En Octubre no
hay Milagros:
La historia
de un hombre que es m�s poderoso que el propio �Dios��

"Y desde 1760, amos y esclavos, se�ores y pueblos,
se�oritos y plebe, en octubre, son iguales por la magia celestina de un simple h�bito morado."
Oswaldo
Reynoso, EN OCTUBRE NO HAY MILAGROS
En alg�n remoto d�a del
mes de octubre de un a�o que ansiosamente nos espera (aqu� nom�s, a la vuelta de
la esquina), un curita colorado, calvo y rollizo invitar� a sus adormecidos
circunstantes a abrazarse y besarse, o al menos a estrecharse c�lidamente las
manos, utilizando unas consabidas palabras: �La paz est� con vosotros�
�Hermanos, pueden darse la paz!�.
En ese mismo instante
un tipo �muy importante� que ocupar� la primera fila de esa simp�tica parroquia
tejana, besar� la frente de su mujer, cerrar� los ojos y le pedir�, a ese Ente
Supremo y Omnipresente en el que cree firmemente, algo que se puede resumir en
esta breve oraci�n:
Dios, �t� que eres tan
justo!, ayuda a mis soldados a tomar Bogot� sin contratiempos.
Am�n.
S�, muy pronto
llegar� el d�a de la invasi�n de Colombia, y, tal vez, los yanquis del Pent�gono
decidan que este nuevo e inminente atropello ��que le otorgar� una estrella m�s
a la archifamosa bandera norteamericana�� se denomine �Plan Tormenta Cafetera�,
o quiz�s �Cacer�a en el caribe�.
LA NUEVA
VER�NICA
Imaginemos la tierra desierta. No es f�cil. Estamos demasiado habituados a nuestra propia presencia, a las huellas que el trabajo humano ha dejado en la naturaleza.
Imaginemos que en esta
tierra, donde todos los hombres han huido y en la que todos los hombres han
muerto ya, desciende una nave, c�psula o platillo volante, y que unos cuantos
seres, de esos que la ficci�n cient�fica nos promete, vienen a enterarse de que
gente vivi� aqu�. Si tienen tendencias necr�filas o arqueol�gicas, desenterrar�n
cuerpos y reconstruir�n formas; si traen ya con ellos, o quiz�s se les pega, el
virus del arte, tienen los museos sin guardas ni cicerones; si les cupo en
suerte el don de lenguas, hay al menos un mill�n de novelas y diez billones de
poemas que lo dir�n todo de quien los escribi� y los ley� ��o no
ley�.
Pero
hay en Hiroshima un muro, una pared, la pared de una casa. El 6 de agosto de
1945 contra ella se proyect�, y all� qued� grabada, la sombra de un hombre. Y
como no hay sombra sin luz, hubo una bomba antes, una claridad s�bita, una
oleada de calor. El hombre que all� estaba absorbi� las radiaciones como una
esponja y sirvi� de antepecho a la ola de calor, y fue a chocar contra el muro.
Desapareci� el hombre. Dej� la sombra, la marca, la dimensi�n que ocupaba en
este mundo. Su peque�a dimensi�n que al mundo daba sentido, su peque�a alegr�a,
su profundo e irremediable amor.
En Hiroshima hay un
muro. Esos seres de otro planeta que he tra�do en esta cr�nica a colaci�n, si
tuvieran inteligencia y fueran capaces de indignarse, se juntar�an ante aquella
nueva y r�gida Ver�nica, aunque al
decir este nombre no sepan lo que est�n diciendo, y fundar�n una religi�n nueva,
la de la protesta contra la fr�a locura, la de la revuelta contra la crueldad
enloquecida.
Y no vendr�n ya ojos
(si es que los tienen) para la belleza de las pinturas y de las estatuas, y de
los campos restituidos (�para qu�?) a su verdad natural.
Y har�n un magn�fico
auto de fe de las oportunidades perdidas por los antiguos habitantes de este
globo.
Y el muro de Hiroshima ser� mirado como el m�s fiel retrato del hombre, boca silenciosa y �nica por donde pasan los gritos del dolor y los aullidos del odio, Ver�nica rugosa donde fue a acogerse este viejo rostro del hombre que a s� mismo se lamenta ��y se acusa.
� 2003 por Orlando Mazeyra
Guill�n. Todos los derechos reservados.
Correo Electr�nico: [email protected]