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Los argumentos esgrimidos por el Presidente de
la República, Álvaro Uribe Vélez,
ante los magistrados del Consejo Nacional Electoral
(CNE), para reclamar ajustes sobre la cifra del
censo electoral que determinó los resultados
del referendo son inapelables. Tal censo incluye
51.148 cédulas de difuntos, 32.980 de miembros
de la fuerza pública -que, como es sabido,
están inhabilitados constitucionalmente
para votar-, y 342.077 cédulas que no habían
sido entregadas a sus titulares por la Registraduría
Nacional. De manera que el presidente Uribe no
se fue por las ramas.
Si bien es cierto que no resulta muy elegante
que un estudiante pase el año raspando
y, menos aún, que sea empujado por profesores
relajados, como tampoco es muy bien visto que
un partido de fútbol o cualquiera otra
competición deportiva se gane en un escritorio,
al calor de las demandas por un mal juzgamiento,
también lo es que cuando hay evidencias
de que faltó una calificación rigurosa
y acertada, ceñida a las normas y a la
verdad, la razón obliga a realizar las
reclamaciones que sean necesarias.
De ninguna manera puede entenderse esto como
una actitud autoritaria del Primer Mandatario
pues, en este caso, no se está pidiendo
un cambio de reglas sino su justa aplicación.
Otra cosa fueron las reacciones iniciales del
entonces ministro del Interior, Fernando Londoño,
quien con argumentos si bien razonables, pedía
un cambio absoluto de reglas, cosa inaceptable.
Hay que recordar que primero se refirió
a un censo inflado que no correspondía
a la realidad de millones de colombianos que no
pueden votar por impedimentos de todo orden como
estar en el exterior (miles de ellos en cárceles),
por escollos de salud física o mental,
por razones de edad, por vivir a horas de camino
de una mesa de votación, etc. También
se refirió el ahora ex ministro a la actitud
descabellada de la Corte Constitucional de considerar
como no sufragantes -y, por tanto, 'abstencioncitas'-
a quienes no marcaron la tarjeta pero introdujeron
su voto en la urna. No obstante, esta fue una
regla previamente establecida y no daba lugar
a cambios posteriores, aunque sí permite
dudar de la moralidad de la Corte Constitucional
para imponer trabas a un mecanismo que perjudicaría
notablemente los ingresos económicos, presentes
y futuros, de sus magistrados.
Los reclamos presidenciales no son extemporáneos
si se considera que la registradora, Almabeatriz
Rengifo, tampoco cumplió con el plazo que
estipula el Código Electoral y presentó
la cifra del censo a tan sólo dos días
de los comicios, dejando al Gobierno y a los amigos
del referendo sin margen de tiempo para hacer
cualquier consulta. De hecho, los datos sobre
las cédulas de fallecidos, militares y
las que no se habían entregado, que hacen
parte del censo, se conocieron casi un mes después
de la votación.
Extemporáneo es, más bien, que
a estas alturas todavía esté habilitado
para votar el ex presidente Alberto Lleras Camargo,
fallecido en 1990; el ex presidente Virgilio Barco,
fallecido en 1997; la ex ministra de Cultura,
Consuelo Araujo Noguera, asesinada por las Farc
en el 2000. Extemporáneo es, por ejemplo,
que doña Piedad Córdoba haya reconocido
su derrota en las elecciones del 10 de marzo de
2002 y, cuatro meses después, antes de
posesionarse el 20 de julio, hayan salido miles
de votos de las selvas del Chocó para darle
su curul.
Como bien dice el presidente Uribe, ¿que
tal que los 50 mil muertos o los 30 mil militares
o los 340 mil colombianos que no habían
recibido la cédula hubieran votado a favor
del referendo? El escándalo internacional
sería impresionante, hasta la renuncia
le estarían pidiendo a Uribe. Aquí
los que deberían renunciar -como lo anota
el jurista Jesús Vallejo Mejía (El
Colombiano, 21 de diciembre)- son la registradora,
los magistrados del CNE y los de la Corte Constitucional.
Todos ellos le han mentido al país en materia
grave; en tanto, lo del presidente es la actitud
que le ha ganado el favor de las tres cuartas
partes de los colombianos: una persistencia admirable.
***
1339 magistrados de todo el país ganaron
una demanda ante el Consejo de Estado, por 250
mil millones, para que se haga efectivo el aumento
salarial que les decretó Ernesto Samper
en 1998 como una más de sus desesperadas
medidas para no caerse de la presidencia. A cada
magistrado le corresponde, en promedio, 186 millones
pagaderos en cuatro años, o sea un incremento
de casi cuatro millones mensuales. ¿Estos
funcionarios son los que aplican justicia?
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