -según fuentes oficiales- entre los soldados desplegados se encontraba más de cien “veteranos de Haití” que ya habían regresado de su misión de patrullaje en barrios de Puerto Principe, descritos  como análogos a las favelas cariocas en violencia y miseria .

Mientras los militares brasileños están presionando para fortalecer la frontera con Bolivia en previsión de un enemigo externo, el Paulazo ha hecho renovar los temores y planes para confrontar las amenazas internas a la seguridad pública. Y el izquierdista Lula demostró que no dudará en mandar tropa a las calles… 

 

 

 

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