Álvarez Ortega traductor de Saint-John Perse


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Volver a empezar todo. Volver a decir todo.
¡Tras haber llevado la guadaña de la mirada sobre todo!
Un hombre se puso a reír ante las galerías de piedra
de los Bibliotecarios.-¿Basílica del libro!
Un hombre ante las rampas de sardónice,
bajo las prerrogativas del bronce y del alabastro.
Un hombre de breve nombre.¿Quién era, quién no era?
Y, de ágata son los muros donde se lustran las lámparas,
el hombre con la cabeza desnuda y las manos lisas
en las canteras de mármol amarillo –donde están los libros
en sus nichos, como antaño, bajo molduras,
los animales de paja en sus jarras,
en las habitaciones cerradas de los grandes Templos-
los libros tristes, innumerables,
dando, por medio de altas capas cretáceas,
crédito y sedimento a la llegada del tiempo.
Y de ágata son los muros donde se ilustran las lámparas,
Altos muros pulimentados por el silencio,
por la ciencia y por la noche de las lámparas.
Silencio y silenciosos oficios. Sacerdotes y sacerdocios.¿Serapeum?

En aquellas fiestas de la verde primavera
¿necesitábamos lavar el dedo manchado
por el polvo de los archivos –en esa pruina de vejez,
en ese fondo de Reinas muertas,
de flamines- como en los yacimientos
de las ciudades santas de blanca alfarería,
muertas de demasiado luna y atrición?
¡Ah, que me avienten todo este limo!
¡Ah, que me avienten este señuelo!
Sequedad y superchería de altares…
Los libros tristes, innumerables, con sus cantos de tiza pálida…

Y ¿qué es todavía, en mi dedo huesudo,
todo este talco de deterioro y prudencia,
todo este contacto con los polvos del saber?
Como en los finales de estación polvareda
y polvo de polen, esporas y espórulas de liquen,
un desmenuzamiento de piérides,
de escamas en las volvas de los lactarios…
todas las cosas tiñosas en el límite de lo ínfimo,
sediento de abismos en sus heces,
cieno y posos a punto de degradación –
cenizas y escamas del espíritu.

Ah, todo este tibio perfume de ungüento y lejía bajo cristal…,
de blancas tierras de sepulcro,
de blancas tierras de batán y de tierra de brezo
para viejos Invernaderos Victorianos…,
toda esta insípida exhalación de sosa y de falúa,
de blanca pulpa de copra y de secadero de algas
bajo sus talos en el fieltro gris de los grandes herbarios.

Ah, todo este sabor de asilo y de alcazaba,
y esta pruina de vejez en las molduras e piedra-
sequedad y superchería de altares,
caries de arrecifes de coral, y la infección repentina,
en la lejanía, de los altos rodrigones de caliza
en las traiciones de la eclíptica…

¡Marcharse! ¡Marcharse! ¡Palabra del viviente!

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