
EL CONGRESO DE LA REPÚBLICA ELIMINÓ EL I.G.V. A LOS LIBROS, POR ESO ESTA ES UNA EDICIÓN HOMENAJE
AL AREQUIPEÑO MAS FAMOSO DEL MUNDO
No
recuerdo que los hermanos de La Salle nos
abrumaran con clases de catecismo y prácticas piadosas. Teníamos un curso de
religión, las misas y alguno que otro retiro en el año, pero nada que se
pareciera a esos colegios célebres por el rigor de su instrucción religiosa
como el San José.
Alguna
vez los hermanos nos hacían llenar cuestionarios para averiguar si habíamos
sentido el llamado de Dios, y yo respondía siempre que no, que mi vocación era ser marino. Y, en verdad nunca
experimenté como alguno que mis compañeros, crisis y sobresaltos religiosos.
No
pude recoger mi libreta de notas ese fin de año,
por alguna razón. Fui al día siguiente.
El colegio estaba sin alumnos. Me entregaron mi libreta en la dirección y ya
partía cuando apareció el Hermano Leoncio, muy
risueño. Me preguntó por mis notas y mis planes para las vacaciones. Me comía a
preguntas, sin darme un intervalo para despedirme, y de pronto dijo que quería
mostrarme algo y que viniera con él. Me llevó hasta el último piso del colegio
donde los Hermanos tenían sus habitaciones, un lugar al que los alumnos nunca
subíamos. Abrió la puerta y era su dormitorio: una pequeña cámara con una cama,
un ropero, una mesita de trabajo, y en las paredes estampas religiosas y fotos.
Lo notaba muy excitado hablando de prisa, sobre el pecado, el demonio o algo
así, a la vez que escarbaba en su ropero.
Comencé
a sentirme incómodo. Por fin sacó unas revistas y me las alcanzó. La primera
que abrí se llamaba Vea y estaba llena de mujeres desnudas. Sentí gran sorpresa, mezclada con vergüenza.
No me atrevía a alzar la cabeza, ni a responder pues, hablando de manera
atropellada, el Hermano Leoncio se me había
acercado, me preguntaba si conocía esas revistas, si yo y mis amigos las
comprábamos y las hojeábamos a solas . Y, de pronto, sentí su mano en mi bragueta.
Trataba de abrírmela y a la vez que, con torpeza, por encima del pantalón me
frotaba el pene. Recuerdo su cara congestionada, su voz trémula, un hilito de
baba en su boca. A él yo no le tenía miedo. Empecé a gritar: “Suélteme! Suélteme!”
con todas mis fuerzas y el Hermano, en un instante, pasó de colorado a lívido.
Me abrió la puerta y murmuró algo como “pero, por qué te asustas”. Salí
corriendo hasta la calle.
Pobre
Hermano Leoncio! Qué vergüenza pasaría el también, luego del
episodio. Al año siguiente, el último que estuve en La Salle, cuando me lo cruzaba en el patio, sus ojos me
evitaban y había incomodidad en su cara.
A partir de entonces de una manera gradual, fui
dejando de interesarme en la religión y en Dios. Seguía yendo a Misa,
confesándome y comulgando, e incluso rezando en las noches, hasta que un día me
di cuenta de que ya no creía. Me había vuelto descreído.
No me atrevía a decírselo a nadie, pero a solas, me lo decía sin vergüenza y
sin temor. Sólo al entrar al Colegio Militar, me
atreví a desafiar a la gente que me rodeaba con el exabrupto: “YO NO CREO, SOY UN ATEO”.
Aquel episodio con el Hermano Leoncio, además de irme
desinteresando de la religión, aumentó el asco que sentía por el sexo desde
aquella tarde en el río en que mis amigos me revelaron cómo se fabricaban los
bebés y cómo venían estos al mundo. Era un asco que ocultaba muy bien, puesto
tanto en La Salle como en mi barrio hablar de
cachar era un signo de virilidad, una manera de dejar de ser niño y pasar a
hombre, algo que yo deseaba tanto como mis compañeros y acaso más que ellos.
Pero aunque hablara también de cachar y me
jactaba, por ejemplo, de haber espiado a una muchacha mientras se desvestía, y habérmela corrido, esas cosas me
repugnaban. Y cuando alguna vez para no quedar mal lo hacía –como una tarde en
que bajábamos por el acantilado con media docena de chicos del barrio a
celebrar un concurso de pajas que ganó el
astronáutico Luquén- me quedaba después un disgusto
de días.
Enamorarse no tenía que ver para mí, absolutamente
nada con el sexo: era ese un sentimiento diáfano, desencarnado, intenso y puro
que sentía por Helena. Yo soñaba y fantaseaba
mucho con ella y ella me premiaba con un beso “sin
lengua”: habíamos tenido una discusión al respecto con los chicos del
barrio y yo defendí la tesis de que a la enamorada no se podía besarla con “la
lengua”; eso era sólo a los “plancitos”, a las
huachafitas, a las de medio pelo. Besar “con lengua” era como manosear, y
¿quién que no fuera el peor de los degenerados iba a manosear a una chica
decente? …
Fragmento extraído de la Obra “El pez en el agua”
Memorias de la vida de Mario Vargas Llosa
EL GRAN VATICINIO EN1983:
"El Perú no sabe de lo que puede ser capaz ese muchacho
si llega al poder"
FERNANDO BELAÚNDE TERRY refiriéndose a Alan García

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MI ÚLTIMO DESEO
CUANDO
MUERA
NO
QUIERO QUE MI ROSTRO
SE
IMPRIMA EN UN BILLETE
NI QUE
UNA AVENIDA
DE LA
CIUDAD EN QUE NACÍ
LLEVE
MI NOMBRE
CUANDO
MUERA
RUEGO
QUE NO USEN MI NOMBRE
PARA
INAUGURAR PLAZOLETAS
JIRONES
PEATONALES
ASENTAMIENTOS
HUMANOS
O
ACADEMIAS DE IDIOMAS
SÓLO
AUTORIZO
QUE
LLEVE MI NOMBRE
UNA
CANCHA DE BULBITO
AL PIE
DEL MAR
CON
LUZ ARTIFICIAL
PARA
JUGAR DE NOCHE
Extraído de “Aquí no hay poesía”
Autor: Jaime Bayly
PROHIBIDO OLVIDAR !!!

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UNA IDEA DE ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN
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