La huella de las cosas
(1948)


La huella de las cosas

Mi cuarto tiene presa el alma de los d�as pasados, entres los mudos libros
se agolpan los recuerdos, versos, cuadros, flores, acaso una rama
reseca de jara, con su temblor, rompen el olvido que me oculta.
Mas de s�bito en mis labios se hiela un deseo y yo a todos pregunto� y nadie,
nadie sabe decirme el porqu� de mi vida.

Por la ventana abierta el invierno ti�e las cosas de un color �ntimo y nuevo,
la bouganvilia balancea en sus hojas una sombra sin perfume,
y en el solar de enfrente los perros corren aullando al oto�o
y los p�jaros de La Torre se dispersan en bandadas desacordes.
Y el porqu� de mi vida es el filo de un cuchillo que desgarra mis venas
y pone en mis manos un gesto de desesperaci�n.

En el jard�n bostezan los naranjos melanc�licos y en sus troncos de cal
los rosales envuelven la impaciencia roja de sus tiernas corolas.
Y se transfunde la tarde al reflejarse en la pupila muerta del pozo o en el agua de la acequia,
y yo, que me siento apagado, s�lo sombra, alzo mi rostro a las cosas y les pregunto� y nadie, nadie sabe decirme el porqu� de mi vida.

Y por el cielo pasan flotando las nubes y los montes son una l�nea oscura en la lejan�a
y el arroyo ensordece la ca�ada y bajo la tierra la hierba se encharca de aromas.
Y es al coraz�n oscuro del pueblo, que desde el hondo valle se me clava en los ojos,
a quien pregunto el porqu� de mi vida, y no me contesta.

Y no me contesta porque mi vida acaso no es sino humo
que sin forma se esparce en el tiempo, all� donde todas las cosas
hicieron su huella, su herida profunda y dolorosa.

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