Orlín Ramírez Loor (Guayaquil, Ecuador, 1977)
ha recorrido una intensa trayectoria desde sus comienzos artísticos
en su país natal y sobre todo si se tiene en cuenta su juventud.
Tras formarse en el Colegio de Bellas Artes de Guayaquil, continúa
su formación en Cuba, etapa tras la cual llega a España. Esta última
vivencia marca una indudable impronta en sus trabajos que se abren
hacia una mayor conciencia social y en los que su maestría técnica,
su dominio del grabado y la estampación, le permiten a la par que
abordar nuevos materiales, una mayor riqueza y complejidad en esta
etapa teñida de un gran sentido crítico con la realidad que rodea al
artista.
Tras más de treinta exposiciones individuales
y colectivas en diferentes países, presenta hoy aquí una selección
de sus últimas obras, un total de 12 trabajos que se articulan en
torno a un gran tema: la explotación humana, que en hombres y
mujeres puede adoptar formas distintas pero que en el fondo, en
esencia, son idénticas. La genuina falta de libertad para escoger el
propio destino.
“No puedo olvidar mis raíces”, afirma
siempre el artista y la gama de colores nos remiten a cuevas
ancestrales en las que hombres primitivos plasmaban animales,
escenas de caza. Rojos, pardos, verdes, colores que recuerdan y
huelen a la misma tierra, que están ahí, en nuestra expresión
artística desde siempre y que intentan fijar las influencias andinas
que el artista afirma no quiere perder. Fundir lo milenario, lo
eterno, con lo actual y transitorio. Hoy en día, la inmigración
quizá no sea más que una forma nueva de un problema eterno, al igual
que la explotación sexual de las mujeres.
En esta muestra hay un nítido dominio de las
técnicas de impresión que se despliega para conformar este último,
en el sentido de más reciente, proyecto creativo. La textura, la
materia, la expresividad, el uso del color, la fuerza de sus
imágenes, esos cuerpos humanos componente esencial de su reflexión
sobre la miseria que atrapa el destino de tantas personas.
Al contemplar sus danzantes, mujeres que han
de ocultar su rostro tras una máscara que recuerda la figura
precolombina del sol, porque no quieren ser reconocidas, cuánta
belleza, cuánta dulzura perdidas. Aprisionadas en el límite del
papel, estas mujeres ejecutan un movimiento que se fija estático,
petrificado en nuestra retina y a la par, al mismo soporte. Esa
triste parodia de la alegre celebración de sensualidad y erotismo
amorosos, para cuya representación han de ocultarse el rostro.
Alambres de espino, figuras apenas
entrevistas tras estos límites de hierro y púas, insectos
gigantescos. Quizá, en cierta forma, nunca el hombre ha tenido más
límites físicos que hoy en día para trazar su sendero, su propio
camino. En la época del avión y el trasatlántico, de los viajes a
los lugares más recónditos, de la velocidad y la movilidad
frenética, hombres de todo el mundo contemplan impotentes límites
políticamente impuestos por otros intereses. Hacia delante, hacia el
espectador, no hay un paso más que dar y de nuevo, el soporte se
configura límite metafórico de una realidad que es necesario
denunciar.
Orlín Ramírez ha alcanzado nuevas
expresividades a través del uso de polímeros en impresión, nadie hoy
en día utiliza como él la espátula para crear obras que bien podrían
contemplarse además en horizontal, abandonar por un instante la
verticalidad tradicional de lo pictórico. Ese grueso empaste que es
representación y a la par, camino trazado. La definición misma de
nuestro mejor arte: una reflexión profunda, auténtica y sincera
sobre la condición de los hombres sirviéndose de una materia que se
levanta desde el papel para despertar nuestras conciencias.
La poderosa sugestión de estas obras, su
perfección técnica, su engañosa sencillez presagian, contienen en sí
mismas, una vocación artística única que se manifiesta llena de
fuerza e intensidad.