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Los escandalos suscitados en la Policía
de Medellín y en las Empresas Públicas
de esa misma ciudad no constituyen hechos excepcionales
ni son las peores muestras de la corrupción
enquistada en todas nuestras instituciones. Una
vajilla de 100 millones, un tapete persa de 45,
unos cuadros de Botero arrendados para adornar
una oficina o cerca de 300 millones dilapidados
en regalos y atenciones no son, ni mucho menos,
el grueso de la corrupción administrativa
de nuestro empobrecido país.
No vamos muy lejos. Al alcalde de Medellín,
Luis Pérez Gutiérrez, superior inmediato
de la ex gerente de EPM, le dicen 'Luis XV', pero
no en alusión a la dinastía monárquica
francesa sino porque, según las 'malas'
lenguas, el alcalde se apropia del 15 por ciento
de casi todos los contratos del municipio que
regenta. Eso es un secreto a voces: 15 por ciento.
Por supuesto que de eso no hay pruebas y, por
tanto, decirlo no parece ser más que una
vil calumnia. Los políticos corruptos de
este país -que no son pocos- no son tan
estúpidos como Edith Cecilia Urrego -la
ex gerente de EPM-, que manchó toda su
(posible) futura carrera política por creerse
la Reina de Inglaterra, ni como el general (r)
Leonardo Gallego, tan aplaudido y admirado por
la ciudadanía de Medellín por la
labor desempeñada en contra de los delincuentes
pero tan torpe para arañar el presupuesto.
Lo que pasó en la Policía de Medellín
no son hechos de corrupción que puedan
siquiera compararse con Foncolpuertos o Dragacol.
Hasta Royne Chávez, ex jefe de seguridad
de Andrés Pastrana, se robó muchísimo
más que eso. Tampoco es una situación
tan grave como la devolución de toneladas
de cocaína incautada a los traficantes
o como el robo descubierto hace poco con el falso
suministro de combustible a radiopatrullas fuera
de servicio. Lo de Medellín no pasa de
ser un censurable caso de despilfarro, grave y
descarado. Sin embargo, sólo un tonto trataría
de enriquecerse comprando bolígrafos de
marca, besos de negra, cristos de porcelana o
comiendo a la carta y llevando serenatas.
Claro que a nadie le consta que a tantos regalos
y atenciones no se les haya obtenido beneficios
económicos de alguna manera. El ejemplo
perfecto es el caso de la vajilla pues no se entiende
por qué fue comprada en un almacén
(Vulcano) que no vende vajillas de ninguna naturaleza
y que, para más señas, es propiedad
de un pariente de la directora de la Fundación
EPM, entidad que maneja miles de millones de las
Empresas Públicas de Medellín, sin
ningún control, y que se creó para
evadir la prohibición de Ley para que las
compañías estatales no destinen
recursos a actividades ajenas a su negocio.
Precisamente, la Fundación EPM está
en la mira de los entes de control por la forma
indecorosa en la que viene gastando recursos en
obras suntuarias y toda clase de gastos innecesarios.
La nueva ocurrencia de esta Fundación (tras
la que se oculta el solapado alcalde Pérez
Gutiérrez) es la construcción de
un 'mariposario' por valor de cinco mil millones
de pesos cuando el zoológico y la perrera
municipal -si de lo que se trata es de botar plata
en animales- viven casi de limosna. También
el jardín botánico subsiste de milagro
y ha sido víctima del corte de servicios
públicos -igual que otros 60 mil usuarios
de la ciudad- por no tener recursos para pagar
la factura de EPM.
Pero lo que hace más grave todo este derroche
es que se produce en medio de una pobreza generalizada,
en una ciudad donde el empleo industrial se fue
a pique desde finales de la década pasada
y ahora tiene un altísimo porcentaje de
su población viviendo del rebusque y la
delincuencia. Además, porque el país
atraviesa una difícil situación
económica que no le permite invertir suficientes
recursos en lo social, para aliviar la pobreza
extrema de muchos compatriotas.
A menudo se queja la institución policial
de carecer de recursos adecuados que faciliten
su lucha contra la delincuencia, no pocas veces
han manifestado que no hay presupuesto para el
combustible o para reparar las radiopatrullas.
Por eso, no es justificable esta prodigalidad
de gastos que en nada contribuyen con su misión.
De igual manera, si a las Empresas Públicas
de Medellín les está sobrando tanto
dinero, entonces que rebajen las cuentas o lo
reembolsen a los usuarios. No se puede compartir
la teoría de que las EPM redistribuyen
sus cuantiosas ganancias haciendo parques o esculturas,
esa es una posición muy cínica frente
a casi dos millones de antioqueños, de
80 municipios, que no tienen agua potable.
Queda algo bueno de todo esto: la destitución
de un general que no vio el delito en sus propias
narices, la renuncia de una embaucadora descarada
-títere del verdadero ladrón- en
un país poco acostumbrado a las renuncias
y la creciente indignación de una ciudadanía
que se muestra dispuesta a cerrar filas en contra
de los corruptos. Lo malo es que los verdaderos
ladrones de cuello blanco no comen besos de negra
ni dejan sus huellas en el plato.
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