CÓMO NOS DROGAN
Como persona que trabaja en una profesión
sanitaria, tengo la necesidad de contar algo sobre esas drogas
que se recetan, llamadas medicamentos, y sobre los criterios que
rigen su utilización.
Por : Psylosaurus
Prólogo
Como persona que trabaja en una profesión sanitaria, tengo la
necesidad de contar algo sobre esas drogas que se recetan,
llamadas medicamentos, y sobre los criterios que rigen su
utilización. Se trata de dar un breve repaso a las distintas
categorías de los llamados psicofármacos, para darnos cuenta de
cómo la psiquiatría y la medicina en general, lejos de promover
"un mundo sin drogas", lo que hacen es guardar
celosamente en sus manos la capacidad de manipular el estado de
conciencia ajeno. Se pretende que el individuo acabe por ser un
extraño en su cuerpo y en su mente, y viva convencido de que
sólo el doctor podrá decidir lo que debe ocurrir de su piel
para adentro. Una lamentable situación que sólo podemos
remediar en la medida en la que aumentemos nuestro conocimiento
sobre toda clase de sustancias, tanto si son legales como si no.
En mis días de ignorancia yo fui de los que creyeron que los
medicamentos eran buenos y curaban; en cambio, existían las
malvadas drogas ilegales, que entraban en otra categoría: la de
algo diabólico y más poderoso que las personas... De manera que
no me resulta ajena esa superchería tan ampliamente difundida y
que los profesionales de la sanidad nos vemos obligados a seguir
difundiendo. La mayoría convencidos.
Pero al estudiar farmacología y tras vivir ciertos hechos, vi
claro que todas las sustancias están en el mismo saco,
compartiendo unos mecanismos biológicos que son universales, y
los criterios científicos de su peligrosidad nada tienen que ver
con los criterios políticos que rigen la prohibición.
Mi sorpresa fue la conformidad con que toda la clase científica
se tragaba lo que no se sostenía por ningún lado. El sesgo con
el que se impartían clases: todo un curso de toxicología
dedicado a hablar de lo peligroso de las drogas y sin decir nada
de los contaminantes que están matando el planeta. La enorme
carga ideológica que arruinaba todo rigor al hablar de ciertas
sustancias me pareció una práctica de doble pensamiento al más
puro estilo Orwell... Y ahí sigue.
Pero no voy a contar mi vida, sino que trataré de exponer
cuáles son los fármacos que pueden alterar nuestra conciencia y
que están en la farmacia.
Según la "clasificación anatómica" de los
medicamentos, que es la vigente, los medicamentos que actúan
sobre el sistema nervioso se clasifican en las siguientes
categorías:
Anestésicos. que incluyen los analgésicos opiáceos.
Antiepilépticos
Antiparkinsonianos
Psicolépticos
Psicoanalépticos
Otros
Esta clasificación es bastante más compleja y contiene multitud
de fármacos. Sería largo y aburrido citarlos todos. A quien le
interese le recomiendo que consulte algún catálogo de
medicamentos, por ejemplo el "Catálogo de especialidades
farmacéuticas" que todos los años edita el Consejo General
de Colegios Oficiales de Farmacéuticos. No es una obra abierta
al público, pero los hay en todas las farmacias...
Anestésicos
Empezando por los anestésicos generales: dentro de ellos
encontramos la ketamina. Un fármaco con los días contados: ya
se están notificando los casos de "abuso", y ello
suele significar que el fármaco se retira, deja de existir como
tantos otros y pasa al ostracismo de la lista l de psicotropos (o
a la lV de estupefacientes). Su pecado habrá sido el dar placer
a alguien. Eso ellos no lo perdonan. Un anestésico debe dejar
inconsciente sin pena ni gloria, o mejor con pena. Pero nunca
hacer otra cosa.
Entre los anestésicos locales estuvo en su día la cocaína,
pero también se portó mal, y ahora su lugar lo ocupan diversos
análogos de menor eficacia pero intachable mérito
antieufórico.
Pero en lo que más se ha lucido el criterio antieufórico ha
sido en la elección de opiáceos y en su restricción. Tenemos a
la morfina como prototipo. La heroína era aún mejor, claro,
pero ya cayó en desgracia y ahora se ve que no existe. Los
opiáceos sintéticos metadona, pentazozina, buprenorfina, etc.
son el resultado de largas investigaciones dedicadas a
proporcionar algo que quite el dolor, pero haga sentir mal en vez
de bien. Así no hay "potencial de abuso", dicen. Esto,
junto con las dificultades para recetar ese tipo de fármacos, ha
hecho y hace que todo tipo de enfermos tengan que soportar
grandes cantidades de dolor que serían muy fáciles de
eliminar... si no fuera por cuestiones legales.
Ahora hay una tímida tendencia a volver a la morfina, pero sólo
en pacientes terminales y que no tengan antecedentes de abuso de
drogas. Se les da menos de lo que necesitan y ya en los últimos
días, después de haber agotado las posibilidades de la
"escalera del dolor", que es de la OMS y tiene tres
peldaños: en el primero se atiborra al enfermo de paracetamol
hasta que revienta su hígado y de antiinflamatorios hasta que
revientan sus riñones; en el segundo se le añade codeína a
todo eso, y ya en el tercero se le puede dar morfina, pero por
suerte allí sólo vivirá tres días de promedio y antes de
llegar a drogadicto ya estará muerto. O sea que tranquilos.
El tramadol (Adolonta, Tradonal...) es el opiáceo sintético que
ahora más se receta y en un régimen más laxo: no hace falta la
receta oficial de estupefacientes, sino que va como un
medicamento normal. Si uno lo prueba, lo entiende: no vale para
nada y tiene muchos efectos secundarios. Sin duda han dado con el
analgésico ideal. A casi todos los ancianos reumáticos acaban
recetándolo, pero les sienta tan mal que lo dejan.
Antiepilépticos
Dentro de los antiepilépticos encontramos al fenobarbital
(Luminal, Gardenal): el último de los barbitúricos que quedan
en el mercado. Ahora sólo se receta para prevenir los ataques
epilépticos. En su día los barbitúricos fueron tranquilizantes
y somníferos ampliamente usados, pero han sido sustituidos por
las benzodiazepinas, de las que hablaré en el apartado de
tranquilizantes, debido a que éstas realmente tienen menor
toxicidad. Antes la gente se suicidaba con barbitúricos; ahora,
intentarlo con benzodiazepinas es perder el tiempo... y
hacérselo perder a otros.
El ácido valproico (Depakine) y la carbamazepina (Tegretol) son
ejemplos de antiepilépticos que también se usan en psiquiatría
con otras finalidades. Así encontramos que se da Depakine a
niños como tranquilizante y Tegretol como antidepresivo.
Todos los antiepilépticos tienen en común que deprimen el
sistema nervioso. Así, el epiléptico tiene que vivir en el
embotamiento para no sufrir ataques, con el agravante de que no
puede nunca dejar la medicación, pues éstos volverían peor que
nunca, dada la habituación que se ha producido en su organismo.
Ahí es dónde no se puede evitar el pensar en los efectos
terapéuticos de la marihuana contra la epilepsia como una
alternativa que la clase médica no debiera desoír. No pretendo
decir que estos fármacos no sirvan para nada; seguro que muchas
veces no queda otro remedio. Pero debieran ser criterios
científicos y de elección personal los que determinaran la
elección, y no los actuales criterios políticos y morales.
Antiparkinsonianos
La enfermedad de párkinson se debe a una falta del
neurotransmisor dopamina en el cerebro, debido a la destrucción
de las neuronas que lo producen. Los antiparkinsonianos, pues,
serán fármacos que tratarán de que ese nivel aumente, y lo
pueden hacer por varias vías:
1. Como agonistas de la dopamina, es decir, imitando su acción.
De ese tipo encontramos derivados del cornezuelo del centeno:
bromocriptina (Parlodel), lisurida (Dopergín) y pergolida
(Pharken). Todos mencionan como efectos secundarios el poder
producir "delirios y alucinaciones"... Y parece
factible, pues están emparentados químicamente con el ácido
lisérgico, pero emparentados muy de lejos. Que nadie se haga
ilusiones: son el resultado de largos años de estudio en que se
ha buscado eliminar ese terrible efecto secundario. Una dosis
masiva sólo produciría una intoxicación, con graves efectos
cardiovasculares, además de vómitos y diarreas.
2. Los que generan directamente dopamina en el cerebro:
levodopa/carbidopa (Sinemet), del que no creo que nadie haya
"abusado".
3. Anticolinérgicos: biperideno (Akineton) y trihexifenidilo
(Artane). Disminuyen niveles de acetilcolina, lo cual compensa la
falta de dopamina. No sólo se recetan a enfermos de párkinson,
sino a los tratados con neurolépticos, que veremos a
continuación. Se dan para contrarrestar los terribles efectos
secundarios de éstos y también se ha hablado de
"abuso" por parte de quienes se toman más de lo
recetado y dicen que así se sienten mejor.
Que nadie busque en la farmacia un modo de colocarse a base de
ingerir grandes cantidades de algo: no queda nada que valga la
pena. Llevan décadas retirando meticulosamente todo fármaco del
que se haya "detectado abuso", y han hecho un buen
trabajo. Sólo hace falta que algo se pida más de lo que cabría
esperar y se intoxique algún incauto para que llegue la noticia
a Sanidad y se retire (como el caso del Respirex hace unos
años), o se pongan pegas a su dispensación, como en el caso del
Katovit i el Cloretilo, por ejemplo.
Y donde no llega la ley, llega el celo de la clase farmacéutica,
que tiene buen ojo para detectar a todo hereje en busca de goces
mundanos, y les tiene un odio atroz.
Psicolépticos
El término psicolépticos hace referencia a los tranquilizantes.
Son los psicofármacos que más se recetan, junto con los
antidepresivos y mezclados con ellos y para casi todo mal que
aflija al españolito. Se distinguen dos grupos: tranquilizantes
mayores o neurolépticos y tranquilizantes menores o
ansiolíticos.
Entre los primeros, también llamados antipsicóticos, se
encuentran, citando algunos ejemplos:
Fenotiazinas: clorpromazina (Largactil), clozapina (Leponex),
tioridazina (Meleril), flufenazina (Modecate)...
Butirofenonas: Haloperidol.
Ortopamidas: sulpirida (Dogmatil). En este grupo son de menor
potencia.
Nuevos fármacos: risperidona (Risperdal), olanzapina (Zyprexa).
Están pensados para tratar la esquizofrenia y reducir los brotes
psicóticos. Ello se consigue reduciendo la cantidad de dopamina
en el cerebro y éste es su mecanismo de acción: dejar a las
neuronas sin dopamina. Lo que hacen es vaciar los depósitos de
neurotransmisores que hay en la neurona, de modo que éstos sean
destruidos antes de poder llegar a su destino. Con ello se
terminan los delirios, alucinaciones y reacciones violentas, pero
también toda sensación de vivir y toda iniciativa. Hacen sentir
realmente mal: impotencia sin ni siquiera posibilidad de rabia.
Se puede llegar al extremo de que a uno le ataquen cruelmente y
no sea capaz de sentir enfado alguno, porque en sus neuronas no
queda adrenalina ni nada que se le parezca.
Los efectos secundarios son de lo peor: sequedad, visión
borrosa, retención urinaria, obstrucción de vías biliares,
alteraciones sanguíneas, desequilibrios hormonales (no es
infrecuente que una mujer pierda la menstruación)... Y los
llamados "efectos extrapiramidales", que son debidos a
la falta de dopamina, consisten en dificultades de movimiento y
temblores parecidos a los que sufren los enfermos de párkinson
(antes hemos visto que en la enfermedad de párkinson hay una
falta de dopamina) y que suelen presentarse a quien lleva un
tratamiento algo fuerte. Es por ello que también recetan
Akineton junto con esos fármacos: para paliar en parte esos
efectos.
Pero lo que no podrán paliar serán los casos de disquinesia
tardía, en los que el sujeto será víctima de movimientos
involuntarios el resto de su vida, aunque ya no tome más el
fármaco, ni los de hipertermia maligna, ni los casos en que se
destruye la sangre, o el hígado... Si hubiera una droga de
diseño capaz de algo así, realmente tendrían razón de
prohibirla. Pero tratándose del orgullo de la psiquiatría, se
limitan a hablar de "efectos secundarios" y, dado que
los clientes de estos fármacos cada vez más son jóvenes
desorientados que resulta que han estado tomando de todo, no
cuesta mucho imaginar quién va a cargar con el muerto...
Ahora, los nuevos antipsicóticos Zyprexa y Risperdal parecen no
tener tantos efectos secundarios. Al menos, a juzgar por su
precio, bien tiene que ser así.
A dosis bajas, claro, no aparecerán tan terribles efectos, pero
siempre habrá una pérdida de impulso vital y un aumento de
apetito que dará lugar a obesidad. A dosis bajas se usan para
todo: niños movidos, ancianos que chochean, trastornos
psicosomáticos, depresiones y "nervios" en general,
bastan para ganarse una receta de Haloperidol gotas o algo
parecido: la incomunicación y la conformidad general ganarán
mucho con ello. Incluso al moribundo se le dan: "Así no le
damos morfina ni ninguna droga y, si sufre, no nos
enteramos", deben de pensar.
Pero los tranquilizantes que más conoce todo el mundo y que
probablemente no faltan en ninguna casa no son éstos, por
suerte, sino otros más benignos: los tranquilizantes menores.
Se trata de las benzodiazepinas. Tienen otro mecanismo de
acción: incrementan el efecto del ya existente neurotransmisor
GABA, que es el de frenar el impulso nervioso. El GABA se ocupa
de relajar el organismo, y lo mismo pretenden las
benzodiazepinas. Se dan como somníferos y ansiolíticos, o sea,
para reducir la ansiedad, y funcionan. Pero crean adicción. Su
síndrome de abstinencia será un exacerbado aumento de las
angustias que pretendían evitar y puede llegar a tener forma de
crisis epiléptica, ya que comparten mecanismos de acción con
los antiepilépticos y, de hecho, pueden también ser usados como
tales.
Lo que distingue a unos de otros es la duración de su acción.
Así tenemos que hay benzodiazepinas de:
1. Acción corta (unas pocas horas): midazolam (Dormicum),
triazolam (Halción), lormetazepam (Noctamid)... Sirven para
dormir. Al día siguiente su efecto habrá desaparecido
prácticamente. Aquí también tenemos al zolpidem (Stilnox), que
se considera un análogo de las benzodiazepinas y cumple a la
perfección la obra de misericordia de hacer dormir al que no
puede.
2. Acción larga (más de 24 horas): diazepam (Valium),
bromazepam (Lexatin), clorazepato dipotásico (Tranxilium)... Se
recetan como ansiolíticos y con ellos el sujeto permanece sedado
todo el día, muchas veces con la creencia de que con ello se
está curando de algo.
3. Acción intermedia (entre las dos anteriores): flunitrazepam
(Rohipnol), alprazolam (Trankimazín), lorazepam (Orfidal)...
Aquí se pretende combinar el efecto somnífero con el
ansiolítico.
Se suelen recetar combinados, y a una misma persona se le va
cambiando de uno a otro. A ciertos heroinómanos que están en
tratamiento de "desintoxicación", se les trata con un
cóctel de Rohipnol, Tranxilium 50, Trankimazín 2 mg, y puede
que algún otro más, lo cual es para tumbar a un elefante.
Después, unos y otros andarán mendigando recetas, pidiendo el
medicamento sin receta, acudiendo a urgencias a que se la hagan.
Todos igual de desesperados: el yonqui y la señora que no podía
dormir y ahogó sus problemas en lo que le dieron como medicina y
luego dejaron de darle sin más explicaciones. Jamás se
conocerán ni se sabrán iguales.
Luego está el que simplemente pide "algo para dormir".
Para éste, la moderna ciencia tiene reservado un par de
fármacos que quedaron obsoletos hace muchos años como
antihistamínicos de primera generación: la difenhidramina
(Nytol) y la doxilamina (Dormidina). Se usaban para la alergia,
pero con muchos efectos secundarios, entre ellos el de producir
somnolencia, una nada agradable somnolencia. Y ahora para dormir
es para lo que se venden, y a un precio muy actual.
En mi opinión, éstos son fármacos que conviene tener a mano
para usar en un momento dado como lo que son: tranquilizantes.
Ese momento bien puede ser la vuelta de un mal viaje, o el mal
viaje mismo, o cuando toca ralajarse y eliminar las tensiones
producidas por cualquier derivado anfetamínico. Los de acción
corta siempre serán más rápidos y manejables, pero cualquiera
vale.
La pega es que no los venden sin receta, pero seguro que en todas
las casas hay alguno.
En cambio, en lo que se refiere a tranquilizantes mayores, son
los psicofármacos a los que menos pegas se pondrá para su
adquisición; será fácil comprarlos sin receta. Se considera
que "no tienen potencial de abuso" y por ello "son
menos peligrosos". Otra muestra de cuál es su criterio de
peligrosidad.
Psicoanalépticos
Dentro de los psicoanalépticos encontramos a los estimulantes y
los antidepresivos.
En cuanto a estimulantes, atrás quedaron ya los tiempos de la
Centramina y otras anfetaminas potentes que se vendían como
medicamento. Ahora sólo queda el metilfenidato (Rubifen), el
prolintano (Katovit) y la pemolina (Dynamín). El primero resulta
ser el más potente y controlado. Sólo lo recetan a niños
hiperactivos, a los que hacen tomar dos y hasta tres comprimidos
diarios. Pobres criaturas!... Pero consideran que prácticamente
no hay ningún motivo por el cual un adulto deba tomar esto.
Los segundos son de baja potencia y llevan, además, un complejo
vitamínico. Su indicación es la astenia que produce la
convalecencia, por ejemplo, de una gripe (como si uno no tuviera
derecho a descansar en esos días!) y el que recetan es el
Dynamín, por ser poco o nada euforizante. El Katovit ya tiene
cierta mala fama, que va por épocas y por zonas, pero que
supongo que acabará con su retirada.
Otro grupo de anfetaminas que había eran las de perder peso:
anfepramona (Delgamer), fenfluramina (Ponderal), dexfenfluramina
(Dipondal), fenproporex (Tegisec), etc., dado que uno de los
efectos de las anfetaminas es quitar el apetito
(momentáneamente, claro, como todo lo demás...). Ya están
todas retiradas por ocasionar problemas cardíacos. Y es que no
se habían seleccionado las menos tóxicas, sino las menos
euforizantes, por aquello de "evitar el abuso", como
siempre.
El mecanismo de acción de todas las anfetaminas es doble: por un
lado, imitan a neurotransmisores tales como adrenalina,
noradrenalina y dopamina, cumpliendo con su función excitadora.
Por otro, hacen que la neurona suelte sus reservas de
neurotransmisores, pero no en saco roto como hace con los
neurolépticos, sino en el sitio que toca. El resultado es el
efecto estimulante, con toda clase de matices según la
sustancia, claro, que luego deja paso a la fatiga, porque se han
agotado las reservas. Ni que decir tiene que son sustancias de
las que no conviene abusar por el desgaste que ello produce. Pero
sí habría que poder elegir la situación y la sustancia y no
encontrar que todas las que valían la pena están en la lista I,
mientras hay otras que se están dando a niños para mentenerles
atentos, (¿a qué?) como si de algo inofensivo se tratara.
Aparte, encontramos también como estimulantes a la cafeína y
una serie de fármacos llamados nootrópicos, que se supone que
hacen que la neurona reciba más oxígeno. Su efecto es
irrelevante.
Los antidepresivos son, en el fondo, un tipo de estimulantes a
largo plazo. Los hay también de varios tipos según su
mecanismo: pero no entraré ahora en ello, porque resultaría
demasiado extenso. Sólo recordar la especial precaución que hay
que tener con los llamados inhibidores de la monoaminooxidasa
(IMAOs), que dan lugar a múltiples y peligrosas interacciones.
La depresión es un tema bastante más complejo como para
pretender "curarla" con esos fármacos, que lo que
hacen es paliar sus síntomas y permitir que el sujeto siga
funcionando, que es lo que cuenta. He asistido a conferencias
sobre la depresión en las que se empezaba por citar las
pérdidas económicas debidas a las bajas laborales por
depresión y se terminaba por considerar como mejor fármaco
aquel capaz de reducir más estos días de baja y hacerlo a un
menor coste. Sin comentarios.
Luego, claro, siempre se han retirado los que producían algún
tipo de euforia para evitar abuso. Tal es el caso del Survector.
A los pacientes deprimidos se les suele dar un cóctel de
antidepresivo y tranquilizante (menor, mayor o ambos) y se les va
cambiando la medicación a lo largo del tiempo. Si se ponen
demasiado alegres, se les dan neurolépticos, para luego volver a
los antidepresivos, y así sucesivamente. Quizá se les diga que
"su enfermedad se va a curar", pero no he visto a nadie
que se escape de la cronificación. Y así es como se considera a
la depresión de puertas para adentro: como una enfermedad
crónica que siempre habrá que ir controlando.
En el apartado "otros", hallamos básicamente aquellos
fármacos que se emplean para la deshabituación. Aquí vemos que
hay vicios y vicios: al fumador todavía se le considera un ser
inteligente y se le da nicotina en forma de parches o chicles
para que substituya los cigarrillos, y se le indica cómo debe de
ir bajando la dosis, lo cual parece un modo razonable de dejar
algo: ir bajando y aguantar, previo estar mentalizado, claro.
Pero a otros ya se les considera de modo distinto y se recurre a
algo tan pedagógico como una descarga eléctrica si no te portas
bien. Así tenemos la carbamida (Colme) y el disulfiramo
(Antabús), que interfieren el metabolismo del alcohol, de modo
que el que toma eso y bebe se pone mal a morir (con auténtico
peligro para su vida) y se supone que así va a dejar de beber.
A los yonquis se les dan antagonistas opiáceos (naltrexona, por
ejemplo), que son sustancias que bloquean los receptores
opioides, de modo que si se pinchan, no sentirán ningún efecto.
Se pretende, así, que crean entonces que "la droga no vale
para nada" y se olviden, sin más...
La naltrexona (Antaxone), parece ser la quinta esencia del
control de todo vicio: no sólo impide la acción de la morfina y
derivados, sino la de las propias endorfinas que se generan
cuando algo produce gratificación (tal es el caso del
alcohólico: el alcohol le hace generar endorfinas y por eso
bebe, a falta de otra cosa). Ese algo puede ir desde una
sustancia hasta un comportamiento.
Endorfinas, dopamina, lo que sea: llevan años buscando como
locos cuál es el centro del cerebro que genera los deseos para
anularlo y hacer que la existencia sea algo mecánico, insípido,
y muy, pero que muy controlado.
Así, el "psiquiatra", que por su nombre debiera ser
experto en curar el alma, resulta ser un timorato funcionario del
sistema, experto en homogeneizar y llevar a la
"normalidad" a todo individuo que de ella se aparte.
Para ello irá dando palos de ciego con distintos fármacos hasta
hallar la combinación de la cual resulte una mente que no busca
ni pregunta en un cuerpo que aguanta: el ciudadano que viene.
Extraído de:
Ostia en la Boca-LiberAcción