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Por Javier Vigara
El alcohol, al igual que en la vida corriente, no podía dejar de tener su reflejo en la gran pantalla. ¡Qué mejor recurso para un actor que no sabe que hacer con las manos que sostener un vaso de whisky sin el cual se sentiría más desnudo que sin pantalones!. Muchas películas han tenido como leit motiv el dramático tema del alcoholismo. Otras han reflejado el encanto sofisticado de degustar un combinado siendo invitado por la rubia de la tercera mesa. Otras han mostrado los divertidos efectos de la ebriedad y su utilidad para provocar divertidas peleas en el salón de un pueblo del Far West o hacer el ridículo más espantoso confesando vergonzantes penalidades al habitualmente comprensivo (en el cine, claro) barman. Vaya a continuación esta personal y subjetiva retahíla de títulos que demuestran que el alcohol trae problemas... El infierno del alcohol En "El borracho" (Barfly, 1987, Barbet Schroeder), Mickey Rourke encarnó, secundado por Faye Dunaway, a todo un titán del bebercio como Henry Chinaski, el alter-ego de ficción de Charles Buckowski, a la sazón autor del guión del filme. Todo el etílico y mugriento universo del poeta de la embriaguez se veía reducido a un insustancial y frío ejercicio estético en el cual quedaba patente el flagrante error de casting cometido: Rourke resultaba demasiado atractivo para encarnar con propiedad a Chinaski. Actualmente, cuando el alcohol, las drogas y un cirujano plástico con mucho sentido del humor han destrozado totalmente su físico, quizás si que fuera el actor adecuado. Suicidarse bebiendo Beber para olvidar... o por aburrimiento Otro personaje que ahogaba sus penas (si es que las tenía) en alcohol era aquel al que daba vida Dudley Moore en "Arthur, el soltero de oro" (Arthur, 1981, Steve Gordon) y "Arthur 2: on the rocks" (1988, Bud Yorkin), un inmaduro crónico que, alérgico al compromiso y a crecer, se pasaba la vida de juerga en juerga hasta que conocía a Liza Minnelli, se enamoraba y... todo cambiaba. Curiosamente, ambos protagonistas tenían también problemas con la bebida en la vida real. Otro borrachín de pro era el Andreas de "La leyenda del Santo Bebedor" (Leggenda del Santo Bevitore, 1.988, Ermmano Olmi), al que al menos el destino trataba con cierta condescendencia al poner en sus manos una estimable cantidad de dinero. Él atribuía el hallazgo a los designios del Santo Bebedor... pero ya se sabe que los designios del alcohol también son inescrutables. En los últimos tiempos, han seguido proliferando películas sobre la tragedia del alcoholismo en las vidas de las personas corrientes con las que nos podemos encontrar en la escalera de casa. "Cuando un hombre ama a una mujer" (When a man loves a woman, 1994, Luis Mandoki) y "28 días" (28 days, 2.000, Betty Thomas) con Meg Ryan y Sandra Bullock, respectivamente, empinando el codo, son dos claros ejemplos de la fórmula (propia del género telefílmico) de colocar a dos angelicales mujeres cayendo en las garras de la botella y resurgiendo renacidas al final del metraje. ¿Borracho yo? ¿Qué sería de James Bond sin sus martinis agitados pero no revueltos? Beber estando de servicio es algo que el cine nos ha enseñado que no se debe hacer. Pero a 007 poco le importa hacer peligrar su misión metiéndose entre pecho y espalda unos cuantos tragos de su bebida favorita. Y a decir verdad, la mayoría de policías y detectives cinematográficos hacen tres cuartos de lo mismo... En "Cita a ciegas" (Blind date, 1987) Blake Edwards volvía a incidir (25 años después de "Días de vino y rosas" y en clave de comedia) en el tema del alcoholismo o más bien en la influencia del alcohol en la vida de las personas. Kim Basinger interpretaba a Nadia, una encantadora y algo tímida muchacha a la que su excesiva sensibilidad al alcohol convertía en un auténtico torbellino incontrolado que hacía que el bueno de Walter (Bruce Willis), con el que se había citado sin conocerse, diera con sus huesos en comisaría. El filme era una obra menor del maestro pero aún así superaba con mucho la media de calidad de las comedias de los 80 (una década ominosa para el género) porque qué decir de "Porky's", "Desmadre a la americana" y similares. Estos auténticos homenajes a la diversión descerebrada no serían lo que son sin su apología del abuso de la cerveza. Identificar alcohol y diversión fue todo uno en el cine de los 80. Actualmente, son otras sustancias las que aparecen con asiduidad y descaro en las pantallas. Tal vez, porque el espectador ya tiene suficiente alcohol a su alrededor en la vida corriente. Aún así (y para acabar), demostrando que las chicas no se quedan a la zaga en esto del hedonismo etílico (en cristiano, pasárselo bien con el alcohol de por medio), ahí tenemos a las chicas del "Bar Coyote" (Coyote Ugly, 2000, David McNall) que, al ritmo de la música, emulaban a Tom Cruise en una mezcla bastante consternante de "Cocktail" y "Dirty dancing" o "Fama".
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