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Vemos a diario, con asombro, cómo la moral
de la administración pública y de
la justicia, pilares fundamentales de la organización
social, es ambivalente y elástica; la misma
filosofía se aplica para casos opuestos,
se emplea el mismo rasero para evaluar cosas muy
distintas y, cuando conviene, la norma se ablanda
o se endurece en contra del buen juicio y el sentido
común.
Curioso, por decir lo menos, es el fallo del
Consejo de Estado en el caso de las acciones de
Invercolsa, en contra del ex ministro Fernando
Londoño Hoyos. Curioso porque de ser presidente
de una compañía del Estado, el alto
tribunal lo ha dejado como 'consultor', ignorando
que para todo efecto actuó por años
como representante legal de esa firma con sueldo,
con la obligación de rendir cuentas a una
junta directiva y con un contrato que si bien
era verbal igual validez tuvo para todos los actos
administrativos que ejecutó el arrogante
Londoño en esa entidad.
Curioso porque el Consejo de Estado se va por
las ramas para negar que Londoño tuviera
derecho preferencial para comprar esas acciones
y, dizque en defensa de la moral administrativa,
argumenta interpretaciones acomodadas de la ley
para quitarle la calidad de 'trabajador' a quien
fuera presidente de una empresa en vez de acudir
a verdaderas normas morales que nuestra ley siempre
desprecia y que debieran regir los fallos aún
cuando no estén literalmente escritas.
En este caso, dos a saber: 1º. La intención
de vender acciones a los trabajadores era la de
socializar la empresa entre sus bases así
como se han vendido acciones de Interconexión
Eléctrica S.A. (Isa) y otras empresas de
energía entre la comunidad, con topes de
inversión muy claros para democratizar
la propiedad y no resultar privatizando con disimulo
una buena tajada entre unos pocos inversionistas.
La oferta de Invercolsa no tenía límites
expresos pero se hizo con esa filosofía
de democratizar la propiedad y es lo que debió
defenderse. 2º. La posición privilegiada
de Fernando Londoño Hoyos, como presidente
de esa firma, debiera juzgarse como un impedimento
ético y moral para adquirir las acciones
pues contaba con acceso a información confidencial
y a facilidades para hacer el negocio. Hasta la
empresa más humilde prohíbe a sus
miembros participar de esos concursos en que rifan
cosas para incrementar las ventas porque podrían
aprovechar su posición para adueñarse
de los premios.
Entonces, es evidente que si este fallo quiso
preservar la moral no lo hizo basándose
en juicios morales sino en tecnicismos muy discutibles.
Pero lo más curioso es que al ex ministro,
de acuerdo con el fallo, no le van a reintegrar
su dinero. Es absolutamente lógico que
cuando de castigar una falta moral se trata, la
sanción pecuniaria haga parte del dictamen.
Suena lógico que se le exija la devolución
de los dividendos cobrados por el rendimiento
de las acciones durante los años que las
poseyó y que no se le restituya el valor
actual de las acciones -muy superior al precio
de compra aunque podría haber sido al contrario-
pero dictar un fallo de carácter confiscatorio
es una arbitrariedad, es un esperpento jurídico.
Hay que recordar que Fernando Londoño
Hoyos no se robó esas acciones sino que
las compró con su propio dinero, tal vez
sí con un poco de astucia. Pero en un país
donde los políticos como el ex ministro
Morris Harf y la familia Pastrana se autoprestan
dineros del Estado y no los devuelven en los términos
pactados, donde los autores de casos de corrupción
como el de Fabio Puyo Vasco en la hidroeléctrica
de El Guavio no se juzgan inexplicablemente, o
salen libres sin reponer casi nada de lo robado
como en el caso de Foncolpuertos, es una ironía
que a Londoño le sonsaquen 9 mil millones,
mediante fallo judicial, dizque en aras de proteger
la moralidad administrativa.
Eso se llama inseguridad jurídica y se
la van a aplicar a más colombianos porque
los jueces fallan sin moral, sino a juicio de
su real gana. Qué bueno que fueran igual
de intrépidos en contra de los narcos,
los paras, los terroristas de la guerrilla y los
políticos corruptos. A Londoño le
dieron la misma dosis que a Edgar Perea, a quien
echaron del Congreso por narrar partidos de fútbol.
Como están las cosas es un mal presagio
para los dos procesos que abrió la Comisión
de Acusaciones del Congreso de la República
en contra del presidente Álvaro Uribe Vélez.
Uno por un contrato que firmó como Gobernador
de Antioquia con una empresa de seguridad privada
y otro por la liquidación de Telecom a
pesar de que la Procuraduría General de
la Nación, el Consejo de Estado y el Consejo
Superior de la Judicatura habían avalado
la legalidad de tal decisión. Todo esto
huele mal. Ya sobre la caída de Londoño
Hoyos, el ácido columnista y crítico
del gobierno, Alberto Aguirre (Cromos, noviembre
19), había dicho: "Aquí hay
tramoya".
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