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EL SÃO
PAULAZO
Una insurrección carcelaria convertida en poblada en
São Paulo, paralizó por una semana a la mayor ciudad de Suramerica y dejó en
evidencia la decisión de Lula de militarizar al país ante una amenaza a su
seguridad proveniente de un enemigo interno…
Según las versiones oficiales más recientes, fueron
cerca de 300 las personas fallecidas a raíz de la sucesión de actos de
guerra urbana que conmovieron a São Paulo dos semanas atrás. El tema que
inicialmente fue asumido por la prensa como una más de las recurrentes
explosiones de violencia carcelaria que afectan al continente, adquirió
inmediatas dimensiones de alta preocupación sobre el nivel de deterioro del
control del orden público en las megaciudades brasileñas.
Según las diversas versiones, el detonante del
Paulazo estuvo en manos de una organización criminal denominada
Primeiro Comando da Capital PCC, liderizado desde la cárcel por Marcos
Willians Herbas Camacho, conocido por el alias de “Marcola”. De acuerdo con
estimaciones difundidas por la prensa brasileña, Marcola controla un virtual
ejército de medio millón de integrantes, los cuales se encuentra
distribuidos en las distintas cárceles del país y en las calles de las
principales ciudades, teniendo como epicentro a São Paulo. El alzamiento
simultáneo en más de sesenta cárceles de varias regiones del país, llevó
incluso a la destrucción de tres establecimientos penitenciarios en el
estado de Mato Grosso do Sul a manos de los presos. Lo que comenzó al
parecer como una protesta contra el traslado de presos hacia cárceles de
alta seguridad, devino primero en una prueba de fuerza por parte del PCC
contra el Estado, y luego en una violenta poblada. La información sobre los
traslados de presos aún no era pública al momento de producirse la rebelión
carcelaria, y había sido sólo mencionada por funcionarios policiales ante
una comisión parlamentaria reunida en privado, con lo cual el PCC demostró
su capacidad de infiltrarse en altos niveles del aparato estatal.
Grupos armados callejeros atacaron desde el viernes 12
de mayo diversas instalaciones policiales y edificios públicos, razón por la
cual los primeros reportes de los hechos daban cuenta de un alto porcentaje
de agentes policiales entre los fallecidos. Al comenzar la nueva semana los
ataques alcanzaron a lujosos centros comerciales, la clase media paulista se
comunicaba entre sí por emails y blogs que reseñaban las historia de horror
personal vividas, mientras la palabra “guerra” comenzaba a ser utilizada
abiertamente por los jefes de la policía del estado, la cual en la
legislación brasileña es denominada Policía Militar.
El papel de los militares
En medio del estallido, las noticias desde São Paulo
daban cuenta de la salida apresurada de personas de la ciudad, del cierre
del comercio y la paralización del transporte. Los niños no fueron a clases,
importantes vías estaban cerradas con hogueras, mientras las autoridades
bloqueaban el servicio de telefonía celular para cercar comunicacionalmente
las cárceles y entraban en negociaciones con Marcola. En tanto, el
presidente Lula da Silva desde Viena, ofreció al gobernador de São Paulo -el
oposicionista Claudio Lembo- el envío de personal de seguridad no castrense
de organizaciones federales tales como la Policía Federal, la Força
Nacional (suerte de Fuerza de Paz para uso interno creada con apoyo de la
ONU) y personal de las agencias de inteligencia. Pero el ofrecimiento
presidencial incluía también el envío de tropas del ejército, con lo cual
quedó al desnudo uno de los temas más difíciles de la política de seguridad
brasileña. El gobernador Lembo consideró que los órganos policiales
estadales podían reestablecer la normalidad en su estado, por lo cual el
gobierno federal se abstuvo de desplegar su personal de seguridad, pero
quedó en evidencia la rápida disposición del gobierno Lula a utilizar la
fuerza militar para atender situaciones de orden público interno. La noticia
no era nueva, en tanto que ya en el mes de marzo de este año, el gobierno
Lula desplegó cerca de 1.400 soldados del Ejército en varias favelas de Río
de Janeiro, cumpliendo una operación de búsqueda de armas de guerra. En esa
ocasión se produjeron enfrentamientos armados entre la tropa y bandas que
controlan los morros cariocas.
Oficialmente tras el regreso de la democracia a Brasil,
la elite política ha insistido en delimitar el rol de las fuerzas armadas,
aislándolas de tareas policiales y rechazando el papel de guardianes del
orden interno. El fantasma de las teorías del “enemigo interno” que han
servido para justificar las prácticas represivas de los gobiernos militares,
hizo que el primer documento oficial sobre política de seguridad elaborado
en democracia, bajo el mandato de Fernando Henrique Cardoso, limitara el rol
de los militares a enfrentar amenazas externas a la seguridad. Esa directriz
fue cambiada por el actual gobierno izquierdista, el cual estableció
implícitamente que las fuerzas militares se ocuparían también de amenazas
internas, y de hecho, el ofrecimiento de Lula al gobernador de São Paulo
está encuadrado en esa doctrina de actuación militar. Teorías y doctrinas
aparte, las fuerzas armadas brasileñas jamás han abandonado el rol de
curadoras de las restantes instancias de seguridad federal, incluso durante
el mandato de Cardoso.
Haiti es aquí…
En su famosa canción “Haití”, el bahiano Caetano Veloso
hizo en los años sesenta del siglo pasado, una comparación entre Haití y
Brasil para concluir que “Haití es aquí” y “Haití no es aquí”. La canción de
Veloso narraba las porradas que soldados casi todos negros daban en la nuca
a malandros negros, ladrones mulatos y otros casi blancos tratados como
negros. Curiosamente el PAULAZO de mediados de mayo puso una vez más en
referencia a Haiti y Brasil.
Cuando en el 2004 las Naciones
Unidas aprobaron el envío de una fuerza multinacional a Haiti, el gobierno
brasileño aceptó formar parte de esa misión atendiendo a dos razones
centrales: participar en una acción de la ONU fortalecía su figura de
potencia regional con aspiraciones de jugador geopolítico mundial y, a la
vez, le permitiría entrenar tropas del ejercito en tareas de control de
orden público interno en áreas urbanas marginales. Sólo dos años después las
tropas brasileñas debieron poner en práctica en Rio de Janeiro las lecciones
aprendidas durante la estadía en Haití. En la operación militar de marzo de
2006 en Río -según fuentes oficiales- entre los soldados desplegados se
encontraba más de cien “veteranos
de Haití” que ya habían regresado de su misión de patrullaje en barrios de
Puerto Principe, descritos como análogos a las favelas cariocas en
violencia y miseria .
Mientras los militares brasileños están
presionando para fortalecer la frontera con Bolivia en previsión de un
enemigo externo, el Paulazo ha hecho renovar los temores y planes para
confrontar las amenazas internas a la seguridad pública. Y el izquierdista
Lula demostró que no dudará en mandar tropa a las calles…
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