El término género cinematográfico provoca a
menudo múltiples dificultades y confusiones. En rigor, los puristas
clasifican las películas, atendiendo a su relación con la realidad y a la
técnica de representación, en tres géneros básicos: ficción, documental y
animación. Pero la tradición ha impuesto la denominación de género
para identificar los temas o asuntos que tratan las cintas, que son los
que habitualmente manejan la crítica y el público, como drama, comedia,
musical, western, filme de guerra, policíaco, fantástico, etcétera. Estas
denominaciones han acuñado ya en el más ocasional de los espectadores de
cine, determinadas imágenes mentales en parte visuales, en parte
conceptuales, que sirven de referente para reconocer, con independencia
del paso de los años, la naturaleza de un filme.
Cuando los
hermanos Louis y Auguste Lumiere inventaron el cinematógrafo, las
películas iniciales que rodaron fueron aquellas que se limitaron a
reproducir hechos y acontecimientos de la vida diaria para que sirvieran
de testimonio: La salida de los obreros de las fábricas Lumiere, La
llegada del tren,...y, sin saberlo, estaban filmando los primeros
documentales. Casi inmediatamente, meses después, Georges Meliés advirtió
las fantásticas posibilidades de aquella creación, y se convirtió en el
padre de la ficción fílmica, al concebir un incipiente argumento e
imaginar los primeros trucos cinematográficos. De este modo, desde los
albores del cine quedaron establecidos sus dos géneros básicos, los cuales
se han mantenido vivos hasta nuestros días. El documental, en oposición al
cine de ficción, no recrea las situaciones, sino que las capta
directamente del mundo real. El término documental tomó un sentido
cinematográfico en 1906 y se convirtió en sustantivo a partir de 1914. La
palabra documentary fue usada por el inglés John Grierson, en 1926, para
designar a la película Moana, de Robert Flaherty.
Con la evolución
del lenguaje cinematográfico, obviamente ha existido una interrelación
entre estos dos géneros fundamentales, y no pocas obras perteneciendo a
uno de ellos guardan puntos de contacto con el otro. Uno de los ejemplos
más notorios de una cinta de ficción que emplea un conjunto de técnicas de
fotografía y edición, propias del cine documental, es La batalla de Argel
(1966), de Gillo Pontecorvo. Otro filme más reciente, Zelig (1983), de
Woody Allen, utiliza igualmente procedimientos y convenciones documentales
para brindar la ilusión de realidad. El movimiento del neorrealismo
italiano, al dedicarse a abordar historias cotidianas de la posguerra
enmarcadas en su entorno social, tuvo necesariamente que asumir un estilo
documental en diversas obras (Roma, ciudad abierta; Paisá, Ladrones de
bicicletas, La tierra tiembla). La escuela documental del free cinema
inglés ejerció relevante influencia en muchos de los títulos británicos de
ficción en esa época; las secuencias del parque de diversiones en Todo
comienza el sábado (1961), de Karel Reisz, o la de Julie Christie paseando
por las calles en Algo de verdad (1963), de John Schlesinger, dan muestra
de ello. Crónica de un verano (1961), de Jean Rouch en colaboración con
Edgar Morín, es un ensayo de cinema-verité en los límites del cine de
ficción, como otros trabajos posteriores del etnólogo y cineasta francés.
Más recientemente, el cine independiente norteamericano ha dado un
tratamiento más realista a algunas de las últimas cintas estadounidenses,
apoyándose en aspectos del género documental. El cine cubano, por su
parte, ha echado mano, en las dos últimas décadas, a esta mezcla de
estilos de ficción y documental, conocida como docudrama, para perpetuar
en el celuloide algunos de los pasajes más significativos de nuestra
historia: Crónica de una infamia, Asalto al amanecer, Uvero,
Che.
Aunque el arte de la animación, o sea el de crear movimiento
por yuxtaposición de imágenes de objetos o de fotografías que representan
fases sucesivas de un mismo movimiento, precedió de hecho al surgimiento
del cine, la invención del dibujo animado se le atribuye al caricaturista
norteamericano Stuart Blackton, quien en 1906 realizó su Humorous Phases
of Funny Faces, en donde una mano dibuja los graffiti que toman vida en la
pantalla. Pero fue el animador francés Emile Cohl con Le cauchemar du
fantoche (1908) y Fantasmagorie (id.), quien demostró el poder expresivo y
la vitalidad dinámica del dibujo animado, dando a este género sus primeras
obras de arte. No obstante, no es hasta 1909, con Gertie, el dinosaurio,
del diseñador y cineasta de animación estadounidense Winsor McCay, que se
considera el nacimiento del cartón animado clásico; la animación sobre
celuloide no sería patentada en cambio hasta 1915 por otro norteamericano,
Earl Hurd. El cine de esta modalidad tuvo representantes ilustres en
diferentes partes del mundo a lo largo de todas las siguientes décadas,
pero el monopolio de Walt Disney, surgido en los años treinta, sin duda
diseminó sus influencias para estampar una estética globalizadora que ha
perdurado desde su primer largometraje de animación Blanca Nieves y los
siete enanitos (1937) hasta el presente, en las numerosas producciones del
género en los estudios de esa fábrica de sueños.
Con el desarrollo
de la técnica cinematográfica y de los efectos especiales, el cine de
animación ha avanzado hasta límites insospechados. En un inicio, dentro de
una película rodada con actores o no profesionales, se podía experimentar
incluyendo objetos o dibujos animados, o en una cinta de dibujos animados
se insertaban personajes o figuras humanas. Recuérdese las producciones
Disney como Fantasía (1940), donde Leopoldo Stokowski alternaba con Mickey
Mouse en el segmento de El aprendiz de brujo; o aquellas en las cuales se
mezclaba la acción en vivo con la animación como en Los tres caballeros
(1945) o Canción del sur (1946). En las últimas décadas, esa combinación
ha arrojado resultados artísticos tan notables y sofisticados en filmes
norteamericanos como Quién engañó a Roger Rabbit (1988), de Robert
Zemeckis o Space Jam (1996) de Joe Pytka. Pero no hablemos solamente de
las cintas realizadas en Hollywood. Artistas tan creativos como el
canadiense de origen escocés Norman MacLaren y el checo Karel Zeman
entregaron notables obras donde se fusionaban elementos de los géneros
documental y de animación. En Domando a una silla (1957), MacLaren nos
muestra la pugna de un personaje con un objeto recalcitrante, mientras que
en Vecinos (1960), construye una fábula pesimista sobre el engranaje de la
violencia. Digno heredero de Meliés, Zeman atraviesa el mundo de las
apariencias para llegar a un universo onírico en su cortometraje
Inspiración (1949), donde recrea una relación romántica entre dos pequeñas
figuras de vidrio.
En esta breve introducción se ha querido dejar
claro que aunque los tres géneros básicos del cine tienen bien definidas
sus características, no pueden considerarse completamente divorciados uno
del otro, pues siempre hay una interinfluencia entre ellos. Ahora se
analizará propiamente cómo se ha comportado la evolución integral de los
denominados géneros temáticos en el panorama de la historia del
cine.
Como ya se apuntó en un principio, al hablar de género
cinematográfico uno se adentra en un terreno resbaloso, dada la
relatividad de las clasificaciones existentes. Toda nomenclatura requiere
de una serie de constantes y variables claramente definidas. Se puede
establecer una clasificación genérica atendiendo al tema, al ámbito en que
se desarrolla el argumento, o al efecto emotivo que buscan provocar en el
espectador. Pero, generalmente, en principio, la mayoría de películas que
se distribuyen comercialmente (que son las de ficción) se diferencian en
dos grandes géneros: el drama y la comedia. Esta subdivisión viene a ser
resultado de la poética aristotélica, que consideraba tragedias a aquellas
obras que imitaban el comportamiento de los hombres nobles, y comedias a
las que trataban sobre individuos ruines y vulgares. Un texto teórico como
La vida del drama, de Bentley, emplea la clasificación más amplia de
melodrama, farsa y tragicomedia, heredada evidentemente del teatro.
Algunos autores, como la profesora Luis Josefina Hernández, de la Facultad
de Filosofía y Letras, de la UNAM, hablan además de la pieza y la obra
didáctica. De ese modo en el más amplio de los espectros, se estaría ante
un canon de siete géneros para todas las obras de teatro, y por extensión,
para todas las cintas de ficción.
Las adaptaciones de las tragedias
de Shakespeare al cine, como El trono de sangre, de Akira Kurosawa, o los
respectivos Hamlet, de Laurence Olivier y Grigori Kosintsev no ofrecen
dudas a la hora de clasificarlas, como tampoco las de cualesquiera
realizadas a partir de las obras de los autores clásicos griegos. Pero,
¿cuáles serían algunos de los títulos cinematográficos recientes más
representativos de este género? Los admiradores de Lars von Trier,
posiblemente incluyan a Bailar en la oscuridad en esta categoría, dado que
el personaje de Bjork parece regido por la fatalidad, destinado a luchar
contra fuerzas que la superan, aunque en rigor no pertenezca a la nobleza.
Las películas de Arturo Ripstein (Mentiras piadosas, La reina de la noche,
Profundo carmesí), en esencia, encajan en este grupo por la representación
que hacen de un mundo cerrado y agobiante; los decorados y la iluminación
ayudan a reforzar el tono de lo trágico. Una evidencia adicional de esta
idea es uno de sus últimos filmes: Así es la vida, una adaptación de la
tragedia de Medea, a partir de la obra de Séneca.
El drama es
considerado por muchos un conflicto de la vida humana, un género mixto
entre la tragedia y la comedia, en el cual se presenta un hecho que puede
ser real, capaz de interesar y conmover al espectador. Si se revisan las
filmografías de los directores más representativos del cine, se observará
que son ricas en cintas dramáticas. Viridiana o Tristana, de Luis Buñuel;
La fuente de la virgen, de Ingmar Berman; Accidente, de Joseph Losey; y El
ciudadano Kane y Los magníficos Ambersons, de Orson Welles, son ejemplos
relevantes de películas dramáticas. Entre los filmes más recientes de este
género que más me han conmovido podría citar: Deseando amar (In the mood
for love), de Wong Kar-Wai; El niño carnicero, de Neil Jordan; y Me voy de
Las Vegas, de Mike Figgis.
El melodrama es, en particular, el drama
de acción violenta y sentimientos exagerados, de carácter popular. Con él
se trata de conmover al auditorio, mediante la vehemencia de la situación
y la manipulación de las emociones. Lo que el viento se llevó, de Víctor
Fleming, e Imitación de la vida, de Douglas Sirk, son melodramas
hollywoodenses, por excelencia. Este ha sido uno de los géneros que más ha
perdurado en el gusto del público, estando asociado, por lo general, a
obras literarias de dudosa calidad artística. Desde las primeras épocas
del cine mismo, David Wark Griffith, impuso a Lillian Gish como una de las
heroínas más recordadas de melodramas silentes como Capullos rotos y Allá
en el Este. Greta Garbo, Bette Davis, Joan Crawford, Jenniffer Jones y
Susan Hayward fueron intérpretes de muchas películas del Hollywood sonoro
destinadas al público femenino, que gozaban de las características de este
tipo de filmes. Las cintas mexicanas de Juan Orol fueron el peor exponente
de este género vilipendiado, que en los últimos años ha sido revalorizado.
Entre los hitos del melodrama, de fecha más reciente, cabe recordar a
Cinema Paradiso, de Giusseppe Tornatore, y Titanic, de James Cameron,
capaces de arrancar lágrimas de los espectadores más
inconmovibles.
La comedia es la obra de enredo o costumbres que
mueve a risa, y que puede adoptar múltiples facetas, de acuerdo con la
cinematografía originaria y el realizador: la fantasía intermedia entre la
comedia, el sueño y la burla, con un imperecedero atractivo de
inmarchitable frescura (El fantasma va al Oeste, 1936, de René Clair); la
bufa y tierna, llena de sugerencias, que no excluye un profundo análisis
psicológico (El bello Antonio, 1961, de Mauro Bolognini); la vital, alegre
y chispeante, original, pletórica de gags y dulce locura (Algunos
prefieren quemarse, 1959, de Billy Wilder) o la plena de humor, tratada
con seriedad, donde lo insólito no puede faltar, mientras una soterrada
ironía recorre la obra de principio a fin (Ocho sentenciados, 1949, de
Robert Hamer). La sátira es un tipo de comedia mordaz que critica o
ridiculiza: Tiempos modernos, de Charles Chaplin; Doctor insólito, de
Stanley Kubrick; MASH, de Robert Altman; Desde el jardín, de Hal Ashby, El
show de Truman, de Peter Weir. La comedia, igual que el drama, se ha
mantenido incólume a través del tiempo y sigue gozando de notable salud,
lo cual no quiere decir que haya producido obras que hayan eclipsado a los
títulos emblemáticos del pasado. La comedia americana de los años treinta
y cuarenta no ha tenido paralelo en las últimas décadas del cine
estadounidense. Cintas como Domando al bebé (Bringing up baby, 1938,
Howard Hawks) o La primera plana (The front page, 1932, Lewis Milestone)
que han sido llevadas de nuevo al cine en versiones posteriores no han
logrado superar a sus antecesoras. Después que desapareció el toque
Lubitsch y con ello la comedia sofisticada, lo que ha predominado en el
cine norteamericano ha sido lo vulgar y soez. No se encuentran a cómicos
creadores como Charles Chaplin, Buster Keaton o Harold Lloyd, sino a
payasos seguidores de Bob Hope y Jerry Lewis en el caso de Jim Carrey,
aunque debe reconocerse que el último supera a los dos anteriores en
recursos histriónicos. No obstante el desolador panorama, aún puede reinar
una Julia Roberts y de vez en cuando aparecer en agradables cintas como La
boda de mi mejor amigo y Notting Hill. Las cinematografías inglesa,
francesa o italiana de los últimos años tampoco han logrado igualar en
cantidad apreciable los éxitos de antaño, aunque ocasionalmente se
produzcan títulos importantes como Cuatro bodas y un funeral o The Full
Monty.
La farsa, emparentada con la comedia, contiene más elementos
grotescos y chabacanos que la última, y lleva las situaciones hasta un
punto límite que rayan en lo inverosímil. Entre las cintas más
distinguidas de este género pudieran hallarse Dura Lex, de Lev Kuleshov;
La muerte de un burócrata, de Tomás Gutiérrez Alea; Los seres queridos, de
Tony Richardson; El fantasma de la libertad, de Luis Buñuel y Educando a
Arizona, de Joel Coen.
Menos frecuente han sido las tragicomedias a
lo largo de la historia del cine, aunque lo discutible de las
clasificaciones hace factible incluir a películas dentro de distintos
géneros. Monsieur Verdoux, de Charles Chaplin, para algunos simplemente
una comedia negra, bien pudiera ser catalogada en este restringido
conjunto, al lado de títulos tan ilustres como Trenes rigurosamente
vigilados, de Jiri Menzel; Atrapados sin salida, de Milos Forman, y La
vida es bella, de Roberto Benigni. Todos ellos contienen una diversidad de
situaciones humorísticas, pero el mensaje final que transmiten nos deja un
saldo triste y amargo.
Apartándonos ya de la tradición
aristotélica, proveniente del teatro, que clasifica las películas, por su
planteamiento estructural y por la trayectoria de los personajes y su
construcción, en los grandes géneros esencialmente atemporales citados
antes, pasemos revista ahora a la nomenclatura derivada del trabajo de los
críticos, y de las etiquetas que los productores y comercializadores le
han impuesto a las películas: western, musical, policíaco, cine negro,
thriller, filme bélico, fantástico con sus diferentes vertientes como la
ciencia-ficción o el horror, histórico, de aventuras. La comedia y el
melodrama, por extensión, también han sido incluidos adicionalmente dentro
del grupo anterior.
Los géneros temáticos cinematográficos, en su
mayoría, tuvieron su origen en la literatura, casi desde los mismos
inicios del séptimo arte. Las primeras películas de ficción de Meliés se
inspiraron probablemente en acontecimientos reales del pasado y en las
novelas de Julio Verne, de ahí que los géneros histórico y fantástico
fueran de los primeros en aparecer. Las cintas de aventuras, en un inicio,
indiscutiblemente se nutrieron de los clásicos literarios. El filme
policíaco tiene que haber partido de la novela detectivesca, con una línea
de interés y una deducción; una de sus primeras modalidades en la pantalla
fueron los seriales o episodios de Nick Carter (1908). En Estados Unidos,
el norteamericano Edwin S. Porter, con El gran asalto al tren (1903) dio
lugar al surgimiento de uno de los géneros más autóctonos del cine y que
ha perdurado hasta nuestros días: el western u oeste, aunque ciertos
historiadores remontan sus comienzos a imágenes de 1898 o a la grabación
de Buffallo Bill y Annie Oakley en el kinetoscopio de Thomas Alva Edison.
Algunos géneros particulares surgieron o se desarrollaron como
consecuencia de las circunstanciales sociales. Por ejemplo, las películas
bélicas no pudieron tener una existencia preeminente antes de la Primera
Guerra Mundial, de haberlas serían específicamente aisladas y estarían
enfocadas más bien desde un punto de vista histórico. Las cintas
musicales, lógicamente, no irrumpieron hasta la llegada del sonoro con El
cantante de jazz. El filme de gánsteres, subgénero del policíaco, se
considera que aparece con La ley del hampa (Underworld), de Josef von
Sternberg, en 1927, cuando comienzan en Norteamérica los primeros síntomas
de esta epidemia social. El cine negro, otro estilo derivado del
policíaco, que pone más énfasis en el tono y en la atmósfera del filme que
en la intriga misma, surgió en Estados Unidos en los años de la Segunda
Guerra Mundial, influido por los realizadores europeos que emigraron de
Alemania y como consecuencia de la desilusión que sobrevino después de
esta contienda. Casi es unánime el consenso entre los críticos de que El
halcón maltés (1941), de John Huston fue la primera película de este tipo.
Un género muy en boga en la actualidad, el thriller (del inglés to thrill,
que significa suscitar una emoción viva) se refiere a las películas que
provocan excitación y suspenso mediante la acción violenta; en este caso,
una acción dramática se halla retardada por otra paralela o secundaria,
con el objeto de mantener la atención del espectador. Las cintas de Alfred
Hitchcock se consideran representativas de esta modalidad.
Desde
que Hollywood alcanzó su hegemonía ha definido claramente las películas de
acuerdo con géneros específicos con el propósito de que sean reconocidas
por un público masivo. Como habitualmente los géneros tienen un desarrollo
predecible, ello asegura la taquilla del producto cinematográfico, ya que
el espectador sabe lo que va a ver. Algunas industrias fílmicas de países
desarrollados han seguido los pasos de la Meca del Cine y han entregado
obras que se rigen por los mismos parámetros de los géneros señalados
antes.
Pero, ¿cuál ha sido últimamente el estado de salud de los
géneros tradicionalmente campeones de la industria
hollywoodense?
Desde la década de los setenta se sabe que el
musical americano estaba herido de muerte, por tener prácticamente sus
fórmulas agotadas. La mayoría de los intentos de revivir el musical a
partir de esos años son repeticiones ilustrativas de obras de Broadway (El
violinista en el techo, Jesucristo superestrella, Brillantina, A chorus
line) o nuevas versiones y adaptaciones de clásicos del pasado (El mago).
Cabaret, All that Jazz y Fama son cintas tremendamente imaginativas, pero
cuyo peso dramático sobrepasa el equilibrio y la integración que
necesariamente se mantenía antes con los elementos de la música y la
danza. Fiebre del sábado noche, Flashdance y Bailando suave pretenden
disfrazarse de películas musicales, pero todas son esencialmente
melodramas a los cuales se les ha añadido un aluvión de éxitos musicales.
Tal vez, Hair, de Milos Forman y Evita, de Alan Parker, formen parte de
los pocos títulos salvables de este repertorio en los últimos veinte
años.
El western, el género fílmico por excelencia de Hollywood,
tras resucitar de sus cenizas a principios de los noventa, con Bailando
con lobos y Sin perdón, amenaza de nuevo con extinguirse. El peplum o
filme de gran espectáculo sobre temas de la Antigüedad histórica o
mitológica, prácticamente inexistente desde hace años en la cinematografía
estadounidense, ha resurgido como ave fénix con Gladiador, de Ridley
Scott.
El policíaco, el thriller, y las cintas de aventuras, con
todas sus variantes y subgéneros siguen disfrutando de larga vida, porque
han recibido la inyección de los efectos especiales. Algo similar puede
decirse de las películas fantásticas, ya sean las de ciencia ficción o
terror, lo que no quiere decir en todos los casos sinónimo de virtud, pues
lo que impera generalmente es la falta de ella. El filme de gángsters ha
venido a ser sustituido por el equivalente dramático de los mafiosos; la
herencia legada por Coppola es hartamente pródiga, lástima que su calidad
sea tan exigua. El cine negro, en cambio, ha tenido un renacer inusitado.
Durante la última década se han visto títulos tan dignos como Luna de
porcelana (China Moon), de John Bailey o neoclásicos como Sospechosos
habituales, de Bryan Singer, y Los Angeles al desnudo, de Curtis
Hanson.
El género bélico consiguió aires renovados en los noventa.
Luego de que Kubrick volviera a impactar a los críticos con Full Metal
Jacket (1987), treinta años después de Patrulla infernal, Spielberg por
primera vez enfrentó el drama de guerra en La lista de Schindler (1993), y
un lustro más tarde volvió a sorprender a todos con Salvando al soldado
Ryan. Tras una inactividad de veinte años, Terrence Malick se anotó un
triunfo artístico con La delgada línea roja (1998).
El drama y la
comedia han ido interactuando cada vez más con el paso del tiempo, y así,
aunque existen películas con sus rasgos perfectamente reconocibles dentro
de uno u otro género, pueden nombrarse un buen número de ellas tanto en
Hollywood como en otras latitudes, que poseen características que las
adscriben a cualquiera de las dos clasificaciones: Magnolias de acero, de
Herbert Ross; Forrest Gump, de Robert Zemeckis; El marido de la peluquera,
de Patrice Léconte; Belleza americana, de Sam Mendes; Humo sagrado, de
Jane Campion; etcétera. Esta tendencia se ha ido acentuando, y en la
actualidad el público a veces se siente desconcertado y sale del cine
pensando que le han dado gato por liebre.
Una situación similar
viene ocurriendo en muchas cintas donde se han mezclado atributos de dos o
varios géneros. En determinados casos la fusión funciona y se producen
obras cinematográficas notables que marcan época: Blade runner (1982), de
Ridley Scott, donde se combina una atmósfera y una dramaturgia de cine
negro con un ambiente futurista de ciencia ficción, o Bailar en la
oscuridad (2000), de L. Von Trier, híbrido del melodrama social y el
musical; en otros, se logran cintas interesantes como Red Rock West, de
John Dahl, donde se cruzan elementos del western y del cine policíaco,
concretamente del film noir; o como Del crepúsculo al amanecer, al unir
ingredientes de las películas de horror con las del oeste. También se
juega con guiños paródicos o satíricos de la comedia, empleando el western
(Wild, wild, west, de Barry Sonnenfeld), el filme fantástico (Starship
troopers, de Paul Verhoeven, o Hombres de negro, del mismo Sonnenfeld) o
el policíaco (Fargo, de Joel Coen). Algunos creadores cinematográficos, a
lo largo de todas las épocas, han escapado de la clasificación de
películas por géneros. Son aquellos autores denominados de vanguardia
cuyas obras rebasan los marcos estrechos de esos moldes y no pueden
ajustarse a una categoría particular. ¿ Cómo clasificar El perro andaluz,
de Luis Buñuel; Vivir su vida, de Jean Luc Godard, El proceso, de Orson
Welles; Ocho y medio, de Federico Fellini; Persona, de Ingmar Bergman; Los
artistas bajo la carpa del circo: perplejos, de Alexander Kluge,
Nashville, de Robert Altman; Una zeta y dos ceros, de Peter Greenaway
?
A ciertos filmes encasillados por los distribuidores dentro de un
género como el drama, con frecuencia se les añade un complemento
identificativo: social, psicológico, histórico, bélico, para describir el
asunto que tratan, la época en que se desarrollan y el lugar en que
ocurren, en aras de orientar al público. Esto puede servir para las cintas
tradicionales de los géneros mencionados antes, pero no para las obras que
son consideradas innovadoras del lenguaje cinematográfico o de una
corriente estética. Ceñir Persona, de Bergman a la categoría de drama
psicológico, por ejemplo, sería limitar la capacidad de expresión e
interpretación del filme a un discurso unilateral de su autor, y a no
conceder la posibilidad de múltiples lecturas que puede arrojar una
película.
Como se observa, el hecho de proporcionar una
clasificación inadecuada a un filme puede cercenar incluso la motivación
del espectador para verlo, dado que éste puede creer que no se encuentra
dentro de su esfera de intereses. Esto evidencia la complejidad de la
cuestión de los géneros, así como los errores en que incurren productores,
distribuidores, historiadores, críticos y espectadores a la hora de
establecer el género de una película.
Este propio trabajo no está
exento de imprecisiones, ya que la discusión de los géneros no es un
asunto concluido. El autor espera haber contribuido modestamente a la
comprensión de la problemática de los
géneros.
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¿Qué es género?
Un género, tanto en la
literatura como en los diversos medios audiovisuales, es una forma
organizativa que caracteriza los temas e ingredientes narrativos elegidos
por el autor. Cuando hablamos de géneros en el medio cinematográfico, nos
estamos refiriendo a categorías temáticas estables, sometidas a una
codificación que respetan los responsables de la película y que es
conocida por sus espectadores. No obstante, ésta no es una taxonomía
invariable, y queda sometida a los vaivenes de la moda y distintas
tendencias político-sociales. Por ejemplo, el género que llamamos
melodrama romántico ofrece muy distintas posibilidades si lo
analizamos en los años treinta o en los años ochenta, pues el romanticismo
y las relaciones de pareja han variado substancialmente en el trecho
histórico que separa ambos periodos.
Por lo común, suele
identificarse como género cinematográfico un modo estereotipado de contar
una película. Se trata de una fórmula con cualidades y personajes
reconocibles, que permiten al espectador identificarse con ese relato y
disfrutarlo en un grado aún más intenso, pues conoce las reglas que
modulan todo aquello que se le cuenta desde la pantalla. Así, el
aficionado a las películas del Oeste conoce las figuras esenciales
de este género –el pistolero solitario, el cuatrero, la propietaria de la
cantina, etc.-, y se siente satisfecho con su reconocimiento, pues ya
adivina los rasgos fundamentales de cada estereotipo. Diversos
especialistas han analizado esa fruición del público al situarse frente a
un producto que le es familiar. En suma, un producto cuyo género conoce
sobradamente.
Al tratarse de una convención inteligible para los
espectadores, los creadores cinematográficos asumen los géneros como un
modelo para ordenar los contenidos del relato. Con todo, se asume una
definición reduccionista, cuyo fin es catalogar los temas y la
ambientación que prevalecen en una película. Pero la realidad es
contradictoria y se aleja de esa simplificación, pues resulta muy
infrecuente que un guión cinematográfico muestre una sola aspiración
temática.
No obstante, el recurso de los géneros es fundamental
para la distribución y promoción comercial de las películas. Dado que se
trata de fórmulas narrativas de eficacia comercial, la mercadotecnia que
organiza el negocio del cine sigue insistiendo en los géneros para atraer
al público. Cuando una película se presenta como melodrama, como filme de
aventuras o como cine de terror, sus promotores saben perfectamente a qué
segmento de espectadores va dirigida y qué expectativas de rendimiento
comercial la acompañan.
Como herramienta para clasificar la
producción cinematográfica, los géneros se fundamentan en un tema, en una
escenografía típica o en una tendencia de producción que distingue a
cierta compañía. De acuerdo con este consenso, el espectador que se acerca
al cine asume los rasgos originales de cada género, bien sea documental,
cine de animación, experimental, melodrama, cine histórico, negro, cómico,
terrorífico, de ciencia-ficción, fantástico, musical, de aventuras,
bélico, western o erótico. En suma, dicho espectador emplea el
género como un distintivo para elegir la programación audiovisual que le
resulta más atractiva