CULTIVO CLANDESTINO GUERRILLERO
A un paso del siglo XXI, el
capitalismo ha triunfado. El consumismo es la hostia de la vieja
religión: el Dinero. Sin embargo, en las profundidades de
nuestros bosques y montañas, renace el culto clandestino a los
frutos de la tierra. Pachamama, la madre tierra, recompensa el
esfuerzo y premia a sus fieles con buena hierba. Son muchos y
están por todas partes, pero no los verás. Son los hijos
ocultos de la Diosa Sativa, los Comandos Agrícolas para la
Liberación de María (CALMA). Hoy conoceréis al subcomandante
P. Erlita, uno de sus más activos y clandestinos miembros.
P. Erlita es un viejo amigo, un superviviente del hippismo de los
setenta que ha hecho de la hierba un modo de vida. Tras unos
años de malvivir trapicheando con costo de ficha y una temporada
culeando buen hachís marroquí, vivía mucho mejor pero
arriesgaba mucho más, P. se decidió a cultivar a principios del
92. El primer año planté unas semillas de Marruecos en mayo y
otras del sur de la India a finales de junio. Las moras
funcionaron bien, aunque el colocón no era muy potente. Las de
la India no se acabaron del todo, las planté demasiado tarde y
el frío llegó antes de que maduraran completamente.
Al año siguiente plantó antes, en marzo y abril. Germinó
semillas de Marruecos y de México junto con tres Skunk y cuatro
Afghani#1 que le trajeron de Amsterdam. Las mexicanas y las Skunk
fueron, sin duda, las de mejor colocón: rápido, fuerte y
cerebral. Las Afghani#1 supusieron una revelación. Hasta
entonces las únicas índicas que había probado eran las
marroquíes, muy malas por cierto, mientras que las índicas
holandesas resultaron espectaculares sobre todo por la cantidad
de resina que producían. Cada Afghani dio cerca de cien gramos
de cogollos compactos y resinosos.
En los años siguientes fui probando diversas variedades
holandesas: las índicas como Northern Lights, Hash Plant,
Afghani, etc. resultaron ser las más fáciles de cultivar. Son
plantas duras y resistentes, de pequeño tamaño, resinan mucho
y, lo más importante, maduran muy rápido. P. Erlita aprendió
una lección básica en el cultivo de guerrilla, las índicas son
más rápidas, más fuertes y más pequeñas. Una planta índica
no suele dar tanta hierba como una sativa pero, como tiene menor
tamaño, se pueden cultivar más plantas en el mismo espacio y
acaban rindiendo lo mismo o más.
A través de pruebas y errores, el subcomandante P. ha ido
perfeccionando su sistema de cultivo guerrillero. Los primeros
años muchas plantas se perdían antes de la cosecha a manos de
los depredadores, los ladrones o la falta de agua. En el año 96
planté más de doscientas plantas en distintos puntos y sólo
pude cosechar quince. Las trasplanté demasiado jóvenes y no las
regué lo suficiente por lo que la mitad no sobrevivieron al
cambio de clima. De las que quedaron, una familia de conejos se
comió cerca de cincuenta. Por último, unos cabrones con dos
patas me robaron quince plantas casi listas. Que Sativa les
confunda.
El secreto del buen guerrillero de los CALMA consiste en la
preparación de las operaciones. Todos conocemos el viejo
proverbio que dice: La preparación es un rollo, pero rinde
cogollos. Hace años que P. sabe esto y prepara a conciencia sus
cultivos. El primer paso es seleccionar los lugares donde
plantar. La maría necesita bastante agua y mucho sol. Durante
los secos y calurosos meses de verano, P. Erlita se aleja de los
caminos y se adentra en los montes. Busca rincones donde la
vegetación permanezca verde ya que esto indica una mayor
humedad, algo muy valioso durante julio y agosto.
Escojo rincones alejados de los caminos y protegidos de los
curiosos por una vegetación densa. Lo ideal es que estén
orientados al sur para que las plantas tengan muchas horas de sol
directo. Si hay agua cerca, el lugar es perfecto. Los buenos
rincones no abundan y son el tesoro del guerrillero. El
subcomandante P. mantiene media docena de jardines bastante
alejados entre sí. De este modo, si uno es descubierto el resto
permanece oculto. Siempre observo el jardín desde la distancia
antes de acercarme por si los de verde anduvieran cerca. Si veo
algo raro, me largo y vuelvo días después con mil precauciones.
La preparación de la cosecha comienza mucho antes de plantar las
semillas. Una vez seleccionado el lugar donde tendremos el huerto
hay que acondicionar la tierra. La calidad de la tierra es
determinante de la calidad de la maría. Yo creo que un 30% del
éxito de una cosecha depende de la semilla, un 30% de la
preparación de la tierra y un 30% de los cuidados que le des. El
10% restante, está en manos del azar, el destino o Pachamama,
como quieras llamarlo.
No es práctico intentar arreglar toda la tierra, vale más hacer
grandes agujeros en el suelo y rellenarlos de tierra fértil.
Nuestro amigo carece de tierra fértil en los alrededores y le
resulta muy pesado llevarla hasta la montaña por lo que ha
optado por arreglar o acondicionar la tierra que tiene. Amontona
durante la primavera y el verano grandes cantidades de materia
vegetal que recoge de las proximidades del jardín. En el otoño
mezcla esta materia vegetal en descomposición con estiércol de
vaca que recoge de los prados cercanos y mantillo del bosque.
También le añade perlita y vermiculita (fáciles de
transportar, gracias a su poco peso) y un puñado de abono
granulado de larga duración. Durante el invierno deja reposar el
huerto para que se descomponga la materia vegetal y se asiente la
tierra.
La parte más pesada del cultivo guerrillero es hacer los hoyos
de plantación. Para que las marías se desarrollen fuertes y
sanas hay que cavar mucho. Los agujeros deben tener al menos
medio metro de diámetro y treinta centímetros de profundidad
aunque si son mayores mejor. Yo los hago de cincuenta
centímetros de profundidad y un metro de diámetro y planto tres
esquejes hembras o cinco plantas sin sexar.
Una buena disposición de los agujeros minimiza la pérdida de
agua y eso es algo fundamental. Es importante poner una madera o
un plástico en el fondo para que el agua no se vaya. Además,
una vez llenos de tierra, debemos darles forma cóncava para que
la lluvia escurra hacia la planta. Hay que cubrirlos con una capa
de mantillo o de materia vegetal para que la humedad se condense
con más facilidad. En los meses de más calor el riego puede
convertirse en un calvario por lo que cualquier sistema que
disminuya la necesidad de regar la planta es de gran utilidad.
En marzo o abril, con luna creciente, P. Erlita germina sus
cañamones en semilleros de turba que luego trasplanta a botellas
de plástico de dos litros con la parte superior seccionada.
Mantiene las plantitas en su terraza (orientada al sur) hasta que
tienen entre tres y seis semanas. Luego las lleva al monte y las
trasplanta.
En cada jardín planta dos docenas de marías entre los cinco o
seis agujeros que preparó en el otoño. Esto es, cuatro o cinco
plantas en cada hoyo. Aproximadamente la mitad serán machos y
algunas morirán a manos de las plagas o el shock del trasplante.
Si todo va aceptablemente bien suelo cosechar unas diez o quince
plantas por jardín, dos o tres por agujero.
En la mayoría de la Península Ibérica y en las islas, el riego
será el mayor problema de un cultivo CALMA. Durante la primavera
y los primeros meses del verano las plantas pueden aguantar
riegos semanales o quincenales pero durante julio y agosto las
plantas necesitan mucha agua para soportar el calor. Siempre que
sea posible hay que buscar lugares con agua cerca. Hay un arroyo
no muy lejos y durante el verano las riego dos veces por semana;
es mucho curro pero te aseguro que merece la pena. Además, así
las vigilo y detecto las plagas y los machos enseguida.
Si la tierra es rica en nutrientes, las plantas necesitan poco
abono durante los primeros meses. Si cogen un color verde pálido
y dejan de crecer el camarada Erlita les echa un puñado de abono
granulado. Este abono se descompone poco a poco con el riego y la
lluvia. Cuando se trata de solucionar rápidamente una
deficiencia utiliza abonos líquidos disueltos en el riego o
pulverizados. Durante la floración esparce cada quince días un
puñadito de un fertilizante granulado alto en fósforo. No hay
que pasarse con los abonos, es mejor esperar a que las plantas lo
pidan que darles demasiado. Si cogen un color muy oscuro y las
hojas se curvan hacia adentro, te estas pasando. En ese caso lava
la tierra regándola en abundancia.
Durante los últimos diez días antes de cosechar las plantas no
se usan fertilizantes. Se riega sólo con agua para eliminar los
restos de sales. Con esta técnica se consigue una maría de
sabor más suave que quema mejor. La planta, que ya no encuentra
alimentos en la tierra, utiliza los nutrientes de las hojas.
Estas amarillean y se caen, con lo que se facilita también la
labor de maricura de los cogollos.
A la hora de recoger la cosecha hay dos opciones, secarla en el
campo o en casa. Secarla en la montaña es más seguro porque no
tendremos que transportar quilos de hierba fresca pero sólo es
fáctible si contamos con un lugar protegido de las lluvias
otoñales como un cobertizo o casa abandonada, etc. La mayoría
de las veces, hay que llevarla a casa.
Hay que cosechar después de un día de sol para que las plantas
estén bien secas. Los troncos junto con las hojas más grandes,
que no sirven para nada, los dejo en el campo, en la pila de
materia vegetal. Para no llamar la atención, corto las ramas en
trozos de unos cincuenta centímetros, las envuelvo en papel de
periódico y las meto en una mochila. Eso sí, en cuanto llego a
casa las desenvuelto y las cuelgo para que se sequen bien. Un par
de semanas de secado y, listo, operación cumplida, mi
subcomandante.
© José T. Gállego
Extraído de:
Ostia en la Boca-LiberAcción