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CEMENTERIO MARINO
Hasta aqu� el tiempo con sus lluvias. Y el salmo de la piedra batido por el mar. La rama desgajada y la colina abierta tristemente al mundo de los astros. Un coraz�n de hierba comido por el polvo tal un barrio de muertos que la luna custodia.
�Oh viajero! He aqu� la historia de unos d�as lamidos cara a cara por un pueblo de imp�dicos mendigos y mujeres que han hecho de su sexo una mortaja. Aqu� el m�rmol que custodia los muslos del duro adolescente ca�do en el asfalto, la fiel garganta del guerrero y su pu�al de odio talado por el viento, la rubia trenza y su perfume gritando desolado por la costa, los tristes senos de una ni�a podridos sin el tacto suave del amante.
�Cementerio marino, desolado recinto! Una espiga de sombra quiero llevar cantando, repasando la arena que guarda tu codicia. Alzar el vago reino que perdura entre las grises llamaradas del deseo y el hast�o. Modular tu torso de ca�izo, la b�veda de hormigas y yerbajos y el �rbol tatuado por la lluvia que en tu muro se acuesta.
No me pidas que aleje tu miseria, el golpear solemne de las nubes, el llanto de tus cruces derrumbadas bajo el ardiente �xido del d�a. No quiero tu pasi�n desordenada, la costumbre viciosa o el castigo de fluir callando como un r�o por todos los rincones de la muerte. Yo busco el rito de tu infancia, la entrega que perdura tras el tiempo, la despierta mansi�n que arrebata suave la sangre de tus hijos, el silbido del mar en la ladera que ba�a irremediable tus escombros.
Dame labios de sal, agua entre ramas, que mi coraz�n beba tu dicha junto a la lapa ro�da y el ciempi�s. Y en apacible noche, a tu sombra, ceder� su jugo mi pasi�n m�s turbia, exilio de una amarga entrega hace meses comida por tu tierra. Pon tu palabra en mi boca, oh demonio de mi mundo, y hazla una desierta playa que cruja con mi mismo escalof�o.
No, no digas adi�s a tus violentos hijos. Aqu� me condeno. Ya lo sabes. Pues donde los muertos juegan en desolada espera con los muertos ning�n dios pondr� all� la sombra gangrenada de su pecho, su r�o. Y as� el que llegue caminar� ya herido suplicando al sol su caldeado fruto, su gloria, y esa libertad como un deseo rodando por la lengua victoriosa.
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