Orlando Mazeyra

En Octubre no hay Milagros:
La historia de un hombre que es m�s poderoso que el propio �Dios��

(Orlando Mazeyra Guill�n, 28 de octubre de 2003)

"Y desde 1760,  amos y esclavos, se�ores y pueblos,  se�oritos  y plebe, en octubre,  son iguales por la magia celestina  de un simple h�bito morado."
Oswaldo Reynoso, EN OCTUBRE NO HAY MILAGROS

En alg�n remoto d�a del mes de octubre de un a�o que ansiosamente nos espera (aqu� nom�s, a la vuelta de la esquina), un curita colorado, calvo y rollizo invitar� a sus adormecidos circunstantes a abrazarse y besarse, o al menos a estrecharse c�lidamente las manos, utilizando unas consabidas palabras: �La paz est� con vosotros� �Hermanos, pueden darse la paz!�.

En ese mismo instante un tipo �muy importante� que ocupar� la primera fila de esa simp�tica parroquia tejana, besar� la frente de su mujer, cerrar� los ojos y le pedir�, a ese Ente Supremo y Omnipresente en el que cree firmemente, algo que se puede resumir en esta breve oraci�n:

Dios, �t� que eres tan justo!, ayuda a mis soldados a tomar Bogot� sin contratiempos. Am�n.

  S�, muy pronto llegar� el d�a de la invasi�n de Colombia, y, tal vez, los yanquis del Pent�gono decidan que este nuevo e inminente atropello ��que le otorgar� una estrella m�s a la archifamosa bandera norteamericana�� se denomine �Plan Tormenta Cafetera�, o quiz�s �Cacer�a en el caribe�.

LA NUEVA VER�NICA
Por Jos� Saramago

 Imaginemos la tierra desierta. No es f�cil. Estamos demasiado habituados a nuestra propia presencia, a las huellas que el trabajo humano ha dejado en la naturaleza.

Imaginemos que en esta tierra, donde todos los hombres han huido y en la que todos los hombres han muerto ya, desciende una nave, c�psula o platillo volante, y que unos cuantos seres, de esos que la ficci�n cient�fica nos promete, vienen a enterarse de que gente vivi� aqu�. Si tienen tendencias necr�filas o arqueol�gicas, desenterrar�n cuerpos y reconstruir�n formas; si traen ya con ellos, o quiz�s se les pega, el virus del arte, tienen los museos sin guardas ni cicerones; si les cupo en suerte el don de lenguas, hay al menos un mill�n de novelas y diez billones de poemas que lo dir�n todo de quien los escribi� y los ley� ��o no ley�.

Pero hay en Hiroshima un muro, una pared, la pared de una casa. El 6 de agosto de 1945 contra ella se proyect�, y all� qued� grabada, la sombra de un hombre. Y como no hay sombra sin luz, hubo una bomba antes, una claridad s�bita, una oleada de calor. El hombre que all� estaba absorbi� las radiaciones como una esponja y sirvi� de antepecho a la ola de calor, y fue a chocar contra el muro. Desapareci� el hombre. Dej� la sombra, la marca, la dimensi�n que ocupaba en este mundo. Su peque�a dimensi�n que al mundo daba sentido, su peque�a alegr�a, su profundo e irremediable amor.

En Hiroshima hay un muro. Esos seres de otro planeta que he tra�do en esta cr�nica a colaci�n, si tuvieran inteligencia y fueran capaces de indignarse, se juntar�an ante aquella nueva y r�gida  Ver�nica, aunque al decir este nombre no sepan lo que est�n diciendo, y fundar�n una religi�n nueva, la de la protesta contra la fr�a locura, la de la revuelta contra la crueldad enloquecida.

Y no vendr�n ya ojos (si es que los tienen) para la belleza de las pinturas y de las estatuas, y de los campos restituidos (�para qu�?) a su verdad natural.

Y har�n un magn�fico auto de fe de las oportunidades perdidas por los antiguos habitantes de este globo.

Y el muro de Hiroshima ser� mirado como el m�s fiel retrato del hombre, boca silenciosa y �nica por donde pasan los gritos del dolor y los aullidos del odio, Ver�nica rugosa donde fue a acogerse este viejo rostro del hombre que a s� mismo se lamenta ��y se acusa.

� 2003 por Orlando Mazeyra Guill�n. Todos los derechos reservados.
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