Shurley tiene 19 años, las uñas prolijamente pintadas, cuatro
aros en una de sus orejas y un cuidado pelo largo y negro.
Podría ser cualquier
adolescente de Colombia, con la diferencia de que viste un uniforme, de su
cintura cuelga un ramillete de granadas, cargadores, pistola y carga un fusil de cinco kilos durante
todo el día.
El 40 por ciento de los
integrantes de las FARC son mujeres. De no estar
allí, la mayoría de ellas serían madres cuando todavía
no terminaron de cuidar a sus hermanos menores.
Luego de las tareas del día, a las seis de la
tarde, hora de la cena, Shurley se reúne con su
novio, un guerrillero de su misma edad. Sus fusiles descansan cerca de ellos mientras ambos se dan
de comer en la boca, un gesto tan tierno como distinto al machismo y a la violencia doméstica que deben soportar
la mayoría de las mujeres colombianas. Son tiempos de guerra y en las FARC cada
pareja tiene libertad para convivir pero en cambio debe pedir permiso para
casarse, con la posibilidad de tener que separarse si las condiciones militares
lo requieren y respetando un estricto control de la natalidad.