EXILIO
(1953)

Hosted by www.Geocities.ws

CEMENTERIO MARINO

Hasta aqu� el tiempo con sus lluvias.
Y el salmo de la piedra batido por el mar.
La rama desgajada y la colina
abierta tristemente al mundo de los astros.
Un coraz�n de hierba comido por el polvo
tal un barrio de muertos que la luna custodia.

�Oh viajero! He aqu� la historia de unos d�as
lamidos cara a cara por un pueblo
de imp�dicos mendigos y mujeres
que han hecho de su sexo una mortaja.
Aqu� el m�rmol que custodia los muslos
del duro adolescente ca�do en el asfalto,
la fiel garganta del guerrero
y su pu�al de odio talado por el viento,
la rubia trenza y su perfume
gritando desolado por la costa,
los tristes senos de una ni�a
podridos sin el tacto suave del amante.

�Cementerio marino, desolado recinto!
Una espiga de sombra quiero llevar cantando,
repasando la arena que guarda tu codicia.
Alzar el vago reino que perdura
entre las grises llamaradas del deseo
y el hast�o. Modular tu torso de ca�izo,
la b�veda de hormigas y yerbajos
y el �rbol tatuado por la lluvia
que en tu muro se acuesta.

No me pidas que aleje tu miseria,
el golpear solemne de las nubes,
el llanto de tus cruces derrumbadas
bajo el ardiente �xido del d�a.
No quiero tu pasi�n desordenada,
la costumbre viciosa o el castigo
de fluir callando como un r�o
por todos los rincones de la muerte.
Yo busco el rito de tu infancia,
la entrega que perdura tras el tiempo,
la despierta mansi�n que arrebata
suave la sangre de tus hijos,
el silbido del mar en la ladera
que ba�a irremediable tus escombros.

Dame labios de sal, agua entre ramas,
que mi coraz�n beba tu dicha
junto a la lapa ro�da y el ciempi�s.
Y en apacible noche, a tu sombra,
ceder� su jugo mi pasi�n m�s turbia,
exilio de una amarga entrega
hace meses comida por tu tierra.
Pon tu palabra en mi boca,
oh demonio de mi mundo,
y hazla una desierta playa
que cruja con mi mismo escalof�o.

No, no digas adi�s a tus violentos hijos.
Aqu� me condeno. Ya lo sabes.
Pues donde los muertos juegan
en desolada espera con los muertos
ning�n dios pondr� all� la sombra
gangrenada de su pecho, su r�o.
Y as� el que llegue caminar� ya herido
suplicando al sol su caldeado fruto,
su gloria, y esa libertad como un deseo
rodando por la lengua victoriosa.

1