TREINTA POR CUARENTA

Mi vida no es que sea especialmente interesante, para qué nos vamos a engañar. Tengo 25 años, una carrera empezada pero no terminada, un trabajo que me llena horas y horas de mi existencia y no me llena nada el bolsillo,  y como es lógico a mi edad: sigo viviendo con mis padres. Se me había olvidado decir que me llamo Carlota y que mi vida amorosa es un desastre, no he logrado durar con un chico más de dos meses. Aunque no me puedo quejar, al menos he salido con unos cuantos especimenes del sexo débil muy variopintos entre sí (¿quién me va a discutir que no son ellos el sexo débil?), pero la verdad es que no me he enamorado jamás. Totalmente al contrario que mi mejor amiga, Sara. ¡Y pensar que hasta hace poco me daba vergüenza reconocer que perdí la virginidad a los diecinueve años! Ella viene a ser una monja de clausura sin hábito. Nunca ha salido con ningún hombre y no precisamente porque no le lluevan las ofertas (siempre que salimos de marcha se la quieren ligar unos cuantos, pero ella los rechaza a todos), sino porque diez años atrás un ser angelical irrumpió en su tierno corazoncito de adolescente y ya jamás ha salido de ahí.

Todo empezó en 1989, el último año de esa fantástica década, a mi parecer, que fueron los 80. Sara y yo por aquel entonces contábamos con 15 años, al igual que nuestro amigo Francisco, más conocido como Paco. Los tres nos conocíamos desde nuestra más tierna infancia, por lo menos desde tercero del mítico EGB de entonces y nos llevábamos a las mil maravillas. Éramos una pandilla de tres y con tres ya bastábamos. Todo lo hacíamos juntos, desde el gamberro en clase (menudos cotorras estábamos hechos) hasta las fiestas de cumpleaños (curiosamente los tres nacimos en marzo). Pero ya me remonto demasiado al pasado, volvamos a 1989, concretamente a la primavera de ese año.

En aquella época estábamos acabando primero de BUP y nos encontrábamos en pleno fulgor adolescente. Tanto que yo estaba bastante más concentrada en los chicos que en las lecciones de lengua o matemáticas. En cambio Sara seguía con sus buenos hábitos, era una empollona nata, nada ni nadie la desconcentraba, o eso creía ella. Fui la primera en darme cuenta que estaba  cambiando esa fraternal relación con Paco por algo más profundo. Un día que le pregunté por ello reconoció que el chico le daba tilín, pero ese tilín se acabó convirtiendo en un gran tolón , es decir, en su primer amor.

Yo que para estas cosas siempre he sido muy viva y que creo que mi vocación frustrada es la de ser alcahueta, me fui ni corta ni perezosa a hablar con el objeto de deseo de Sara y le sonsaqué algo así como: “Sara me cae muy bien, es una tía genial”. Si solo me hubiera dicho eso hubiera pensado que mi mejor amiga lo tenía muy difícil para ser correspondida, pero el corte que le sobrevino a Paco al preguntarle por Sara y ese rubor en las mejillas que acompañó la frase me demostraron lo contrario, al chaval le gustaba tanto ella, como ella a él. Ahora sólo hacía falta preparar el terreno para que cada uno confesara al otro lo que sentía (y digo preparar el terreno, ya que hacía falta una mano amiga como la mía para que esos sentimientos llegaran a algo más, los dos eran demasiado tímidos y orgullosos para “confesar” sin ayuda).

Con todo lo acaecido ya habíamos llegado a junio, ya se acababa el curso (Por cierto, los tres aprobamos en curso, Paco y Sara con buenas notas y yo con recuperaciones en septiembre, por lo tanto en esa época aún no sabía si iba a pasar de curso, aunque tampoco me iba la vida en ello) y yo a principios de julio me iba un mes con mi familia al pueblo, así que tenía quince días para convencer a mis amigos de las ventajas del amor y de que era importante que dijeran lo que sentían ya. Y si no tenía suficiente tiempo, ya llegaría agosto.

Pero un hecho inesperado cambió mis planes  y quizás la vida de mi mejor amiga para siempre. Paco nos anunció que se iba a vivir a Estados Unidos con su familia permanentemente. A las dos se nos cayó el mundo encima, sobre todo a Sara. Pero lo más traumático no fue enterarnos del triste acontecimiento en sí, sino de la fecha de su partida. En un principio debían de irse a principios del año siguiente, pero el precipitado ascenso de su padre y otros detalles que no logro recordar hicieron que la fecha de su partida fuera ni más ni menos que ¡el 1 de julio! Es decir, que faltaban exactamente once días para la fatídica jornada de despedida y Sara aún no se había sincerado con el chico a quién quería.

Así que yo, la celestina por excelencia, tuve que convencer, al menos a Sara, para que le dijera a Paco lo que sentía por él, por lo menos para que el chico lo supiera y quién sabe, quizás en un futuro no muy lejano reencontrarse para empezar una verdadera relación amorosa.

Me fue difícil, pero conseguí que mi amiga se atreviera a declararse a Paco. Era el 30 de junio, solo quedaban dos días para la marcha definitiva de Paco y los dejé solos en la plaza donde quedábamos  siempre los tres, con la excusa de que debía de hacer unos recados. Esa misma noche llamé a Sara y me dijo que no se atrevió a decirle “eso tan importante”, pero que no me preocupara, que al día siguiente se lo diría todo. El 31 de junio llegó y sería el último día que pasaríamos los tres juntos, así que lo aprovechamos al máximo, quedamos a las ocho de la mañana y nos despedimos por la noche. Fue una jornada inolvidable, no tengo palabras para describirla. Sobre las diez de la noche yo ya me fui, con lágrimas enormes en los ojos y con la promesa que escribiría a mi querido Paco cada semana, además de con la idea de que Sara se declararía al chico de sus sueños, con lo que podría marchar tranquila al pueblo la mañana siguiente, sabiendo que Sara habría cumplido su sueño.

Pero resultó que mi buena amiga, debido a los nervios y al pánico que la situación le producía no dijo nada de lo que tenía que decir y se despidió de su querido Paco con la promesa que al día siguiente iría a su casa a decirle el último adiós (y a confesarle lo que sentía por él). Y así llegó el día 1. Sara se levantó tempranísimo (si es que había dormido algo esa noche) para arreglarse como nunca se arreglaba y justo a las siete de la mañana salió de su casa para encontrarse con Paco. Cuando llegó, la familia estaba cargando las maletas en el coche y se disponía a partir. Sara corrió hacia Paco, se abrazó a él y solo le restó tiempo para llorar unos segundos sobre su camiseta nueva y pronunciar un tímido “adiós”, al igual que hizo él. Entonces Paco besó a Sara en la mejilla y subió al coche, pero faltaba lo más importante, la declaración de la chica. En el momento en que esta reaccionó fue justo cuando el coche se puso en marcha, entonces empezó a correr detrás del vehículo tan rápido como pudo, mientras él no dejaba de mirarla por el cristal trasero y le hacía señales de adiós con las manos. O ahora o nunca, Sara respiró hondo y gritó “te quiero”, tan fuerte como su alma le dejó, mientras el coche se alejaba y Paco se giraba para dejar de mirarla. Jamás supimos si Paco captó el mensaje y si en realidad sintió lo mismo que Sara por él.

Y así fue pasando el tiempo. Al principio ambas nos carteábamos con Paco, yo tal como le prometí, semanalmente y Sara con cartas interminables a diario, en las que nunca le preguntó nada sobre lo ocurrido el 1 de julio de 1989 ni sobre sus sentimientos. Poco a poco la periocidad de las cartas fue reduciéndose, ya fuere por la lentitud del correo postal o porque sin darnos cuenta nos estábamos haciendo mayores y ya no sabíamos que contarnos. Así en unos dos años dejé de tener contacto con Paco y Sara no tardó mucho más, a pesar de sus intentos por mantenerlo. Quizás si hubiéramos estado en la era de Internet las cosas hubieran sido distintas, pero claro, a principios de los 90 ni Internet ni planes telefónicos a precio de saldo para llamar al extranjero.

Y de estas manera pasaron diez años. Durante este tiempo pasé por muchas etapas y por las camas de unos cuantos chicos (bueno, camas más bien pocas), aunque esa es otra historia. Durante una década Sara no tenía  en mente otra cosa que no fuera Paco. Seguía con su vida, acabando una carrera , encontrando un buen empleo e independizándose de su familia (como la envidio por todo eso), pero a pesar de esta aparente normalidad y de la lucidez que la caracterizaba, ella estaba e otro mundo, en el mundo de su idolatrado Paco, un chaval de 15 años, del que ella se enamoró también a esa edad y que ya tenía 25 años aunque para ella siguiera siendo el mismo que el de diez años atrás. Estaba enamorada de un fantasma, de alguien que ya no existía, de alguien que presidía su dormitorio con una foto de treinta por cuarenta centímetros con marco de madera pintada en azul encima de la mesita de noche. Intenté convencerla de que lo olvidara, de que hacía ocho años que no sabíamos nada de el y por lo tanto ya no sería el mismo, de que debía pensar en hombres de carne y hueso y no en espíritus de un pasado que ya no volvería... Pero era inútil, Sara había idealizado a Paco, pero no el Paco de 1999, sino al que dejó dentro de un Ford Escort en 1989, a un crío de 15 años muy inteligente para su edad, algo tímido y con una voz harta de proyectar gallos.

Pero un día Sara recibió una extraña llamada telefónica. Una voz masculina que se hacía llamar Frank le dijo que había llamado a su “casa de antes” y le habían dicho que Sara se había emancipado, dándole el teléfono de su nuevo piso, a donde ahora estaba llamando. Mi amiga al principio no entendió nada y le dijo a su interlocutor que se había equivocado de número, pero entonces el tal Frank dijo: “Perdona Sara, es que ahora me suelen llamar Frank, pero soy Paco, Paco Pérez, tu amigo del cole”. Al oír estas palabras a Sara casi le da una taquicardia, estaba hablando con Paco, con su Paco, con el chico por el que llevaba suspirando diez años. No tuvo apenas tiempo para abrir la boca cuando el joven siguió hablando: “Pues esto, te llamaba para decirte que he vuelto a Barcelona para quedarme. Acabo de terminar un máster y me han ofrecido un buen empleo en la ciudad, así que he decidido volver a mi tierra. Tengo ganas de verte, ¿qué tal si quedamos mañana? Ah, llama a Carlota si seguís teniendo contacto, también tengo ganas de verla”. Sara no se lo podía creer, ¡Paco había vuelto y quería verla! La chica sólo tuvo fuerzas para decidir la hora y el lugar del encuentro, colgar y llamarme inmediatamente. Cuando me soltó lo de Paco yo tampoco me lo podía creer, quizás Sara tenía razón y había valido la pena esperar diez años de su vida para reencontrarse con él. Pero entonces un montón de preguntas rondaron mi cabeza ¿Y si Paco ya tenía novia o mujer? ¿Y si era gay? ¿Y si sencillamente no se sentía atraído por ella? Pensaba llamar a Sara para plantearle estas cuestiones, pero llegué a la conclusión que lo mejor que podía hacer era no entrometerme en nada y dejar que los acontecimientos siguieran su propio curso.

Y llegó el tan ansiado día. Como es costumbre en Sara, llegó puntualísima. Habíamos quedado a las seis y a las cinco ya estaba allí. Yo llegué a la hora normal y las dos nos dispusimos a esperar a Paco. Diez minutos más tarde se nos acerco un tipo de metro noventa, pelo negro y engominado, con gafas de sol de las caras y traje también de los caros: “Perdonad, ¿sois Sara y Carlota?”. Cuando vimos esa estampa casi nos da algo a las dos. Sara se quedó sin habla y yo solté un tímido “sí”, pensando en que método utilizaría para ligármelo, porqué eso si que era un tío bueno, a su lado Brad Pitt parecía un niñato. Cuando nos calmamos un poco nos dimos los típicos dos besos en la mejilla y fuimos a tomar un café.

Paco nos contó que sus diez años en Estados Unidos habían sido fantásticos, ya que había aprendido mucho y también se había enriquecido como persona. También nos dijo que ahora se hacía llamar Frank y que si no nos importaba prefería que lo llamáramos así. Eso de que nos fuera con exigencias de buenas a primeras no me dio mucha gracia, pero en fin, no todo podía ser perfecto. La tarde nos la pasamos oyendo un agradable monólogo suyo. Digo monólogo porque ni yo ni Sara apenas abrimos boca con la verborrea que tenía ese hombre. A eso de las nueve nos propuso ir a cenar invitando él. Yo pasé, más que nada para dejarle el camino libre a Sara y porque la verdad, me había dado cuenta de que ese tal Frank no se parecía en nada a nuestro amigo Paco, aunque es comprensible cambiar algo después de diez años.

Entonces Sara y Frank (aunque yo siga prefiriendo Paco) fueron a un restaurante de los caros (se ve que el nivel económico de nuestro amigo había mejorado y mucho durante los últimos años) y hablaron durante horas. Sara ya no estaba tan nerviosa como durante la tarde y ya se atrevió a soltar algo más que monosílabos. Serían las doce cuando los dos jóvenes salieron del restaurante. Entonces Frank propuso acompañar a Sara en coche y esta aceptó sin dudarlo. Y así mi amigo Paco Pérez llevó a Sara en su flamante descapotable rojo (definitivamente tenía un buen nivel económico). Al llegar a su destino Frank propuso a la chica volver a quedar al día siguiente, “pero esta vez solos”, como dijo él y así hicieron.

Esta vez “exPaco” llevó a mi amiga a un bar de moda, bastante pijo a mi parecer, donde tomaron unas copas. Después fueron a dar una vuelta por el puerto donde hablaron tanto y de tantas cosas que nadie diría que no se habían visto en diez años. Al cabo de un rato de ese paseo, sin comerlo ni beberlo, Sara se encontró con los labios de Frank rozando los suyos, la estaba besando. Ella no rechazo el beso, pues era algo con lo que llevaba soñando todo este tiempo. Después la chica pensó que ese era el momento idóneo para mostrarle sus sentimientos, para decirle que lo amaba. Pero no pudo, no porque no se atreviera, como le había pasado una y otra vez hace diez años, sino porque se dio cuenta que no amaba a Frank, él no era la persona que había amado esos últimos años. Por fin se dio cuenta de lo que yo le llevaba diciendo desde hace tanto tiempo: estaba enamorada de un fantasma, de un reflejo, de alguien que ya no era ese alguien. Quizás Frank le atraía físicamente, pero no podía amarlo. Nuestro Paco ahora era un ser pijo, chulito y ligón. Sara le dijo a Frank que no quería tener una historia con él ya que era cierto que lo había amado profundamente, pero tal como era antes y no ahora, que era totalmente distinto. Entonces él reconoció que también había estado enamorado de ella, pero eso fue cuando tenía 15 años. Su vida había dado demasiadas vueltas y confesó que si quería algo con ella no era otra cosa que un ligue, quizás de una noche o quizás de más, pero en definitiva, nada serio.

Después de estas muestras de sinceridad, ambos volvieron a casa. Por lo que respecta a Frank no le afectó demasiado todo lo sucedido, pero sí a Sara. Se dio cuenta que su amor por Frank, mejor dicho, por Paco, no era más que una farsa, lo que hizo que empezara a olvidar de una vez algo que solo le había causado penurias, más bien dicho, que empezara a vivir, de tal manera que su obsesión por Paco se acabó convirtiendo en un recuerdo, el recuerdo del primer amor.

Y el tiempo ha ido pasando y hoy es 31 de diciembre de 1999, hoy se acaba el milenio. Hemos organizado una fiesta en casa de Sara. No es que seamos muy partidarios de las fiestas, pero un día es un día y hoy es especial. También estará Frank. Después de todo lo que pasó hace unos meses, ahora él y Sara se llevan muy bien, casi tan bien como hace diez años. Hablando de Sara, no es que de la noche a la mañana se haya convertido en un pendón, pero por suerte ha dejado atrás su obsesión por Paco y la veo completamente preparada para volver a enamorarse, auque esta vez de una forma más sana, espero. Y por lo que a mi respecta, he batido mi propio record, llevo seis meses saliendo con un chico y espero que nuestra relación dure mucho más. Se llama Frank, y quizás es pijo, chulito y ligón, pero me gusta, me gusta y mucho, quizás esté enamorada de él y pondría la mano en el fuego que él siente lo mismo por mí.

 

Atrás

Hosted by www.Geocities.ws

1