Dios de un día
(1954)


Puedo llenar de nombres

Puedo llenar de nombres tu adorable penumbra,
romper la circular tristeza de tus muros
entre ramas, papeles, menudas cosas como polvo:
la ceniza de una hoguera familiar que recoge
el adiós de tanto muerto esparcido en los años.

Puedo decir: Dios, casa, sombra, mediodía. Gritar
en tu pared deshecha por tanta horrible lluvia.
Puedo herir tu corazón, la huella de tu escombro,
tu gris cabeza carcomida por el trémulo aviso
de unos hijos que adoran tu esqueleto sencillo.

Pero ¿qué ciego homenaje romperá entonces esa lava
que ha ido por el suelo tanto tiempo llamándote?
¿Quién descubrirá tus maderas deshechas al final del verano
por el fuego, los insectos suicidas, la desesperación
de unos seres heridos un día y otro por tu olvido?

Sur doliente, tierra viva: puedo mi cadáver pasar
por tus aguas. Beber tu cielo derramado en sollozos.
Escuchar el correr de tus lluvias mordidas por la luna.
Puedo apoyar mi espalda sobre tu muerte, y llorar,
llorar mi tristeza como un hombre, dios diario, fugitivo.

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