Has escrito: “Heme aquí, fiel al eco de tu voz,
taciturno, inexpresado”. Sé de tu alma tensa,
a capricho de las sedas sonoras de mi laúd:
Para ti sólo toco.
Escucha con abandono el sonido y la sombra del
sonido en la caracola del mar, donde todo se sumerge.
¡No digas que puede que un día escuches
menos delicadamente!
No digas. Pues te aseguro que, entonces, lejos
de ti, buscaré en otro lugar el reposo que
me revelaste. E iré gritando a los cuatro vientos:
Me has oído, me has conocido, no puedo vivir en
el silencio. Incluso cerca de ese otro que está
aquí, todavía.
Para ti sólo toco.