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Carta a la Guayabera |
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por RAMóN FERNáNDEZ LARREA, Barcelona |
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Almidonada, cubanaleca y guajirilímpida Guayabera: Unos versos sentidos te trajeron al perchero de mi imaginación —no confundir con la imaginación en una fiesta de percheros—, y allí te colgaste, sin almidón, resplandeciente, cubanísima como los tamales con prú. Decían: "Y la llaman guayabera/ por su nombre tan sencillo/ por llenarse los bolsillos/ con guayabas cotorreras". Qué lindo, qué hermosas cotorras volaron entre los percheros de la fiesta de mi imaginación. Y vide entonces, al son del almidón, a mi padre, con lacito y jipi, para que yo fuera luego un jipi sin que la policía me tirara sus lacitos. Qué bella prenda eres. Qué hermosa prenda has sido. Qué prendida te me quedas en la memoria —la fiesta… percheros… imaginación, etc.— impoluta, que tiene una rima que mancha mucho.
Detrás de esos versículos vinieron otros. Cómo olvidar esa solicitud escrita —y elevada a las más altas e ínclitas instancias— por Clavelito, con musiquita percherona, como la fiesta de la imaginación, que rezan: "Quiero un sombrero de guano, una bandera/ quiero una guayabera/ y un son para bailar". Fue la época en que el cubano comenzó a conformarse con poco. Ya más tarde, cuando el Modisto Mayor se hizo Sastre, y le tomó las medidas al país, y empezó a faltar el almidón, se desató el lacito y el relajito; y a la gente, de manera muy sórdida —al estilo de Beethoven, pues somos un pueblo muy musical— le dio por subir la parada, y a aspirar a mejores cosas. Ya cuando pasó Maradona muchas personas aprendieron a aspirar de modo peligroso cualquier sustancia, que también somos deportivos. Mi abuela lo dijo siempre: "Coja usted a un mamarracho, me le pone una guayabera limpia y bonita, y parecerá una persona decente y seria". Y tenía razón, cará. No de balde rompió el récord de harina con boniato cuando a Machado le dio por lo vegetal. Y como un tío mío era viandante de comercio, no le faltaba nada que llevara cáscara. El boniato, en dosis controladas, ataca la lucidez. Mira qué brillantes lucen los perros si les entra en la dieta el tubérculo. Con guayabera, todos los pardos parecen menos gatos. Y quienes la portan, gente inofensiva, incapaces de serrucharte el piso, aunque haya un brillo malévolo, allá lejos, tras la maraña de bolígrafos. Porque una cosa que te hace superior, como vestimenta de combate diario, es la cantidad de bolsillos que te pusieron. Todo el que es incapaz de recordar algo, de llevar ideas en ese cajetín estrecho que suele ser la mente, se engancha una guayabera y se siente salvado. Con una guayabera, el más infeliz y ariñáñara de los mortales, logra parecer un patricio aunque sea Lumumba. No importa que tenga aserrín en el güiro; no hay problemas si en la silla turca tiene posado un paramecio sordo; ningún inconveniente si en vez de cerebro posee un cobo enchumbado de almíbar. En poniéndose una guayabera, ya es un dios. Un dios menor, claro está, porque fuera del territorio nacional sonaría ligeramente folklórico —pruebe ponerse una guayabera en el lago Teletskoe, en el camping siberiano de Manzherok o en el delta del Mekong, para que lo compruebe— pero un diosecillo con bolsillos. Todos aceptan la guayabera, antigua confección orillera, aunque ya venga sin guayabas cotorreras. Y cuando digo esto es porque la prenda es espirituana y espiritual, y la inventaron a orillas del Yayabo, ese río macho que ha logrado seguir teniendo dos orillas. Me vienen a la mente los póstumos versos de aquel poeta con problemas respiratorios, que te alababa así en su último aliento: "Yo moriré prosaicamente, de cualquier cosa/ (¿el estómago, el hígado, la garganta, ¡el pulmón!?)/ y como buen cadáver descenderé a la fosa/ con una guayabera de oloroso almidón". Sólo he conocido dos objetores que te repudian; dos seres casi humanos que te rechazan, que abominan de ti. Uno es aquel vecino mío llamado Ayamsorry, cuyo argumento era que sólo se pondría una guayabera el día que la usara Robert Plant, el cantante de Led Zeppelín. Pero ese es un caso aislado, porque padecía de retorcimientos hepáticos, producidos por un fulminante diversionismo ideológico. |
El otro sujeto que te odia, con ferocidad y cultura, es mi carnal Paelio Medina, pasante de chivato de barrio, y hoy, en la lejanía, aspirando a convertirse en detective. Detective privado, dice él, porque, ya que fue privado de todos sus derechos en la Isla, al menos le queda el aquello de averiguarlo. Sospecho que Paelio te aborrece por aquel incidente que marcó un día su vida, cuando se le ocurrió endilgarse una guayabera amarilla, y un desaprensivo le bautizó para siempre Piolín.
He de explicar que Paelio, o Piolín, no es realmente un modelo de conducta. Creo que no es modelo de nada. Con su metro 36 de estatura, y cubierto de guayabera amarilla, cualquiera, junto a él, es un Silvestre aunque sea más perro que gato. Es su trauma: su pensamiento no logra coger altura por más que se esfuerce. Con 1,36 es difícil hacerlo, a menos que se viva en el Empire State. Y me huelo que la rabia de mi amigo contigo es solamente una pequeña parte de su rencor a todo lo textil. Tuvo que abandonar un día su sueño dorado de ser marinero. Nadie se lo tomaba en serio con el uniforme. Siempre pensaban que acababa de salir de un bautizo.
Se pone frenético —dado su tamaño podría decir que se pone frenetiquito, pero Paelio, con sus 1,36 es un gran hombre— cada vez que escucha que eres la más criolla de las prendas. "Ñinga, paisano", me dice casi revoloteando como avispa. "La guayabera es lo más anticubano que hay. Usted se pone una guayabera almidonada, como debe ser, y no puede casi gesticular. No puede menearse, ni hacer aspavientos. Te cuesta un congo mover los brazos y las manos. ¿Cómo vas a discutir de pelota con una guayabera así?".
No le falta razón a Paelio Medina. Su mente deductiva tiene aristas brillantes. Aunque no me atrevo a decirle que la guayabera, con el tiempo, dejó a Liborio y se hizo popular. Y más que popular, se hizo unisex. Aunque ahora haya caído un poco en desgracia con aquello de que la venden solamente en divisas. Entiendo que un cubano de a pie se lo pensaría dos veces para entrarle a una guayabera Vegas Robaina, Keneth Cole, o la más tristecita, de 50 dólares. Sobre todo sabiendo que la botella de aceite girasol anda por los dos chavitos y pico —¿¡¡dos Chávez y pico!!?—, es difícil que alguien duerma tranquilo después de ponerse más de veinte litros encima, por muchos bolsillos que tenga.
Que ahora seas Unisex, hasta me gusta, porque, como ya dije antes, das decencia, ortodoxia, respeto y ortodoncia. Nadie se pone a mirar qué sexo tiene quien está dentro de una guayabera, a menos que haya algo incongruente, como que se saque las cejas y tenga un mazo de tabacos en el bolsillo superior. Ya si se saca las cejas, se pinta los labios y le grita algo a Changó, es Celina González.
"¡Mira que inventar un camisón con ocho botones, alforzas delanteras y traseras como si fuera un forro de catre, y cuatro bolsillos para que los guanajones enamorados los llenaran de guayabas! ¡Le zumba el merequeté! ¡¡Le ronca la turbina izquierda!!", dice Paelio Medina, y le creo. No puedo imaginarlo tan lleno de alforzas y bolsillos con ese cuerpo breve. Me recuerda a aquella muñeca sin brazos que hizo mala a Magdalena, la que tenía tantas cintas y lazos. La muñeca. Magdalena era, de seguro, una roñosa llena de envidia. Pero mi amigo no se calma: "¡Ocho botones! ¿Tú has intentado encuerarte con una niña en un combate rápido con una guayabera puesta? Te enfrías, compadre. Se te entumen los deos. Yo no sé qué tipo de camisa se ponía Superman, pero te aseguro que no era una guayabera".
Será por eso que siempre canta aquello de Cascarita que dice: "Qué le importa a la camisa/ que no le pongan botones". Con su tamaño, cada botón es un ancla. Mas, he llegado a pensar que lo que más le molesta a Paelio es la parte histórica del asunto, ligada a la sección simbólica. "Mira, pariente, empezando porque eso de guayabera es una corruptela semántica. Si nació de manos de un sastre de Sancti Spíritus, y lavándose en el Yayabo, se llamó y se llamará 'yayabera'. No acepto corrupciones, ni siquiera en el lenguaje. Y si le metes alforzas a la yayabera para que se llame guayabera, entonces es un delito de cohecho".
Paelio Medina coge aire y sigue: "La puso de moda José Miguel Gómez, Tiburón. Y cuando Grau, la usaban hasta de pijama. El relajo fue tan grande que Carlos Prío tuvo que prohibir que la gente se la pusiera en actos oficiales. Luego El Califa la ambientó de nuevo entre los culturosos y los gerundios, para darle en la cabeza al pasado, al mismo Prío, vaya, porque la guerrita de El Califa es contra el aire. Las veces que se ha colgado una —guayabero con guayabera—, han sido cuando más quieto está. ¿No te dije que ese engendro —la guayabera, no el otro— no deja manotear al cubano?".
Me pongo a meditar y a lo mejor tiene razón. Robert Plant nunca se ha vestido de guayabera. Al menos para cantar. Y no quisiera ver qué iba a hacer Mick Jagger en el escenario con una guayabera. Tal vez sea verdad que la prenda viene de la filipina que se ponían los chinos esclavos. O de la guerrera española. ¿Quién sabe? La cuestión es que Paelio me ha ripiado mi guayabera mental.
Mi amigo me lee el pensamiento, y desde su metro 36 remata: "Qué va a ser un símbolo de cubanidad, compadre. ¿No dicen que los cubanos estamos siempre listos para vencer? ¿Mira a ver si puedes vencer desabrochándote ocho botones con el yuma trepao en el malecón, anda?".
Descolgado del perchero y sin fiesta,
Ramón