J. D.
SALINGER
Breve extracto
de “El Guardían entre el Centeno”
De pronto dejé de encender cerillas y me incliné hacia ella
por encima de la mesa. Estaba preocupado
por unas cuantas cosas:
-Oye, Sally -le dije.
-¿Qué?
Estaba mirando a una chica que había al otro lado del bar.
-¿Te has hartado alguna vez de todo? -le ddije-. ¿Has pensado alguna vez que a
menos que hicieras algo enseguida el mundo se te venía encima? ¿Te gusta el
colegio?
-Es un aburrimiento mortal.
-Lo que quiero decir es si lo odias de verdad -le dije-. Pero no es sólo el colegio. Es todo.
Odio vivir en Nueva York, odio los taxis y los autobuses de Madison Avenue, con esos
conductores que siempre te están gritando que te bajes por la puerta de atrás,
y odio que me presenten a tíos que dicen que los Lunt
son unos ángeles, y odio subir y bajar siempre en ascensor, y odio a los tipos
que me arreglan los pantalones en Brooks, y que la
gente no pare de decir..
-No grites, por favor -dijo Sally. Tuvo gracia porque yo ni siquiera gritaba.
-Los coches, por ejemplo -le dije en voz más baja-. La gente se vuelve loca por ellos. Se mueren si les hacen un arañazo en la
carrocería y siempre están hablando de cuántos kilómetros hacen por litro de
gasolina. No han acabado de comprarse
uno y ya están pensando en cambiarlo por otro nuevo. A mí ni siquiera me gustan los viejos. No me interesan
nada. Preferiría tener un caballo. Al menos un caballo es más humano. Con un caballo puedes...
-No entiendo una palabra de lo que dices -dijo Sally-. Pasas de
un...
-¿Sabes una cosa? -continué-.
Tú eres probablemente la única razón por la que estoy ahora en Nueva
York. Si no fuera por ti no sé ni dónde
estaría. Supongo que en algún bosque
perdido o algo así. Tú eres lo único que
me retiene aquí.
-Eres un encanto -me dijo, pero se le notaba que estaba
deseando cambiar de conversación.
-Deberías ir a un colegio de chicos. Pruébalo alguna vez -le dije-. Están llenos de farsantes. Tienes que estudiar justo lo suficiente para
poder comprarte un Cadillac algún día, tienes que
fingir que te importa si gana o pierde el equipo del colegio, y tienes que
hablar todo el día de chicas, alcohol y sexo.
Todos forman grupitos cerrados en los que no puede entrar nadie. Los del equipo de baloncesto por un lado, los
católicos por otro, los cretinos de los intelectuales por otro, y los que
juegan al bridge por otro. Hasta los socios del Libro del Mes tienen su
grupito. El que trata de hacer algo con
inteligencia...
-Oye, oye -dijo Sally-, hay muchos
que ven más que eso en el colegio...
-De acuerdo. Habrá
algunos que sí. Pero yo no,
¿comprendes? Eso es precisamente lo que
quiero decir. Que yo nunca saco nada en
limpio de ninguna parte. La verdad es
que estoy en baja forma. En muy baja
forma.
-Se te nota.
De pronto se me ocurrió una idea.
-Oye -le dije-. ¿Qué te parece si nos fuéramos de aquí? Te diré lo que se me ha ocurrido. Tengo un amigo en Grenwich
Village que nos prestaría un coche un par de semanas,
íbamos al mismo colegio y todavía me debe diez dólares. Mañana por la mañana podríamos ir a Massachusetts, y a Vermont, y
todos esos sitios de por ahí. Es
precioso, ya verás. De verdad.
Cuanto más lo pensaba, más me gustaba la idea. Me indiné hacia ella y le cogí la mano. ¡Qué
manera de hacer el imbécil! No se
imaginan.
-Tengo unos ciento ochenta dólares -le dije-. Puedo sacarlos del banco mañana en cuanto
abran y luego ir a buscar el coche de ese tío.
De verdad. Viviremos en cabañas y
sitios así hasta que se nos acabe el dinero.
Luego buscaré trabajo en alguna parte y viviremos cerca de un río. Nos casaremos y en el invierno yo cortaré la
leña y todo eso. Ya verás. Lo pasaremos formidable. ¿Qué dices? Vamos, ¿qué dices? ¿Te vienes conmigo? ¡Por
favor!
-No se puede hacer una cosa así sin pensarlo primero -dijo Sally. Parecía
enfadadísima.
-¿Por qué no? A
ver. Dime ¿por qué no?
-Deja de gritarme, por favor -me dijo. Lo cual fue una idiotez porque yo ni le
gritaba.
-¿Por qué no se puede?
A ver. ¿Por qué no?
-Porque no, eso es todo.
En primer lugar porque somos prácticamente unos críos. ¿Qué harías si no
encontraras trabajo cuando se te acabara el dinero? Nos moriríamos de hambre. Lo que dices es absurdo, ni siquiera...
-No es absurdo.
Encontraré trabajo, no te preocupes.
Por eso sí que no tienes que preocuparse. ¿Qué pasa? ¿Es que no quieres
venir conmigo? Si no quieres, no tienes
más que decírmelo.
-No es eso. Te
equivocas de medio a medio -dijo Sally. Empezaba a odiarla vagamente-. Ya tendremos tiempo de hacer cosas así cuando
salgas de la universidad si nos casamos y todo eso. Hay miles de sitios maravillosos adonde
podemos ir. Estás...
-No. No es verdad. No habrá miles de sitios donde podamos ir
porque entonces será diferente -le dije.
Otra vez me estaba entrando una depresión horrorosa.
-¿Qué dices? -preguntó-.
No te oigo. Primero gritas como
un loco y luego, de pronto...
-He dicho que no, que no habrá sitios maravillosos donde
podamos ir una vez que salgamos de la universidad. Y a ver si me oyes. Entonces todo será distinto. Tendremos que bajar en el ascensor rodeados
de maletas y de trastos, tendremos que telefonear a medio mundo para
despedirnos, y mandarles postales desde cada hotel donde estemos. Y yo estaré trabajando en una oficina ganando
un montón de pasta. Iré a mi despacho en
taxi o en el autobús de Madison Avenue,
y me pasaré el día entero leyendo el periódico, y jugando al bridge, y yendo al cine, y viendo un montón de noticiarios
estúpidos y documentales y trailers. ¡Esos
noticiarios del cine! ¡Dios mío! Siempre
sacando carreras de caballos, y una tía muy elegante rompiendo una botella de
champán en el casco de un barco, y un chimpancé con pantalón corto montando en
bicicleta. No será lo mismo. Pero, claro, no entiendes una palabra de lo
que te digo.
-Quizá no. Pero a lo
mejor eres tú el que no entiende nada -dijo Sally. Para entonces ya nos odiábamos
cordialmente. Era inútil tratar de
mantener con ella una conversación inteligente.
Estaba arrepentidísimo de haber empezado siquiera.
-Vámonos de aquí -le dije-.
Si quieres que te diga la verdad, me das cien patadas.